Karl Marx. Ciudadela letrada.Karl Marx

E
sta anécdota ya la he mencionado alguna vez. En un país suramericano, un intelectual me invitó a su casa. Me dio un tour por el lugar y para el final del recorrido dejó su biblioteca personal, como la cereza del pastel. Me invitó a entrar en ella como si fuera un templo budista. Respetuosamente se salió, me dejó solo para que pudiera explorarla y admirarla en privado. Era un cuarto enorme. Había cientos, no sé si miles de libros empotrados en las paredes desde piso hasta el techo. Yo hice como si mirara títulos con interés durante un rato. Luego recordé que no tenía que fingir interés, porque estaba solo, y me senté en una poltrona a mirar por la ventana. Cuando mi anfitrión volvió y me preguntó qué me había parecido, yo no estaba seguro de cuál sería la respuesta correcta para él. “ehh… muy impresionante”, le dije. Él pareció satisfecho con mi respuesta. Se notaba que estaba muy orgulloso de su biblioteca personal, y que quería hacérselo saber al mundo.

Siempre me he preguntado por qué existe aún hoy ese estatus cultural y social en la acumulación de libros. Se supone que, al menos en la pretensión de democratización de la cultura, a los libros puede acceder cualquier persona, por medios digitales, a través de bibliotecas públicas y etcétera. Se supone que los libros se producen en masa como cualquier otro objeto de entretenimiento o consumo cultural. Ya no es como en el siglo XVII que un libro era una rareza, un tesoro escaso y azaroso, de valor incalculable. Se supone que ya no es así. Pero a la gente le quedó hasta hoy en el imaginario colectivo que las bibliotecas en sus casas son una demostración de poder intelectual, cultural y social; que son como un cuarto de trofeos en el que cuelgan de las paredes, enmarcadas en estantes de madera, las cabezas inertes de los libros que han cazado a lo largo de su vida.

Esa riqueza no está siendo distribuida, sino acumulada inútilmente para llenarse de moho y humedad, como la guaca de un narcotraficante.

La anécdota en la que mi anfitrión suramericano me presentó su biblioteca personal como un rey vanidoso que se pavonea de sus riquezas ante un extraño no es un hecho aislado. Veo lo mismo en la vida cotidiana y en mucha gente que conozco, en la Ciudadela Letrada bogotana. Lo veo como una demostración de poder inoficiosa y un poco ingenua, como la de los adolescentes que compiten en los baños del colegio por ver quién tiene la verga más grande, o como la de los mafiosos que compiten por el carro más extravagante, el reloj más brillante o el harem más numeroso. La veo también en los booktubers que hacen sus videos delante de toda la cantidad de libros que han leído, respaldados por su biblioteca bien adornada, bien visible, bien nutrida y bien surtida. Lo veo en cosas tan absurdas como “Los libros de” de la revista Arcadia, una serie de videos dedicada a que personajes de la cultura nos muestren sus bibliotecas personales, como un retorcido episodio de la serie “Cribs” de MTV en la que millonarios visajosos compiten tácitamente por ver quién tiene la casa y las cosas más Bling Bling.

Los libros tienen un Valor de Uso finito y limitado cuando permanecen en las mismas manos. Los leemos una vez y ya los agotamos, por decirlo así. Ya no nos pueden prestar un servicio adicional útil. Alguna vez los releemos y una que otra vez los consultamos. Pero en general los guardamos por el solo hecho fetichista de acumularlos. Tampoco es que tengan un Valor de Cambio alto. Los libros de segunda están mal vistos, de manera silenciosa, no dicha en voz alta. Los libros usados tienen un mercado diminuto. La gente desconfía porque ya se entregaron a otros ojos y otras manos, porque ya otra persona los desvirgó y les metió la nariz entre sus páginas abiertas. La gente quiere libros nuevos que pueda comprar, consumir y guardar. Pero lo que sí tienen los libros es un Valor Simbólico. Ese valor se traduce en una metáfora del capital cultural que cada persona supuestamente posee en su vida, y que guarda celosamente en las paredes de sus estudio como diamantes en una caja fuerte.

El plusvalor de ese capital cultural simbólico se multiplica en la acumulación numérica de libros y en el paso del tiempo que pasan guardados. Las fuerzas de trabajo del escritor y del sistema de difusión de conocimiento se las roba el capitalista acumulador de libros y las convierte en esnobismo y pavoneo. Esa plusvalía de acumulación de capital es posible gracias a que otras personas carecen de acceso a esos mismos libros, por estar encerrados acumulando polvo y miradas impresionadas de la gente que invitamos a nuestro estudio.

Obviamente estoy balbuciendo términos marxistas que no conozco, medio en chiste y medio en serio. Pero a diferencia de un Valor de Uso o de un Valor de Cambio, el Valor simbólico de las bibliotecas privadas y de su plusvalía de capital cultural es inútil para la sociedad. A nadie le sirve esa vaina. Esa riqueza no está siendo distribuida, sino acumulada inútilmente para llenarse de moho y humedad, como la guaca de un narcotraficante. Sin producir más conocimiento o sin multiplicar su valor real.

Los libros los pensamos a menudo como nuestra propiedad privada, pero se nos olvida su naturaleza intrínseca de vehículos de conocimiento y entretenimiento. Si no se leen, pues no sirven para nada. Y si se leen y se guardan, pues sirven un poquito, pero no cercanamente a lo que fueron concebidos para servir. Pienso en esa cosa maravillosa de la alcaldía de Bogotá que se llama Libro al viento, un programa en el que los libros están diseñados para circular de mano en mano una vez leídos, y así multiplicar su capital de conocimiento en cada persona que los reciba y que luego los redistribuya. He visto a personas buscar Libros al viento para completar “su colección”. Los guardan, los encierran y se los apropian. Con vergüenza confesa, yo mismo admito tener encerrados por lo menos siete títulos de Libro al viento en mi casa.

Se me ocurre que hay una pérdida enorme para la sociedad en la conformación de bibliotecas privadas con una pretensión de estatus social e intelectual. Vale la pena revaluar esa idea, y pensar en que esa riqueza cumple un papel más beneficioso siendo distribuida que siendo acumulada.

Esta columna está dedicada con mucha indignación a los degenerados que censuraron la donación de un ejemplar de Maldito planeta azul, del colombiano Joni B, en una biblioteca escolar de Boavita, Boyacá.

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