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uando vi la última película de Star Wars me sentí decepcionado, pero no porque la película fuera inmunda (más bien es okey), sino porque sentí que fue la oportunidad de un gran romance gay tirada a la basura. Verán: en la Star Wars inmediatamente anterior, de la que esta última continúa la historia, hubo una especie de tensión erótica, medio camaradería militar masculina, medio romance coquetongo, entre dos de los personajes masculinos secundarios: Finn y Poe Dameron, el uno desertor del imperio, el otro piloto estrella de la resistencia. El romance gay habría sido importante porque la película no se trata de ser o no ser gay, sino de naves espaciales dándose bala en una galaxia muy, muy lejana. Uno podría presumir que en esta galaxia no existen prejuicios contra los homosexuales, que no sería digno de mención extraordinaria si dos hombres tuvieran una relación, y que por lo tanto un romance gay entre los héroes sería tan natural como un romance heterosexual entre un héroe y una heroína. Dentro de las reglas de esta galaxia ficticia funcionaría así, y así podrían interpretarlo los espectadores de la película.

Pero en la última Star Wars no pasó eso. En lugar, Finn se dio un besito con una mujer y pareciera que está enamorado de la protagonista de la saga (también mujer). Aunque naturalmente eso no es algo malo, digo que es una oportunidad tirada a la basura porque Disney, que hace Star Wars, tiene la legitimidad masiva y el músculo político para hacer algo nunca antes visto en el cine mainstream: mostrar una relación homosexual entre dos personajes masculinos como lo que es en la realidad: algo normal y cotidiano, sin que la gente en la película tenga que señalarlo ni para condenarlo ni para celebrarlo como algo extraordinario, más allá, claro, de que todo amor sea un milagro. (Ojo, que en la televisión Disney es un poco más osado).

Mi punto es que con la representación de la homosexualidad en el cine a menudo pasan dos cosas: o está invisibilizada (los héroes que se enamoran son siempre heterosexuales), o está marcada por escándalo o por un tono de denuncia de injusticia (“miren en esta película cómo estos pobres homosexuales sufren de rechazo. ¡Ay, cómo es de injusto el mundo!”). Si no se muestran protagonistas gays es como si el cine estuviera diciendo “esa gente no existe”, y si se muestran sólo como unos mártires es como si se estuviera diciendo “eso les pasa allá lejos a los otros; ser homosexual es un sino trágico; requiere sufrir rechazo como parte de su naturaleza”. Pero como sabemos, no necesariamente tiene por qué ser así. Y aquí voy a decir algo en lo que creo profundamente: la gente toma la ficción que ve en las películas y la incorpora en la vida real. O sea, si la gente no ve gays en el cine o si los ve sólo como víctimas, así los va a ver en la vida real. Si en cambio ven amores gays en las películas que se presentan como algo cotidiano, así también los van a ver en la vida real. Si un espectador cualquiera viera a Finn y a Poe Dameron darse un besito en la pantalla, y la propia película no hiciera un escándalo al respecto, seguramente diría “ah sí, bacano”, y seguiría con su vida. Ésa fue la gran oportunidad que desperdició Disney con la última película de Star wars.

Y ahí es donde entra Call me by your Name, que este año está nominada al Oscar a mejor película, entre otros. Ésta es una película más independiente: una historia de amor entre Elio, un joven de 17 años que pasa el tiempo escribiendo música y leyendo libros en la casa de verano de sus padres, y Oliver, un estudiante de posgrado en sus 20’s que va a trabajar durante unas semanas con el padre de Elio. Digo que es una historia de amor porque eso es lo que es: no es una historia de amor gay, en negritas y mayúsculas con signos de admiración; es simplemente una historia de amor en la que ocurre que los dos amantes son hombres. No hay un escándalo por eso dentro de la película, ni rechazándolo ni apoyándolo (aunque fuera de ella sí lo ha habido). Simplemente es una historia de amor, y una muy bonita, además. Hay verano, hay duraznos, hay lagos y naturaleza; hay deseo, hay conflicto, hay sexo, hay separación y hay tristeza. Hay lágrimas. Con todo esto se pueden identificar los espectadores, sin importar si son gays o no, porque todos sentimos amor alguna vez, y todos sentimos deseo, y a todos se nos rompe el corazón en algún momento de la vida. No es como en las películas de amor gay que estamos acostumbrados a ver (por ejemplo Moonlight o Brokeback Mountain), en las que el amor es una experiencia toda estresante, porque es prohibido, porque los van a matar, porque la sociedad los rechaza y cosas así. En ésas es difícil identificarse como espectador, porque pareciera que esas cosas les pasan a esos otros, por allá en su tormento. Con esas películas es más probable sentir compasión o lástima, o a lo sumo un sentimiento de frustración por la injusticia. En cambio cuando uno va a ver Call me by your Name sale del cine enamorado, o queriendo enamorarse.

Y no que Moonlight o Brokeback Mountain no sean buenas películas, ni que no sean necesarias como denuncia de la injusticia. Lo son y mucho. Pero es igualmente necesario un cine en el que el amor gay sea como cualquier otro tipo de amor. Por eso Call me by your name es importante: porque muestra el amor gay como amor y punto, sin que la película haga un escándalo, y porque la gente que la ve puede entender el amor gay como amor y punto, y apreciarlo y respetarlo como tal, sin la condescendencia de mirar a las minorías desde lejos.

Sin que sea propaganda ni proselitismo, Call me by your name es una historia severa (en el sentido de que es muy buena). Es importante por eso, y además porque tiene un impacto educativo mayor para quienes la ven: que el amor es universal, y que en principio no son diferentes el amor gay y el amor no gay. También es importante porque es precursora en dar ese mensaje. Ojalá se gane el Oscar y mucha más gente la vea.

De pronto si Finn y Poe Dameron, los de Star Wars, se llegaran a enamorar en la última entrega de la trilogía, eso mismo podría ver la audiencia masiva, con niños y adultos y viejos y mascotas en las salas de cine.

Esta columna está dedicada a dos programas de dibujos animados para niños que me gustan mucho, y que recomiendo: Star contra las Fuerzas del Mal y Steven Universe. Ambos son buenos, y han hecho un poco lo que el cine no.

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