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Por ahí se oye a los radios y a los televisores murmurar que estamos en un Boom del arte; los titulares de periódicos y sitios web gritan lo mismo: estamos, los colombianos. Tanto así que gracias a ese Boom estuvimos en una feria de arte contemporáneo en Madrid, según dicen, muy importante dentro del mercado internacional y como plataforma de difusión del arte emergente. Y como Colombia es un país emergente, pues qué bien que dé otro paso para volverse desarrollado, o evolucionado o de primera categoría.

Ya sabemos que muchos medios pueden capitalizar bien esas cositas que nos producen orgullo nacional. Incluso las cosas más superfluas, como que Gabo salió por dos segundos en la pantalla de los Oscar. Así que no es extraño ver metáforas como que el arte colombiano brota como una flor, que se convierte en cisne porque era un patito feo o que desembarca en España, como una conquista a la inversa (pero sin mestizaje). O en términos más del mundillo artístico, que está ingresando en el circuito internacional, que ya es de mostrar, para que se nos hinche el pecho de lo bien que hacemos las cosas. Hasta estuvo Juan Manuel Santos en España derrochando orgullo y diciendo “El tal Boom del arte sí existe”.

En todas partes recuentan asistencia, galerías, ventas, y listas muy largas con nombres de artistas para justificar el Boom, pero si nos preguntamos ‘bueno, qué chévere este momento de gloria, pero ¿por qué es que son tan buenas las obras?’ nos lanzan un chorro de babas, babas ácidas, cegadoras, a los ojos. Dentro del Boom del arte colombiano hay artistas que se cuestionan “acerca de la materialidad a través del dibujo y la escultura”, que abordan “cuestiones como la autenticidad y la originalidad”, que “revisan las concepciones culturales que determinan la dimensión humana”, o sea, hacen algo pero no se sabe bien qué. Uno se puede cuestionar acerca de la materialidad cuando se cae al piso, o acerca de la originalidad cuando le venden algo pirata, pero eso no quiere decir que sean cuestionamientos de calidad, o que el camino para resolver el cuestionamiento sea relevante; ¿cuál es la cualidad de esos cuestionamientos? Tenemos artistas que articulan, cuestionan, resignifican, tejen relaciones y situaciones, pero ni idea cómo y por qué eso es relevante para nosotros, como público, como interpretadores, ¿qué cambia y qué queda? Qué nos deja este Boom si, Jaime Cerón, una de las personas a la cabeza de la ola dice en un texto nefasto que “hay algunos intereses compartidos entre ellos (los artistas del Boom), a pesar de la completa heterogeneidad que caracterizan sus respectivas obras, que podrían resumirse en un interés por explorar en sus obras, hechos o situaciones enteramente reconocibles por los espectadores, que intentan develar nociones, experiencias o ideas que no son tangibles, visibles o conscientes para ellos”.

¿Que qué? Pues, discúlpame, Jaime, pero ese tipo de descripciones en vez de develar nociones, las llenan de velos y de misterios innecesarios, de carreta pesada y grandilocuente que hasta da pena ajena. Es como un poema dadaísta, buena sonoridad sin decir nada.

Así que tenemos una situación particular, porque este Boom es aparatoso y va a durar poco, se va a disolver en vaguedades a menos que surjan interpretaciones y críticas potentes, no comentarios gratuitos y llenos de etiquetas vacías, a menos que haya algo de verdad para decir. Porque paradójicamente tenemos un arte que puede evadirse de las interpretaciones diciendo que logra interpretaciones muy interesantes. Y que alguien se atreva a juzgarlo, facho godo que trata de imponer una visión hegemónica. Pero mejor una opinión sesgada, con la que uno puede estar en acuerdo, en desacuerdo o a medias, que un discurso esquivo y vago con una neblina impenetrable, blindada contra cualquier comentario. Mejor una posición que estar flotando sin gravedad. Hay un rap que dice “sé objetivo porque todo es relativo, exceptuando que estás vivo”.

Ya en esta revista hemos hablado de los problemas de que hablen los mismos con los mismos, o de que nos orgullezcamos de nuestros héroes sin conocerlos. Como el poder del voto, cada interpretación cuenta.

Esta es la primera entrega de una nueva columna en El Parcero acerca del arte colombiano; nos leemos en la próxima ocasión.

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