Ilustración por Sergio Rodríguez

Ilustración por Sergio Rodríguez

“Attention is the rarest and purest form of generosity.”
Simone Weil.

Un modo certero de hablar de la relación que surge entre el lector de un libro y su autor es que el lector sienta la necesidad llamarlo por teléfono, al autor, y preguntarle algo, como se haría con un amigo que sabe algo más que lo que uno sabe. Eso lo dice mejor Holden Caufield, protagonista de The Catcher in the Rye,  acerca de un libro llamado Out of Africa, que recibió por error en una biblioteca. Los gustos literarios de Caufield son amplios pero es con el libro de Dinesen que ocurre el milagro.

Pues lo mismo me hubiera gustado hacer con David Foster Wallace, el autor gringo más celebrado de su generación, y a quien empecé a leer unos cuatro años después de su muerte, para que me explanara mis preocupaciones acerca de la vida o me aconsejara sobre un tema en particular, el amor, por ejemplo. Habría sido de otro mundo superar esa barrera entre el lector y el autor.

De entrada, la obra de DFW parece estar ahí para ser una prueba de resistencia física al lector que se anime a hincarle el diente, un objeto rabioso para disuadir a curiosos. Publicó en vida dos novelas, The Broom of The System e Infinite Jest, tres colecciones de cuentos y tres de ensayos y reportajes[1], en los que mediante sus ojos y oídos diligentes y generosos casi que agota todo lo que hay que decir sobre ciertos temas, ya sea un viaje en crucero, la industria pornográfica californiana o las implicaciones morales de cocinar viva a una langosta. El estilo de su prosa es arduo. Leerlo demanda tiempo y dedicación pero los réditos no son pocos.

Las reseñas sobre Infinite Jest acuden siempre al mismo punto, a saber su tamaño de ballena e incluso la magnitud de su peso. Todo esto sirve para vender la imagen de un autor demasiado inteligente y cerebral, un ídolo a seguir  graduado de filósofo con énfasis en lógica modal y matemáticas con una tesis que refutaba a un importante filósofo viejo y que además escribió su novela The Broom of  The System como requisito para obtener su título en literatura inglesa. Claro, hay lugares en su obra que le hacen justicia a su currículo de niño prodigio, como en esos momentos  en que su concentración se posa en un objeto o en un lugar para describirlo hasta la saciedad y convertirlo en una realidad casi tangible, sin importar si para ello se precise un diagrama de una figura geométrica en movimiento, por ejemplo.  Sin embargo, bajo esa coraza de palabras científicas, juegos de palabras, oraciones larguísimas—perfectamente correctas y puntuadas—que podrían llegar a hacer  un cuento entero, y perspicacias matemáticas está una preocupación muy viva por asuntos eminentemente humanos, esos que se empacan usualmente en el cliché “naturaleza humana”. Al final de cuentas la pregunta de DFW que intentaba responder en su arte era qué significa estar vivo. Y estar vivo es en buena medida prestarle atención al mundo y a nosotros.

La vocación de la literatura estriba en la comunicación de experiencias que nos hagan evidente la conexión que existe entre nosotros, es decir usted y yo y otros que no están presentes. En ese comercio entre lado y lado parece que hay algo así como el símbolo de una amistad. “Pienso que toda buena escritura de alguna forma aborda los actos y sus problemáticas como un analgésico contra la soledad ” [2] dice DFW en una entrevista que concedió en 1993, tras la publicación de su segundo libro. Y en gran medida su obra se ocupa de mostrarnos cuán solos estamos pero también de hallar un motivo para solazarnos en esta vida-soledad. Desde su primera novela, en la que un hombre, Norman Bombardini, planea crecer tanto como para eliminar progresivamente la soledad inherente a todo individuo, hasta Infinite Jest, en la que Hal Incandenza,  un joven jugador de tenis que pasa por una crisis de adicción a las drogas, se asoma a un terrible vacío de dolor y desesperanza cuando deja de fumar marihuana, la soledad es un tema nuclear.

Pero en paralelo a esos momentos de terror (en efecto, Infinite Jest podría leerse como una novela de terror) hay otros en los que nos asomamos a algo así como una verdad manifiesta que nos conforta y consuela. Hay momentos de una belleza tremenda en las descripciones de los paisajes de ciertos lugares como el desierto de Arizona, o en el relato del encuentro entre Orin Incandenza y su amante de turno, y también en la visión del masivo Don Gately en el final abierto de la novela: “And when he came back to, he was flat on his back on the beach in the freezing sand, and it was raining out of a low sky, and the tide was way out”. La mirada atenta de David Foster Wallace se posa en los detalles más minúsculos y hace más grande el mundo. Lo bello y lo oscuro. Sí, en esta novela en particular, chispean a veces momentos de sosiego contra un fondo de problemas terribles.  Momentos que señalan una redención. Incluso de algunos pasajes de la novela bien se podría hacer una lista de máximas a lo libro de autoayuda, un peculiar libro de autoayuda, claro. Así por ejemplo: “Que algunas personas a menudo notan cosas de ti que tú no puedes notar, incluso si esas personas son estúpidas”, “que una persona no tiene que caerte bien para aprender algo de ella/él/eso”, “que todo el mundo es idéntico en su creencia secreta y tácita de que muy en el fondo son diferentes de todo el mundo”, “que ningún momento es en sí y de por sí insoportable”. Para DFW los clichés no eran otra cosa que un modo, aunque artificial como el icopor (poliestireno),  de decir cosas que en el fondo sabemos ciertas. Pero volviendo los ojos a la vida privada de Wallace nos damos cuenta de que de hecho sí existen momentos impadecibles: DFW mismo se mató luego de años de estar soportando un dolor terrible que los fármacos no lograron remediar.

En los papeles que dejó en su estudio y que luego su novia y su editor recogieron para formar la novela The Pale King el narrador decanta esta conclusión tras pintar un potrero con sus plantas piedras e insectos en plena actividad sonora: “Mira a tu alrededor. El horizonte que tiembla, sin forma. Todos somos hermanos”.


[1] Girl with Curious Hair (1989) (La niña del pelo raro), Brief Interviews with Hideous Men (1999) (Entrevistas breves con hombres repulsivos), Oblivion (2004) (Extinción); ensayos y reportajes: A Supposedly Funny Thing I’ll Never Do Again (1997) (Algo supuestamente divertido que nunva volveré a hacer), Consider the Lobster (2005) (Hablemos de langostas). Todas las obras en español traducidas por Javier Calvo para Mondadori.

[2]…I think all good writing somehow addresses the concern of and acts as an anodyne against loneliness.

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