Gran hotel budapest

“La nostalgia por la nostalgia”. Esta es la frase pegajosa que usó un crítico para definir el espíritu de El Gran Hotel Budapest, una película que se retrae casi con disgusto de un pasado histórico y sombrío para presentarnos una versión mítica y deliberadamente empalagosa de Europa a principios del siglo XX. Ese crítico, que le rinde cuentas al New Yorker, lo interpreta como un delicioso recurso para reflexionar sobre el acto mismo de representar el pasado. Yo, que le rindo cuentas a El Parcero, me lanzo a denunciarlo como la vanidad de un director que, después de 3 o 4 películas inolvidables, ya le hace homenajes a su propio estilo.

En vísperas de guerra, enclavado en las montañas de una falso país europeo que los encapsula a todos, el lujoso hotel Budapest es administrado por Monsieur Gustave H., un conserje encantador y meticuloso en el cuidado de sus huéspedes que tiene predilección por las mujeres mayores y adineradas. Su escudero es Zero, un joven aprendiz de botones que es dueño de la narración (que a su vez narra un autor que a su vez sigue una lectora) y técnicamente el protagonista de los eventos que relata: es a través de él que vemos el mundo. Pero sin duda el mundo entero es Ralph Fiennes en el papel de Gustave H, un actor injustamente subvalorado (El viudo de El Jardinero Fiel; el malo de La lista de Schindler, si se acuerdan; Voldemort si definitivamente no lo respetan) que llena la pantalla como pocos y se balancea sin mayor esfuerzo entre el refinamiento y la vulgaridad de Gustave, un sirviente con demasiada vitalidad como para refugiarse por completo en sus modales, pero asaltado por una tristeza secreta, palpitante, que siempre mantiene en sombras su intimidad. Baste con decir que Zero se convierte en su aprendiz, en su asistente personal e incluso en su único heredero sin que nada “personal” se discuta en el proceso. Luego viene la trama: la amante predilecta de Gustave muere y, ante la incredulidad de su aristocrática familia, le deja como herencia una pintura de valor incalculable; él y Zero acuerdan venderla para asegurar su futuro pero la oportunidad viene acompañada de una peligrosa conspiración encabezada por el malvado hijo de la difunta (Adrien Brody, el actor menos intimidante de la historia del cine) y su matón de cabecera (Willem Dafoe, el rostro más intimidante de la historia del cine). Gustave y Zero, por supuesto, se ven envueltos en un sinfín de misterios y aventuras que incluyen una fuga de prisión a lo El fantástico señor zorro (pero mejor porque la orquesta Harvey Keitel), una persecución por los Alpes en esquíes (en stop-motion, cómo no) y un cameo de Bill Murray haciendo lo que mejor sabe hacer, nada en particular. El resultado es sumamente entretenido y gratificante, más que 10 superproducciones hollywoodenses apiladas juntas; pero el problema está en nuestras expectativas frente a un autor que, siendo considerado un genio moderno del cine, ha perfeccionado la técnica pero no el contenido de su estilo, acercándose demasiado a igualar su propia parodia.

El mejor cumplido que se le puede hacer a El Gran Hotel Budapest es que es una película de aventuras redonda, infalible y espectacular en el verdadero sentido de la palabra. El peor insulto es considerar que es una obra de arte menos inteligente que su creador; en cada secuencia perfectamente simétrica y coreografiada puedo ver a Anderson sonreír amargamente tras bambalinas, conmovido y casi entristecido por las peripecias a las que sus ingenuos y planos, aunque carismáticos héroes se lanzan sin percatarse de los horrores que se avecinan: el innombrable y traumático trasfondo de la guerra que da supuesta gravedad a la película, reducido por el narrador a un epílogo para separarlo de tajo (literalmente, pasando a blanco y negro) de su colorido relato. Hubiera preferido ver a un Wes Anderson menos inofensivo, con los cojones para meter su impecable estilo directamente en el fango de la guerra.

 Por qué Sí Gran Hotel Budapest: Porque más que un estilo lo de Anderson aquí es una idiosincrasia; si usted es fan de sus excentricidades esta película las reúne y las perfecciona todas. Por otro lado, si viene sin prejuicios y con ganas de entretenerse, será gratamente sorprendido por un comedia con un sentido del humor que es al tiempo afilado y universal.

 Por qué No Gran Hotel Budapest: porque el peso dramático que Anderson suele encontrar en sus historias está ausente, ha caído en un ejercicio puramente estético, intencionalmente pando y excesivamente aislado de la realidad. Esta película es, y lo acentúa con orgullo, como esas bolas de cristal con una bonita escena de invierno adentro; tan pronto su milimétrica confección deja de ser hipnótica uno termina con ganas de romperla.

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