Fragmento portada Maldito Planeta AzulFragmento de la portada – Maldito Planeta Azul

E
sta historia es sobre un libro censurado: una novela gráfica entretenida, contestataria, grosera y medio misógina, llamada Maldito planeta azul y escrita por un paisa llamado Joni B. En realidad la historia no es sobre el libro, como a menudo no lo son las historias sobre libros. Más bien es sobre los tránsitos que hizo el libro para llegar a las personas a las que llegó, y sobre todo acerca de las personas que lo leyeron. Esta historia es sobre el último propietario de ese libro: un adolescente llamado S. que estaba interno en una correccional de Bogotá. S. murió hace unas semanas, y lo único que conocí de él fue este libro. Así que a lo mejor la historia no es sobre lo que fue, sino sobre lo que pudo haber sido.

Antes de llegar a S. el libro estaba en mis manos. O bueno, estaba acumulando polvo en mi biblioteca, para ser precisos. Lo había comprado en una feria del libro; lo había leído; me había gustado; y lo había guardado. Una vez mi amiga A., que por alguna razón lee esta columna y le gustan las cosas que dice sobre los libros, me preguntó si quería donar alguno para la biblioteca de una escuela rural en el departamento de Boyacá. A. es una abogada que siempre anda metida en cosas de este mundo (lo que yo llamaría injustamente rasgueos de guitarra canción protesta y vino caliente). Yo le dije que claro, que nos viéramos y yo le daba un par de libros para la causa (puño cerrado en alto). Ese día le llevé dos libros álbum y Maldito planeta azul, pero cuando le entregué el último le advertí que la censura de esta escuela no lo iba a dejar pasar. Ella no me creyó. Yo le dije que era lo más probable, y que cuando eso pasara ella tenía que amadrinar el libro, porque se iba a quedar huérfano; tendría que buscarle un nuevo dueño que lo apreciara, y a quien le fuera útil. A. me dijo que estaba siendo exagerado y melodramático, y se fue a su escuela a hacer su donación.

Un tiempo después me enteré de que, en efecto, la escuela había rechazado el libro para sus estudiantes. Seguro lo consideraron inmoral, no apto para enseñar las cosas cándidas que ellos creen que debe enseñar un libro, o que un alumno debe aprender de un libro, en todo caso. Por fortuna A. se tomó muy en serio la promesa de amadrinamiento. Leyó el libro, le gustó mucho y le buscó un nuevo dueño, el mejor dueño que pudimos haber imaginado. Pasó un tiempo antes de que yo supiera qué había pasado con el libro. Cuando nos volvimos a ver, A. me contó que se lo había dado a S. Me imagino que lo conoció haciendo sus cosas de abogada. Lo que supe ese día es más o menos lo mismo que sé al sol de hoy: que S. era un adolescente sensible, que había crecido en un ambiente con pocas oportunidades, que había hecho algo en contra de la ley y que lo habían metido preso: 2 años en la correccional. A S. le gustaban los libros, pero sobre todas las cosas le gustaban los cómics, y dibujar. A mí eso me emocionó. A A. también la había emocionado. Yo quedé satisfecho con el destino del libro: pensé que seguro a S. le gustaría como nos gustó a nosotros.

Pasó otro tiempo. Antes de irme de Bogotá A. me dijo que me tenía un regalo de despedida. Era una carta que me había escrito S. agradeciéndome por el libro. La carta era un dibujo en una hoja de cuaderno con fragmentos copiados de Maldito Planeta Azul. A. me contó que S. le había prestado el libro a sus amigos en la correccional, que lo leyeron y que les había gustado. Me contó también que S. le devolvió el libro, y le pidió que se lo entregara a alguien más a quien creyera que le podía gustar. Eso me hizo sentir que S. y yo creímos en las mismas cosas. De Bogotá me fui feliz por la carta y por el destino todavía azaroso que tendría el libro.

Hace unas semanas A. me escribió para contarme que a S. lo habían apuñalado en la correccional. Las circunstancias del hecho no las conozco, y siento que no serían relevantes para esta historia. Lo que sé es que S. estuvo unos días en cuidados intensivos, y luego un día ya no. Durante ese tiempo A. y la mamá de S. estuvieron en contacto, y A. me mantenía informado desde Bogotá. Luego de la muerte de S. su mamá dejó la ciudad. A ella le deseo paz, adonde sea que vaya.

Esta columna se llama “Memorial de agravios” porque no pude encontrarle otro título mejor. La noticia de la muerte de S. la he cargado conmigo desde entonces, con confusión, y con mucha rabia. No es justo que S. ya no pueda estar en este mundo. Quiero culpar a alguien, al Estado colombiano, a la inequidad social de mi ciudad, a quien sea que lo haya herido, pero a veces echar culpas es difícil como es difícil asumir responsabilidades. Uno las tira a diestra y a siniestra, y al final le caen a todos y a nadie. Lo que no quiero es reducir la muerte de S. a una reflexión superficial sobre los libros. Tampoco quiero reducir los libros a una especie de ayuda humanitaria cuyo fin sea hacer de las personas mejores personas. Ambas cosas serían un insulto tanto para la memoria de S. como para los libros.

Lo que quiero es decir que S. vivió en este mundo, que dibujó cosas, que su paso por la tierra no tiene que ser agua escrita sobre vidrio. Que espero que no lo sea. Es difícil hacer contacto humano; las distancias entre extraños son muy vastas fuera de los círculos sociales, de los grupos de amigos y de los núcleos familiares. Especialmente en países como el nuestro. Pero creo que hay formas de salvarlas. En mi caso creo que los libros son una de esas formas. Cada vez creo más que acumular libros en las casas es un acto mezquino, porque roba a los libros la oportunidad de tener una vida, y a la gente la oportunidad de conectarse a través de la lectura. A S. me habría gustado conocerlo, intercambiar dibujos con él, porque a mí también me gusta eso, y saber si con el tiempo él habría seguido dibujando. Creo que todas las personas deberían poder hacer ciertas cosas en la vida: comerse un helado de vez en cuando; ver el cielo; pisar la arena; tomar agua cuando tienen sed; y dedicarse a dibujar si se les da la gana. Pero S. no va a tener esa oportunidad, y no es justo que haya tenido que ser así.

Pienso ahora en otras novelas gráficas que creo que S. habría disfrutado. Los libros existen para la gente. S. sabía eso y hasta donde sé lo puso en práctica. Esta columna está dedicada a la mamá de S., que en medio de su pena fue siempre gentil con A. y conmigo; a A., que cree en la gente y en las cosas de este mundo; y a S., que no lo conocí pero siento como si sí; a la historia que fue y a la que pudo haber sido.

Carta de S. Ciudadela letrada 71Fragmento de la carta de S.

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