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Los hechos

E
l 20 de septiembre de 2015 publiqué en la Revista El Parcero una reseña crítica de la película Colombia Magia Salvaje. Ocho días después —el 28 de septiembre de 2015— en un medio llamado Minuto30.com, una persona llamada Milena Andrea Serna Carvajal publicó a su vez una especie de columna también sobre Magia Salvaje titulada “Colombia: Más allá de la «Magia Salvaje»”. Esta columna consta de dos párrafos robados textualmente de mi crítica, y de 5 párrafos más parcialmente parafraseados; todo tomado sin dar crédito a su fuente original, de forma descontextualizada, desestructurada y pésimamente escrita. De este plagio nos alertó una lectora de El Parcero, y sólo hasta marzo de 2016 pudimos, junto con el equipo editorial de la revista, hacer público este hecho.

Prueba de plagio 1

Prueba de plagio 2Muestras de uno de los varios fragmentos plagiados.

Lo demás

Detrás de un plagio hay muchas cosas, varias de las cuales están sujetas a conjeturas. Por ejemplo, las causas que llevan a una persona a cometerlo. Pero con certeza detrás de un plagio siempre hay un texto original en primera instancia, y cada texto original tiene su propia génesis más allá de la publicación.

Podría pensarse a vuelo de pájaro que una crítica es algo muy fácil de hacer, y no creo que haya maldad en ese pensamiento: es un texto corto que en apariencia es sencillamente una opinión. Pero la verdad es que detrás de cada crítica hay trabajo duro por parte de quien la escribe: hay mucha investigación y curiosidad; hay múltiples referencias; hay una herencia cinematográfica o literaria o artística que se hace obligatorio revisar; hay preguntas que uno se hace y que le hace al texto literario, obra artística o pieza cinematográfica. Hay una, dos o hasta tres ocasiones en que uno lee, ve o va al cine a ver. Hay muchas notas al margen. Hay que cotejar opiniones antes de definir completamente la propia. Hay que ponerse en los zapatos de muchos tipos de espectadores para formular una opinión crítica; no sólo en los zapatos que le entrarían cómodamente a los propios pies. Hay que sentarse a escribir durante varias horas, hacer borradores y desecharlos; muchas veces redactar un texto completo para dejarlo ir y sentarse a escribir uno desde cero. Hay que pensar muy bien las palabras. No porque las palabras sean gratis significa que un crítico pueda usarlas con ligereza. Cada palabra pesa y provoca reacciones y puede lastimar. Hay que ver también que las palabras puestas juntas tienen un ritmo y una cadencia, que pueden ser musicales o que pueden sonar a puro ruido. Hay que someter el texto a una serie de revisiones editoriales una y otra y otra vez hasta que sea convincente y esté relativamente pulido, listo para ganarse su lugar en el mundo. Cada crítica es también un trabajo conjunto con editores dedicados. Cada crítica con intención de ser honesta y pulcra no sólo requiere de trabajo y dedicación, sino de cariño y amor al trabajo que uno hace. No quiero decir que mi crítica a Magia Salvaje sea una obra maestra de escritura. En absoluto. Pero hay por fuerza una distancia grande entre lo que se hace con dedicación, entrega y devoción y lo que se hace con absoluto desinterés. Hay que sentir menosprecio por los lectores si uno cree que se van a tragar entero un texto plagiado, contradictorio y descuidado. Hay que sentir desprecio por los lectores y hay que sentir desprecio por la escritura y por el oficio crítico. Esto último, me temo, se queda en el terreno de las conjeturas. Quién sabe qué hay que sentir para hacer algo así.

Es un sentimiento raro descubrir que a uno le han robado un texto y que alguien más se lo ha atribuido, desfigurándolo, a su propia autoría. Contrario a lo que muchos podrían pensar no es halagüeño ni sirve para que uno pueda darse ínfulas de protagonismo o relevancia. Por el contrario, es un sentimiento desagradable en el estómago que dan ganas enterrar. Como cuando a uno lo roban o lo fuerzan en la calle con violencia, como cuando a uno lo despojan contra su voluntad de algo íntimo o de algo que a uno le pertenece de alguna manera. Por alguna razón uno no quiere que se sepa —como si fuera la culpa de uno—. Por alguna razón es difícil pensar en ello y se hace difícil denunciarlo. Por alguna razón uno empieza a pensar que no habría pasado si yo hubiera hecho tal cosa o evitado hacerla; si no hubiera salido a la calle a esas horas, si no hubiera ido con el celular en la mano, si no me hubiera puesto ese escote o esa falda. El sentimiento es de invasión y de suciedad. De que algo propio ha sido vulnerado. Y sobre todo es un sentimiento de confusión. Uno se devana la cabeza pensando cuál era la necesidad de hacer eso. Por qué robar a alguien de esa manera; por qué invadirlo y vulnerarlo así. ¿Es que acaso no sería más sencillo que esa persona trabajara para comprarse un celular? ¿No sería más sencillo que formulara sus propias opiniones y escribiera su propio texto? Uno no entiende la necesidad de robar cuando no hay una necesidad apremiante de hacerlo. Pareciera más difícil robarle algo a alguien que conseguirlo o hacerlo por los propios medios. Detrás de un plagio hay un daño que se le hace a alguien más.

