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No tengo que decir aquí que sería imposible que todos los miembros de un teatro ignoraran que poner unos subtítulos en la pared del escenario impediría a la gente de gallinero verlos. Naturalmente que sí sabían.
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esgraciadamente soy uno de los que siempre ha tenido prejuicios hacia el Festival Iberoamericano de Teatro. Para mí que es como la Teletón de los festivales culturales —junto con todos y cada uno de los que se llevan a cabo en Cartagena—, un pretexto del arribismo blanquiñoso para tener un centro de pavoneo, de cotilleo social de clases criollas queriendo estar siempre un peldaño más arriba, donde como en el teatro francés del siglo XIX no se va a ver el espectáculo, sino a la gente que asiste. Se va a que lo vean a uno posar de amante de la cultura, a ser el foco de atención, a usurpar el escenario de los actores para poner en escena la comedia de fantoches las clases sociales colombianas.

Esta columna no es entonces un análisis imparcial y juicioso del festival, sino una protesta aireada y tendenciosa por una anécdota particular
Y qué feo que suena eso, es cierto; como viejo y desgastado.  A quien quiera acusarme ahora de lo que sea, bien pueda hacerlo, y furiosamente y escupiendo, porque pueda que verdad no le falte. Mis prejuicios hacia el Festival han sido prejuicios porque nunca me he tomado la molestia de investigar. Perezosamente he dicho que las boletas son vulgarmente caras por el sólo propósito de separar a la nata de la leche. Nunca me he puesto a hacer cuentas de cuánto cuesta traer una compañía extranjera y etcétera. Me he agarrado como un mono a un palo de lo vil y miserable que es no poner por lo menos una tarifa para estudiantes en eventos cuyas boletas pueden valer casi cien mil pesos. Me parece, una vez más prejuiciosamente, que los eventos gratuitos, callejeros, son unas migajas de pan duro que se le tiran en el parque a las palomas. Unas sobras de corteza de pizza ofrecidas por el festival para hacer más evidente la separación de clases, al tiempo que hipócritamente dice que es para que nadie se quede por fuera. Esta columna no es entonces un análisis imparcial y juicioso del festival, sino una protesta aireada y tendenciosa por una anécdota particular, alimentada por la mala suerte de que las poquísimas veces que he ido me han tocado unas obras sencillamente estúpidas de lo pretenciosas y vacías, y una gente horrible, de los que todavía se sienten más por ser un poco menos morenos.

Esta anécdota que les cuento tuvo lugar el pasado 19 de marzo en el Teatro Colón de Bogotá. Fuimos con unos colegas críticos culturales a ver la obra “A Family On The Road” del dramaturgo coreano Lee Youn-Taek. Y no fuimos invitados por el festival o por el teatro a la platea o a los palcos, sino de nuestro propio bolsillo y escasamente a gallinero (sección de galería), porque la boleta más barata valía treinta mil pesos. La cosa fue que nos rayaron la cara, a nosotros y a un puñado de otra gente que estaba también en gallinero, porque los subtítulos en español de la obra (que estaba en coreano) solamente estaban disponibles para la vista de los que pagaron las boletas más caras, en la pared detrás del escenario, adonde no llega la vista de quien está en gallinero.

Yo por el Teatro Colón siento nostalgia. Mis padres me llevaron desde muy pequeño porque ellos a su vez sentían nostalgia. Me sentaron siempre en sillas buenas, caras, porque cuando ellos eran jóvenes nunca pudieron pagar algo así. Supongo que como todos los padres querían que sus hijos tuvieran una mejor vida que la que ellos tuvieron. Cuando ellos se conocieron en los años setentas mi mamá invitó a mi papá a ver una zarzuela. Ambos trabajaban en la fábrica de chocorramos y ganaban sueldos que apenas y les alcanzaban para vivir. Además tenían que aportar a sus respectivas casas y pagar sus estudios nocturnos, y además habían empezado a ahorrar para empezar una familia. Entonces fue con mucho esfuerzo que pagaron la boleta del teatro Colón (la de gallinero) para tener un rasguño de acceso a un evento cultural elitista. Entonces tampoco era barata la boleta, y mucho menos para sus posibilidades. No sé cuántas veces me han contado ellos esa historia. Creo que lo recuerdan con cariño, y creo también que les causó impresión por ser un evento especial, único y lejano para lo que las circunstancias les habían enseñado que era la vida.

