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Exposición de los libros de Irma Boom en el pabellón de Holanda.

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espués del desastre de Macondo en 2015 todo lo que venga será mejor. Pero igual, aun en medio de ese boroló del año pasado, y en medio de lo que en este año todavía no decidimos si nos ha gustado o no, la Feria del libro es un suceso emocionante. Juegan aquí como siempre juicios y prejuicios y los gustos personales, pero a diferencia de cosas tan cansinas y exclusivas como ARTBO, y de festivales tan excluyentes como FITB (el de teatro) —y de todo aquello que se haga en Cartagena con pantalón blanco— en la FILBO la gente puede ir, pagar una entrada no excesiva y andar un rato por ahí: comprar los cinco libros de los que posiblemente se leerán uno, ir a alguna charla y hacerse firmar su libro por la nobel o por el youtuber. Pasar un día tranquilo curioseando, y no sólo un día obligatorio para saciar la conciencia colectiva cultural, que es tan vanidosa.

El códice (el formato físico que llamamos libro) nos ha acompañado durante siglos. Los libros son una forma práctica y relativamente económica de transmitir conocimiento. Me imagino que por eso serán tan populares. Y digan lo que digan los apocalípticos los libros son cada vez más populares. Estas ferias del libro son una especie de templos paganos y humanistas a todas esas cosas loquitas que significan los libros para nosotros, desde el fetichismo material que a menudo los acompaña, hasta ese fanatismo místico por el contenido de sus páginas, pasando por la sana curiosidad y también por la noción vanidosa y anticuada de que publicar o leerse un libro lo hace a uno alguien en la vida.

Es como una historia de amor predestinado: ese libro estaba ahí en ese estante esperando a esa persona, a esa persona de a pie, a esa persona específica y a ninguna otra en este mundo.

A lo mejor sobre todas esas cosas se construyen las instituciones de las ferias del libro. Sobre la tradición occidental de la idolatría al libro. Y eso lo saben las instituciones y arman unos planes comerciales descomunales alrededor de ellas, con los presidentes y los alcaldes y los ministros y los embajadores y las princesas de los países invitados de honor. Pero también la gente común y corriente sabe que en la feria está el libro que quieren o el libro que van a leerse ese año (el 1.8 libro, según las estadísticas oficiales), y es un camino bonito el de ir a patonear por sus pabellones que son como laberintos, a recorrer el camino incierto para conocer a su libro anual, para encontrárselo de bruces y decir éste es, este libro me lo leo este año. Es como una historia de amor predestinado: ese libro estaba ahí en ese estante esperando a esa persona, a esa persona de a pie, a esa persona específica y a ninguna otra en este mundo.

Qué cursi que es eso. Pero ahí sencillamente está la razón de por qué la FILBO no apesta. Hay libros caros y hay libros baratos; hay Marcel Proust (ése del tiempo perdido) y hay Juan Pablo Jaramillo (ese otro del pelito blanco); hay cómics y autoayuda y clásicos ahí todos revueltos como huevos. Ninguno es necesariamente oro o necesariamente carbón. La gente se va en jeans y en sudadera y nadie mira feo a nadie porque no se puso esas botas hasta la rodilla por fuera del pantalón y ese chalequito peludo, y porque no se alisó el pelo. No hay unos eventos para los pobres y otros para los ricos, sino que todos hacen fila para eventos que son en su gran mayoría gratuitos (aunque la logística esté malamente organizada, eso sí).

Tres ideas sueltas sobre la FILBO de este año.

1. El país invitado de honor

Es una buena excusa para conocer otro país sin salir del nuestro, y a fe mía que ningún otro festival cultural se toma esto tan a pecho como la FILBO (excepto cuando hicieron esa tontería de Macondo). En un mercado tan frágil como el de los libros, conocer nueva literatura es muy difícil en tiempos normales. El país invitado nos trae nuevas caras y nuevos aires y nos da una oportunidad de conocer los libros, de hacernos una idea de un país en el que pensábamos poco en nuestra vida cotidiana. Trae los libros y además apoya su traducción (algunos se publican en editoriales independientes colombianas). Holanda vino con varios libros y varios autores, unas cosas de unas bicicletas, unas casitas no demasiado bien iluminadas, una cantidad de diseño, una exposición sobre Anna Frank vergonzosa (unos pósters ahí ploteados a la mala como si fuera una pollería), flores y algunos clichés, de los buenos y de los malos. Ahí está para todos para curiosear. Falta ver qué nos deja al final de este viaje.

2. La paz

La paz está hasta en la sopa, y no es la paz sino hablar sobre ella. Se siente que este año la paz invadió la feria del libro, y el día de la inauguración que lo martillaron tanto lo sentí como una invasión violenta. Por un lado se siente como si no hubiera un lugar para la ficción, y que además se están tomando los pocos espacios que la literatura se ha ganado a pulso. Como si las cosas de este mundo (como diría ese loquito de Silvio) fueran más importantes que las cosas de otros mundos. Es importante que el arte y la literatura no cedan lugar ante la paz, como es igual de importante que no lo cedan ante la guerra. Pero por otra parte es un evento histórico que estamos viviendo como país, y que a lo mejor no nos damos cuenta ahora de lo que significa. Es como una parte del libro ese sobre Chernóbil (el de la nobel) que habla de que un tipo no salió a ver a Jesucristo caminando con la cruz porque ese día le dolía una muela. Y que luego cuando Cristo resucitó dijo, ay, yo por qué no salí a verlo. Es importante hablar sobre la paz, y además no creo que los libros y la paz tengan por qué ser mutuamente excluyentes, pero sí es cierto que en la FILBO muchos de estos eventos y conversatorios no se ocupan de hacer conexión alguna entre las dos cosas, y la paz queda ahí volando, como un invitado que llegó a la fiesta sin invitación, como metida a las patadas. No sé. Habrá que ver también.

3. Los youtubers

Algo parecido puede decirse sobre los youtubers, que este año han dividido los ánimos alrededor de la FILBO. Que esos advenedizos, que cómo se atreven a irrumpir en este recinto intelectual de los libros y la alta cultura. Alzan así las narizotas una cantidad de reaccionarios que sorprende que todavía existan. Para empezar y un poco también contestándome a mí mismo, La FILBO nunca ha sido exclusiva de los libros y de los libros literarios. Siempre ha existido lo de hacerse el nombre en chino, que no pasa de moda; siempre hay conciertos y cosas sobre cocina y culinaria y diseño y bicicletas y por qué diablos están peleando porque la gente vaya a ver a su youtuber favorito. Los youtubers también pueden escribir libros, o hacerse escribir libros. También puede haber youtubers buenos, como escritores buenos. Qué culpa tiene alguien de ser eficiente haciendo márquetin, a diferencia de esa gente que sigue vendiendo libros para intelectuales de cafetín, como si esto fuera 1954. Decir que los youtubers son sintomáticos de una cultura decadente porque hay muchos youtubers malos es tan perezoso como decir que todos los libros son frívolos porque hay muchos libros malos. O tan ingenuo como decir “eso de los libros va a pasar de moda; el rollo de papiro es lo único que vale la pena en este mundo”.

Esta columna está dedicada a todos aquellos que no consideran la cultura y los libros como un fortín de la exclusión y la exclusividad, sino más bien como algo chévere que puede ser chévere como muchas otras cosas chéveres en esta vida.

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