Fiscal anticorrupción ciudadela letrada 72 Colombia Literatura

—Ilustración por Sergio Rodríguez

D
ice la leyenda que cuando los escritores de guiones para telenovelas entran a trabajar a RCN, y quién sabe si a los demás canales, una de las primeras reglas que les indican los jefes es que las tramas de las historias tienen que ser sencillas y los personajes unidimensionales: el villano (normalmente la villana) versus la víctima; el bueno que hace cosas buenas porque es bueno y el malo que hace cosas malas porque es malo. No hay lugar para las razones de por qué son así o hacen lo que hacen; las cosas pasan porque así es la vida o porque así lo quiso Dios y no es necesario explicarlas. A los guionistas se les aconseja que es mejor no complicar la trama con detalles para no complicarle la vida a la teleaudiencia. Lo más fácil es una narración binaria: buenos y malos, victimarios y víctimas, vivos y bobos, millos y santa fe, uribestias y castrochavistas, centralistas y federalistas, pobres y ricos, madrilistas y barcelonistas (en Colombia, por alguna razón).

El ex fiscal anticorrupción en Colombia, a quien cogieron siendo corrupto —pidiéndole sobornos en Miami a otro corrupto para desviar las investigaciones en su contra— publicó el primero de julio una carta pidiendo perdón por sus actos, pero sin pedir perdón, porque según él fue un “fatídico encuentro” y no un soborno deliberado y metódico. La carta es un ejemplo de la más fina bellaquería. Además de aceptar responsabilidad sin aceptarla se burla con cinismo de las personas a las que pide perdón al decirles que fue sin querer, y que como un coco que le cae en la cabeza a un bañista, “a cualquiera de nosotros le puede pasar”. Hace uso el ex fiscal anticorrupción de la narrativa de la telenovela, tan popular, tan a la mano, al posar de víctima cuando fue él el victimario, tal como hizo uso de ella cuando abusó de su autoridad para querer obstruir la justicia por plata, como en ese refrán inmundo que dice que “el vivo vive del bobo”, porque si no se es el uno entonces se es el otro.

La carta se titula “Perdóname padre porque no supe lo que hice” (así, sin la coma). El título, melodramático y sacrílego, echa mano del paternalismo cristiano desde la cruz pero aplicado a sí mismo, al crucificador que posa ahora de crucificado, al crucificado que se siente con la autoridad moral para demandar y casi otorgar perdón, pero no a los demás sino a su propia persona. Si esto suena complicado y contradictorio es porque lo es. Desde el título, la carta de perdón del ex fiscal busca en su contenido la trama binaria de la telenovela (de victimario a víctima, de vivo a bobo [porque se dejó coger, será]), pero lo hace con una técnica formal propia del discurso fangoso de los abogados: el de decir cosas que no tienen sentido pero queriendo parecer complejo, el de confundir para evitar aclarar, el de diluir el sentido del mensaje para trocarlo, para volverlo otro mensaje. Con sorna y arrogancia, usando este lenguaje resbaloso, dice el ex fiscal que ha sido un ciudadano ejemplar, que tiene una mano de títulos académicos, que está avergonzado pero que no fue su culpa sino la mano fatídica del destino, que quiere explicar qué pasó pero que no va a hacerlo, por lo menos no en esa carta. No acepta que pidió un soborno; no acepta que fue corrupto; pide perdón sin pedir perdón y sin decir por qué lo hace (o mejor por qué no lo hace). Y lo escribe mal, tinterillamente, con gerundios incorrectos y oraciones subordinadas que oscurecen el mensaje, sin poner los puntos y las comas donde la claridad del sentido lo exige.

