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irán los lectores de esta columna (cero, creo) que por qué me da por publicar sobre este tema tan jarto, después de dos años de publicar apenas dos columnas en total. Pues bien, es un misterio para todos. Pero resulta que la información está de moda, bebés. Hoy en día lo que vale son los datos, que además de ser útiles para hacer cosas, como crear conocimiento, sirven en nuestros días como moneda de cambio para sustentar economías. Eso diría la gente de Google, Facebook y Xiaomi, por lo menos; quién sabe los cabezaduras del gobierno colombiano, que parecen empecinados en seguir volando páramos y contaminando ríos para sacar mugre de la tierra como modelo económico. Pero sí, resulta que los datos son útiles, y lo son de muchas maneras y para muchos fines. Esta columna trata de los datos en relación con los libros, los escritores, los lectores y esas cosas.

Si en algo podemos estar de acuerdo todos es que 2017 fue un gran año para la humanidad, en cuanto a democracia, derechos humanos, sostenibilidad climática y así (sarcasmo). Y ahora que apenas empieza el 2018, ¿qué nos deparará el futuro? ¿Será que Colombia va a mandar su primer meme al espacio?; ¿será que El Tiempo va a seguir publicando galerías de fotos sobre “¿será ésta la nueva y sensual novia de tal futbolista y cuál reguetonero?”?; ¿qué nuevos escándalos le deparará al país el mundillo literario, que a veces se siente tan optimista y otras veces tan chandoso? ¿Cómo manejará la gente esa información, y cómo serán los debates?

Verán, en este par de años que me he dedicado a ver cómo me crece la barriga, también me he preguntado sobre la información y el mundillo literario colombiano. Después de mucho reflexionar he llegado a dos conclusiones: 1) que antes de los 30 la barriga me va a impedir poder verme los pies, y 2) que la información (los datos) no solamente es útil, sino que además es bella. Cuando están bien tomados, bien interpretados y bien distribuidos, los datos nos enseñan algo sobre algo más (como el contexto cultural colombiano), y cuentan una historia. Si yo digo: tantos miles de personas leyeron tantos libros al año, en tales regiones, sobre estos temas, y fueron tantos hombres y tantas mujeres, de estas edades, y lo comparo con los mismos datos en otros años, lo que estoy haciendo es contando la historia de la lectura en Colombia, cultural, económica, social, y puedo decir con cierta autoridad: esto somos, esto hacemos, de esta manera; así hemos cambiado en el tiempo. Los datos, las cifras puras y duras, son vitales en nuestro oficio cultural, y son relevantes más que nunca en nuestra era digital, pero por alguna razón no se consideran tan importantes como cuando hablamos de otros temas. Cuando hablamos de literatura en Colombia, como que nos fijamos más en otras cosas, y creo que eso tiene que ver con la ignorancia y el miedo que la gente en nuestro gremio tiene (tenemos) a los números, y a métodos de análisis que se salgan en lo más mínimo de lo cualitativo, que es las características y el valor de algo, en contraposición a lo cuantitativo, que es las cantidades (los datos) y lo que ellas nos dicen sobre un fenómeno en concreto (la lectura, por ejemplo).

Se me hace a mí que como se analizan los fenómenos literarios en Colombia, incluyendo los escándalos, los chismes, las tramas y las cuentas, es igual a como se analizan los libros en la academia: se le coge un detalle a algo, y se le da vueltas y vueltas con el lenguaje; se desdobla, se enrolla, se estira; se hace caber en alguna teoría y se frasea al final de una forma literaria, bonita. A menudo estos análisis se usan para dar cuenta de un problema global. Por ejemplo, si un escritor hizo alguna cosa, yo puedo escribir una columna de opinión analizando el hecho en cuestión, lanzando algunas máximas convincentes, metiéndole unas alegorías todas ingeniosas por aquí y por allá, y luego concluir que por eso es que estamos como estamos en este país (el país indolente de Pirry, con voz gangosa y todo). Esto en principio no está mal; es una forma válida de hacer análisis, y a menudo se hace con juicio y precisión; pero como yo estoy obsesionado con la bibliodiversidad, pienso que lo sano es que haya también otras formas de hacer análisis, que nos puedan dejar como resultado más que una reflexión bien planteada. Ahí los datos son urgentes, y útiles. Por ejemplo, en el escándalo reciente del año Colombia-Francia, en el que para un evento público en París se convocaron, Ministerio de Cultura mediante, a diez escritores y ninguna escritora. Entonces, muchas líderes alzaron su voz, justificadamente, para denunciar la injusticia. Se explicó el problema, se mostró que escritoras colombianas también hay muchas y muy buenas en su oficio, y se evidenció que había una discriminación institucional de género. El Ministerio evadió la culpa, y luego el tiempo pasó y quedó todo como algo medio importante, medio anecdótico, para dar paso a otros eventos y escándalos literarios (como el más relevante de ahora: ¿por qué los escritores no sonríen en las fotos?). Pero como la discriminación de género en la literatura es un problema sostenido, metódico y sistemático, la reflexión puede dar para más que enunciar un problema. Ahí entraría, de maravilla, el análisis de datos. Qué útil sería leer una pieza que evidenciara cómo la exclusión de mujeres ha sido sistemática en tal número de eventos, durante tantos años consecutivos, de estas maneras puntuales. Ahí podríamos ver, sin lugar a dudas, que el problema es sistemático, y eso nos daría una historia para decir con información en mano: el país es así, somos así, las industrias editorial y literaria son así. Veríamos también si la brecha de género ha sido igual, si ha empeorado o si ha decrecido, y con base en esa información podríamos hacer una predicción para el futuro; tal vez incluso con esa información podríamos actuar para que el problema se solucione, más allá de denunciarlo. La información en sí misma es sólo información, pero cuando está bien obtenida, organizada, analizada y publicada, se convierte en conocimiento, y eso es útil para la sociedad.