Detrás de un plagio hay también una reflexión, más pública, que se puede hacer sobre el oficio del periodismo y sobre el ejercicio de la crítica, y la responsabilidad que uno adquiere con sus lectores cuando publica algo. No es necesario que diga aquí que está mal robarse algo y publicarlo en un medio. Eso se sobreentiende. Pero tiene que haber una serie de causas (difícil saberlas) que permitan que ello ocurra. Sería muy fácil conjeturar sobre las de Milena Andrea Serna para haber plagiado mi texto. Y sería tan fácil como inoficioso. No creo que tenga que ver con la educación formal —sabemos que hay gente que no ha pasado por una universidad que es excelente en su trabajo, y que hay ladrones que han salido de las universidades más prestigiosas—. Y creo que sería igualmente perezoso decir que es una cuestión cultural, que en Colombia estamos acostumbrados a la salida fácil por encima del trabajo arduo, que por eso es que el congreso está lleno de ladrones y no de gente honesta. Me rehúso a hacer eso, porque no lo creo. No creo que haber nacido en un país donde ocurren esas cosas haga a las personas más propensas a imitarlas. Por el contrario, creo que estar expuesto a ese comportamiento obliga a las personas, y más a las personas de nuestra generación, a desmentirlo, a hacer las cosas al derecho y a demostrar que el trabajo honesto es mejor para todos que la deshonestidad y el crimen. Detrás de un plagio hay una bofetada en la cara a los lectores, y la desacreditación de una profesión que a los ojos de la audiencia no está, digamos, muy bien parada.

La Respuesta de Milena Andrea Serna Carvajal en este caso no fue la de aceptar y pedir perdón; más bien fue la de dar una excusa inverosímil, mentir más y rodear el problema con eufemismos. ¿No sería más fácil dar la cara y hacerse responsable? Confrontada por las directivas de Minuto30, Serna Carvajal quiso dar a entender en una carta que el plagio en su texto se debía a un método de recolección de información, como si hubiera hecho un grupo focal en el que me hubiera preguntado mis opiniones, y que yo hubiera accedido a dárselas para que hiciera su texto. Esto es sencillamente una mentira, y una muy mal contada y perezosamente articulada. Nunca antes había yo escuchado de Serna Carvajal, y mucho menos accedí a darle mis opiniones para que las usara sin dar crédito. Por su carta, ella pareciera creer que es más decoroso mentir más, y mentir mal, que aceptar el error y lidiar con las consecuencias. Detrás de un plagio también hay un daño que se auto inflige quien comete el plagio. Se despoja a sí mismo de legitimidad; mancha su propio nombre con tinta indeleble y no puede volver a considerarse como una fuente fidedigna de cualquier tipo de información.

Fragmento del comunicado de Minuto30.com

Finalmente un plagio desacredita al medio en el que haya sido publicado el texto. La actitud de Minuto30 con todo este lío ha sido prudente en términos legales y de relaciones públicas, o algo así diría un abogado. Se cuidaron muy bien de no usar la palabra “plagio” en ningún momento y todo lo hicieron muy en silencio, muy al estilo de “los trapos sucios se lavan en casa”. Apenas pusieron una “Fe de erratas” al final del artículo de Serna, y no hicieron ninguna declaración pública por cualquier tipo de red institucional o social. Pues bien, independientemente de la culpa que pueda compartir o no un medio en caso de plagio (por omisión, en este caso), hablaría muy bien de cualquier medio de comunicación que saliera ante el público a dar la cara (que lo hiciera de verdad). Eso demostraría madurez editorial y un profundo respeto por sus lectores. Y demostraría también un compromiso por trabajar para que un caso de estos no se volviera a repetir en el futuro. En Colombia sí hacen falta medios que hagan esto, que sean más inteligentes con cómo manejan las embarradas. Que propicien una atmósfera para que no se sigan repitiendo.

Esta columna está dedicada a Dalia, que me buscó para informarme de un error gramatical que tenía una de mis columnas pasadas. Gracias a Dalia hemos corregido el error. Y gracias a lectores atentos como ella es que uno se esfuerza por escribir bien, por seguirlo haciendo de la mejor manera posible, y por esforzarse cada vez para hacerlo mejor.

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