Esta narrativa tan simple como complicada, tan de novelón como leguleya, quiere parecer ignorante pero es deliberada: usa la imprecisión del lenguaje como un arma. Pensaba uno antes que ciertos abogados escribían mal porque sencillamente nunca aprendieron a hacerlo, porque los que les enseñaron a escribir tampoco sabían hacerlo, como los periodistas, pero se me ocurre ahora que algunos de ellos —los tramposos— escriben mal porque hacerlo así les da más chance de conseguir lo que quieren; oscurecen con el lenguaje en lugar de aclarar porque así es que se tima, que se distrae, que se roba. Se me ocurre ahora que el fin del ex fiscal, el de su abogado, con esta carta babosa era más práctico que sentimental o de relaciones públicas: sencillamente declarar que sus propiedades no son fruto de su corrupción sino de su trabajo, para que no se las expropien, y abrir el camino para una conciliación blandita en los tribunales. Esto lo remata en el último párrafo, curiosamente el más oscuro, el más malamente escrito. El resto de la carta puede ser un simple relleno accesorio:

Finalmente, debo aclarar a la opinión pública que todos mis bienes fueron adquiridos producto de mi trabajo durante más de 10 años de ejercicio profesional, de la mano de un grupo de compañeros con el que demostramos la inocencia de cientos de personas haciendo uso de herramientas legales. Todos mis bienes fueron declaramos oportunamente con mi llegada a la Fiscalía General de la Nación ante el Sistema de Gestión Pública, la cual puede ser consultado por los colombianos, mis declaraciones de renta y pagos de impuestos serán puestos a disposición de las autoridades, demostrando su procedencia lícita.

En lo que tal vez no repararon el ex fiscal y su abogado con la publicación de esta carta cínica es que hay dos pesos simbólicos que nos tiraron encima a todos los colombianos, que nos oprimen, que nos ahogan, y que nos pesan tanto o más que los actos mismos. Uno cae con la acción: que el fiscal anticorrupción, quien debía defendernos de los corruptos, haya sido uno más de ellos. Es un callejón sin salida que nos roba la esperanza. ¿En quién ponerla cuando los defensores son los mismos que ofenden? El otro cae con el pedido de perdón insincero y la maldición subsiguiente que nos lanza: nos augura un futuro maldito en el que todos somos potencialmente corruptos como él, porque si le pasó a él nos puede pasar a todos. ¿Y podría? Quiero creer que no, pero lo cierto es que en el lenguaje de los corruptos ellos nunca son los villanos de la historia; más bien son los héroes: los avivatos, los verracos, los que si todos los demás lo hacen soy un güevón si yo no lo hago. ¿Cuántas personas utilizan este mismo lenguaje en su vida cotidiana?: cuando se encuentran un celular, cuando se saltan una fila, cuando evaden un impuesto. La justificación de la corrupción empieza desde actos pequeños de corrupción, pero todavía antes, germina desde un lenguaje y una narrativa que la exculpan y la promueven.

Dice mi amiga D. que ser precisos es ser responsables. Esto aplica tanto para las acciones como para las palabras. Las narrativas de telenovela, los lenguajes abogadiles babosos, cuando aplicados a la realidad, cuando puestos en práctica en la esfera pública, son imprecisos, son irresponsables. Pero además son profundamente dañinos de formas más sutiles, que presentimos pero que tenemos que leer entre líneas para entender. Quiero decir por fuerza de costumbre que hay esperanza, que no somos todos, profe, que ojalá no lo seamos. Que vamos a ser responsables con las acciones y con el lenguaje, porque ambos van de la mano. Pero es difícil porque se siente como si todo el aire para decirlo lo estuvieran extinguiendo las palabras corruptas de estos sujetos. Me produce desesperanza aquella carta que maldice y la complacencia de los medios colombianos que la reprodujeron casi que con un tono de apología. Me da esperanza las reacciones de los columnistas y las demás personas que quisieron, ellos sí, ser precisos, rectificar con el lenguaje lo que otro lenguaje quiso torcer. Esta columna está dedicada a ellos.

NOTA EDITORIAL: Inicialmente se publicó aquí, por error, la versión borrador de esta columna, previa a ajustes hechos por autor y editores. La presente es la versión definitiva que debió publicarse en primer lugar.

Comentarios