Se me ocurre ahora otro puñado de casos en que los datos, y el análisis de esos datos, podrían ser terriblemente útiles para grandes preguntas de la literatura actual en Colombia: sobre los libros, sobre las bibliotecas, sobre los premios, sobre las librerías, las redes sociales, los mercados, las audiencias, y las historias mismas. Se me acaba el espacio y no alcanzo a ponerlos aquí. Pero sí puedo decir una última cosa importante: es vital que los datos sean bien interpretados y bien contados, como una historia, para que tengan efecto y despierten interés en la gente. Pero para que eso pueda ser, primero los datos tienen que existir. Para asuntos de grandes datos, que tienen que ver con información de mucha gente, muchas acciones, etc., dependemos de que instituciones gubernamentales los provean. Por pura curiosidad me fui a investigar los datos disponibles en tres grandes instituciones a cargo de la literatura en Colombia: la Cámara Colombiana del Libro, el Ministerio de Cultura y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe CERLALC, y con gran sorpresa, o más bien con poca, me encontré en sus páginas web con puros datos viejos y enlaces rotos. Hay poquito o nada. Pero es curioso, porque en temas como la política y la economía las instituciones están obligadas a tener datos actualizados y transparentes, no sólo de gestión sino de producción, y nosotros como ciudadanía hacemos presión para que así sea; pero cuando se trata de cultura realmente no lo hacemos. Estoy seguro de que, por lo menos en los casos de la Cámara Colombiana del Libro y Mincultura (el CERLALC depende de UNESCO), tiene que haber una ley colombiana que los obligue a tener sus datos actualizados y a la orden. Pero esto no ocurre. En el caso de la Cámara Colombiana, presentan, eso sí sacando pecho, unas Estadísticas del libro en Colombia de por alláaaaaa en 2015 (ajá, cuando Bitcoin era todavía una moneda de transacción revolucionaria y no un nido de especuladores sin corazón). Más reciente que eso, nanay, aunque lo llaman “informe anual” y sospecho que están obligados a presentarlo cada año, o por lo menos sería sensato que así fuera. Lo de Mincultura es todavía más desesperanzador, porque no hay información de nada. En la sección de “documentación”, que pone ahí que es una de las secciones principales, todos los enlaces están rotos; llevan a ningún lado. Luego me tropecé con algo esperanzador en el mismo sitio web de Mincultura: un Sistema Nacional de Información Cultural SINIC, que sería una chimba de no ser porque en realidad es un cascarón vacío, que en el momento de la escritura de esta columna tiene virtualmente ninguna información en la sección de literatura. Voy a evitar hacer un chiste estúpido sobre SINIC y lo cínico que resulta todo esto. Muy tarde. Ya lo hice.

Sinic

El CERLALC tiene un informe general, para toda Iberoamérica, sobre El Libro en Cifras (2017), que aunque sí es bastante general tiene datos interesantes, si no fuera porque todos los referentes a Colombia son de la Encuesta de Consumo Cultural del DANE allá en 2014 (cuando nos fue bien en el mundial), ésa que famosamente nos contó que los colombianos sólo leíamos 1,9 libros al año. Luego me fui al DANE y descubrí que hay una Encuesta de Consumo Cultural modelo 2016, en donde esa cifra, en personas mayores de 12 años, sube a 4,3 libros al año. ¡Ay! Sacarán pecho toditos, pero hay que aclarar que hay una diferencia metodológica: la de los 1,9 libros se hizo con base en toda la población encuestada, y la de los 4,3 con base en la población lectora únicamente. Además: los que más leen son jóvenes entre 12 y 25 años, y leen más las mujeres que los hombres, en casi seis puntos porcentuales.

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Ahora sí termino. A los profesionales en literatura no nos educaron, y sospecho que es así todavía en gran parte, en nada que tuviera que ver con información y datos. Nos educaron, con algunas excepciones valiosas, en puras bobadas. Cuando yo me gradué de Literatura en 2013, en una de las universidades que dice ser la mejor del país, se enseñaba literatura como si fuera 1985, y la gente todavía se graduaba con tesis del tipo “tres cosas metafísicas que dijo Borges en tres cuentos de Borges: un análisis completamente in-útil para la humanidad”. Me atrevo a decir (sin datos) que aún hoy se enseña a los estudiantes que la literatura sólo pasa en los libros, y en las bibliotecas privadas de sus conjuntos cerrados. Pero en realidad la literatura pasa en todas partes: en las calles, en los mercados, en la gente, en los números. Y eso es bueno. Los tiempos cambiaron. La industria editorial está cambiando. Esa mentalidad anticuada también tiene que cambiar.

Esta columna está dedicada a mi amigo F, que dijo refiriéndose a nosotros: “¡No les gusta Woody Allen!, ¡No les gusta el puto jazz!”

Adjunto aquí una sugerencia de mi editor que pone este entusiasmo por los datos bajo sospecha, con algunos buenos argumentos (en inglés).

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