Pienso en la configuración del teatro Colón, en la configuración arquitectónica y social. Medio inspirado en los teatros a la italiana del siglo XVII, un poco en los teatros isabelinos ingleses, mucho en los corrales de comedias del Siglo de oro español. Un teatro en herradura para ricos y pobres, donde los pobres tienen un espacio claramente diferenciado que les hace saber que son pobres, para que los ricos sepan que son ricos porque no tienen que sentarse con los pobres. El gallinero. En el gallinero no tienes el honor de estar a la vista. Estás muy arriba y muy lejos, detrás de los reflectores. Ves poco y mal. Pero supongo que ves. El 19 de marzo nos sentamos allí. Cuando la obra ya había empezado todavía dejaban subir gente, y así lo hicieron hasta bien entrada la función. La obra estaba en coreano. Cuando empezaron a hablar yo no entendía qué estaba pasando. Creía recordar que habían prometido subtítulos pero, hombre, debí habérmelo imaginado porque no estaban por ningún lado. Debe ser así, pensé, debe ser que uno lo entiende por lo que muestran, y no por lo que dicen. La gente de palcos y platea se reía cuando hacían un chiste. Yo seguía sin entender; nosotros, los de gallinero, no entendíamos, y ninguno se reía. Me pregunté si era que los de gallinero éramos estúpidos. Honestamente me sentí diferente, menor, menos. Sin acceso a una oportunidad que me permitiera desenvolverme en el mundo correctamente. Como si los de las boletas caras supieran un secreto que nosotros no. Algo que les dejaba tener éxito en descifrar la obra de teatro y la vida. Sentí tristeza. Me sentí lejano y un poquito abandonado. Durante hora y media estuve tratando de entender la obra sin lograrlo. Nada de nada. Hasta que hacia el final del cuarto acto se me ocurrió arrodillarme para ver si había algo en el fondo del escenario. Y efectivamente, allí estaban los subtítulos en español, grandes y gordos, apenas para la vista de los otros, de todos los que no éramos nosotros, los de gallinero. Entonces además de triste me sentí furioso. Y pensé en el Festival de Teatro y en su gente, y pensé en la universidad en la que estudié, y pensé en cómo funciona un país como Colombia, aún hoy.

Cuando la obra se terminó yo les pregunté a los demás de gallinero si alguien había alcanzado a ver los subtítulos. Ninguno. Bajamos y preguntamos si estaba el director del teatro. Que no estaba pero que sí estaba el jefe de sala. Yo le pregunté al jefe de sala que si estaban conscientes de lo que había pasado. Él dijo que sí, que estaban tratando de convencer al director pero que el director había dicho que estaba bien así. Algo así. Luego le pregunté que si entonces el director sí sabía y no había hecho nada. Él cambió su respuesta y me dijo que no era que supiera, sino que sabían que probablemente tuvieran problemas con eso. Fue amable, el jefe de sala, se sorprendió cuando le dije que las boletas nos habían valido 30.000. Me dijo que dejara mis datos y que después me llevaban a otra obra. Los dejé. Nunca me escribieron.

No tengo que decir aquí que sería imposible que todos los miembros de un teatro ignoraran que poner unos subtítulos en la pared del escenario impediría a la gente de gallinero verlos. Naturalmente que sí sabían. Lo que tengo que señalar, con rabia y con tristeza, es que no es imposible que aun así vendan esas boletas. Que les hagan pagar a esas personas para no entender nada. Es absurdo, sí, pero no imposible, por lo menos en Colombia.

Me pregunto cómo haría para explicarle a personas como mis padres, siendo jóvenes en los años setentas, enamorándose, esforzándose tanto para ir a una zarzuela o una obra de teatro, que podría pasar algo así. Que ustedes, por ser pobres, no tenían derecho a entender de qué se trataba esa obra. Me pregunto cómo podría explicarle a mis hijos, si alguna vez los tengo, que me tocó vivir en un país así. Me pregunto si ellos tendrán que seguir viviendo en un país así.

A los medios de comunicación en Colombia los tratan muy bien en eventos culturales. Los invitan y los miman y les regalan cositas y los hacen sentir bien. Los periodistas y los críticos escriben maravillas del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Que qué sublime, que qué belleza, que qué cultura. Pero los medios de comunicación nunca se sientan con la gente que paga su boleta en gallinero. Hay muchas responsabilidades cuando se es un crítico cultural: ante sí mismo, ante los lectores y ante la sociedad. Una de las más grandes es sentir y vivir lo que siente y vive la gente de a pie, y no sólo lo que siente la gente que sale fotografiada en las páginas sociales de los periódicos.

Esta columna está dedicada a mis padres, porque me infundieron cariño por algo a lo que ellos tuvieron muy poco acceso cuando fueron jóvenes.

 

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