Dolan prizes

Me voy a ganar algún enemigo diciéndolo pero hay una razón por la que los savants (esos niños o adultos autistas que pintan paisajes a memoria o tocan todo el repertorio de Chopin de corrido) no existen entre los escritores o los directores de cine: es porque la narrativa no permite el arte sin conciencia, esa belleza en bruto, bruta para ser más camorrero, que sí puede ser imitada en la pintura, la música y, por supuesto, en la danza. Lo que sí se ve son autores jóvenes, en el cine realizadores veinteañeros que atiborran sus historias de filosofía barata y excentricidades vacías pero en algunas raras ocasiones logran alcanzar su madurez intelectual, incluso revistiéndola con el ingenio y el ardor que muchas veces le falta al testarudo director veterano.

Xavier Dolan, un tipo ligeramente detestable e infinitamente envidiable, es el primer ejemplo que salta a la vista. Con Mommy, su quinta película (la primera la dirigió con diecinueve años, piensen ustedes qué estaban haciendo a los diecinueve y únanse a esta caravana de celos y odio), se llevó el premio de jurado en la última edición de Cannes y suficiente notoriedad para merecer la atención de la industria europea y gringa durante los próximos diez años. Lo suyo es una película eficaz y conmovedora, con escenas ágiles y cáusticas igual que pacientemente construidas y un reparto tan espeluznantemente bueno que pareciera trabajado por el mismísimo Mike Leigh. Al oficio concienzudo se le suma la exuberancia, la sensibilidad pop y la destreza engreída de un mocoso que parece el reemplazo perfecto para el desertor de One Direction (al grupo le hace falta un francocanadiense revoltoso, y ya viene con su propio arete) pero esconde más de un as bajo la manga para revitalizar su medio. Hay muchos trucos sutiles en Mommy pero a pocos se les escapa ese formato casi cuadrado, de pantalla de celular (quedé como un imbécil viendo el tráiler en cine y acusando a Cinecolombia de estar bajando videos mal subidos de Youtube), que confunde y finalmente resigna al espectador a tolerar un capricho inexcusable, todo hasta que un adolecente empuja los muros negros que constriñen su mundo, logrando vivir una vida en pantalla panorámica (si les dañé la sorpresa avergüéncense, lleva tres semanas en cartelera). El juego de formatos es todo menos nuevo, pero pocos directores se atreverían a perder la mitad de su encuadre (lo negará Dolan, pero su película no es ningún festín visual) para dar un golpe de efecto que se incorpora a la acción dramática, a riesgo de ser ridículo, pero resulta significativo y hasta halagador para el público. Los realizadores jóvenes se aventuran a darnos esas sorpresas porque aún creen fervorosamente en el poder de los recursos cinematográficos, son juguetes nuevos y no mera erudición con que directores como Tarantino (sí, Tarantino es viejo, acéptenlo) salpican sus películas o leviatanes como Godard, o en un solo capricho Haneke, burlan las convenciones del cine para recalcar tautológicamente que es solo artificio.

Un director más terrenal es Ryan Coogler, con 29 años apenas va por su segundo largometraje (un spin off de Rocky protagonizado por el nieto de Apolo Creed; difícil que salga bien librado de semejante premisa) pero Fruitvale Station, su opera prima, fue considerada la película del año por la American Film Institute y arrasó en Sundance, llevándose tanto el premio de la audiencia como el del jurado en 2013. Basada en la vida de Oscar Grant, un afroamericano absurdamente asesinado (también a sus 29) por un policía en la madrugada de año nuevo en Oakland, California, Coogler ya merece aplausos por el sosiego y la honestidad con que construye el carácter afable aunque endeble de Grant, todo a partir de las pequeñas alegrías y desaciertos de un día que transcurre con desenfadada naturalidad y uno que otro simbolismo. A diferencia de los ruidos y trucos de Dolan, Coogler es un director discreto, no pretende imprimir un estilo a cada escena sino honrar y potenciar su verosimilitud, en parte por respeto a las víctimas de una tragedia tan reciente pero sobretodo porque su interés artístico está directamente ligado a su identidad: sabe lo que significa ser un joven negro en Oakland y no necesita más que la obstinada presencia de una cámara para demostrárnoslo. Joven en este caso también significa emocionalmente involucrado, y tanto Coogler como Dolan (su primera película es autobiográfica, Mommy es casi una reescritura de esa biografía) extraen todos sus poderes de un interés personal que ya se extinguió en admirables pero irreconocibles veteranos como Steven Soderbergh (pasó de ganar Cannes con la intimista Sex, Lies and Videotape a hacer la sólida pero prescindible Behind the Candelabra), Daniel Burman (El abrazo partido es un pequeño milagro del cine latinoamericano, El misterio de la felicidad es una gran excusa para trabajar con Franchella) y, Dios mío por qué lo has abandonado, Darren Aronofsky, que transformó su decoroso poema de infancia en el indefendible disparate que es Noah.

Finalmente, no se puede ignorar a Lena Dunham, la consentida de la escena cosmopolita Neoyorkina, una casta que me acabo de inventar para no decir más la palabra Indie. Con solo 24 años logró convertir el moderado éxito de su debut Tiny Furniture en una oportunidad de oro para crear y protagonizar una serie de HBO, la única cadena de televisión que tiene chances de socavar el dominio cultural del cine. Como lo hicieron Seinfeld por mérito de su brillantez (todas las sitcoms que vinieron después son Seinfeld, malos capítulos de Seinfeld) y Sex and the City al allanar el camino para una auténtica voz femenina, Girls se ha propuesto ser el referente de su generación llevando la dinámica de grupo al extraño limbo de la vida post-universitaria, un territorio que suena familiar pero está a medio camino entre el obtuso drama juvenil a lo Dawsons Creek o The O.C. (con respectiva parodia) y las comedias ligeras de jóvenes adultos profesionales como Friends, Brooklyn Nine-Nine y Grey’s Anatomy (para mi que es una comedia, las partes dramáticas son puro humor postmoderno). Como hombre criado en la tiranía falocéntrica que invita a cuanta mujer que pisa un set de televisión a regalarnos la vuelta (Martha Lucía Ramírez mandó carta para evitar el protocolo en el debate presidencial de RCN), no sé decir si Dunham es buena observadora o mejor ilusionista, si sus personajes femeninos son del todo auténticos o también esquizofrenias de su vida interior, pero confío en que el universo que creó es tan hondamente patético y humorístico que se convertirá en sagrado refugio de los pobres veinteañeros, recién escupidos por el condescendiente sistema educativo y ya mordisqueados por la pesadumbre del mundo laboral. La grata sorpresa es que esta oportunidad no la ofrecen nostálgicos como Jerry Seinfeld y Larry David ( tuvieron que mudarse a Los Angeles para escribir su oda a Nueva York) o un impostor como el creador de Sex and the City Darren Star (un zorro del medio con Merlose place y Beverly Hills como medallas), sino una cronista, todavía visitada por las inseguridades y los impulsos de la jovencita extraviada que interpreta en pantalla. La autenticidad es otra ventaja de los realizadores que no llegan a adultos, están llamados a desnudar sus obsesiones (Dunham prefiere ahorrarse la metáfora y simplemente desnudarse) porque no han vivido lo suficiente para exorcizarlas o disimularlas.

Aunque Dolan, Coogler y Dunham son de los pocos que cumplen el requisito con la cédula, hay muchos otros directores que demuestran ser mozos de corazón: Sarah Polley ha pasado de un drama sobre el alzheimer a una comedia romántica con Seth Rogen a un documental sobre su familia en un periodo de seis años, el ganador del Oscar Asghar Farhadi va por su cuarta película pero queremos pedirle diez más y Martin Scorsese todavía está en capacidad de reinventarse con sorpresas como Hugo. En últimas no es una cuestión de edad, es una cierta disposición, una cierta perspectiva que el artista consagrado extravía y las nuevas generaciones están llamadas a recuperar; por costumbre contamos con los jóvenes, pero joven podría aprender a ser cualquiera.

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