Proselitismo DestacadaImagen tomada de la librería gandhi

 

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ste no es un tema nuevo, y mucho menos en esta columna. Ya hemos hablado en otras ocasiones de nuestra sospecha sobre la cursilería con la que se promociona el acto de leer; de la bobada y la pereza mental que significa vender la lectura como un acto puro y noble, como un acto de paz y de inocencia y de superioridad moral y de elitismo social e intelectual. Como si leer lo hiciera a uno más persona que verse una película o escuchar un relato en un bar o alrededor de una fogata. Sobre esa actitud cansina y repelente. Ya hemos hablado de cómo en cambio la lectura puede más bien ser un acto de egoísmo, de violencia y de peligro. De cómo la lectura puede crear paz lo mismo que puede incitar a la guerra. De cómo la lectura es un fenómeno más complejo que la bonachonería unidimensional de un meme estúpido en internet.

Proselitismo 1

Ese no es un tema nuevo. Y además, tampoco es tan relevante. Tiene toda la razón quien le quiera decir a esta columna que y qué si ese proselitismo por los libros es flojo, si me da la gana; que demalas y que es un país libre y que no le están haciendo mal a nadie y que qué va a hacer o qué. Que si acaso no ha visto esos estudios de cuando la gente lee cómo se le ilumina el cerebro en la pantalla, que es que no lo digo yo sino es la ciencia.

Proselitismo 2

Pero habría una salvedad útil en ese análisis: la de preguntarnos, en términos concretos de estrategia de márketing, qué tan efectivo es seguir vendiéndoles a las personas la lectura como esa bobaliconada de «si lees, eres moralmente bueno — si lees, eres súper pilo — si lees, eres mejor que los demás». Respecto a eso tiene esta columna otra sospecha: que en la parrilla de contenidos culturales y de entretenimiento, la industria editorial y de la lectura es la más ultraconservadora, ubergoda, anticuada y caduca de todas. Precisamente porque a sus propios ojos no se considera como de entretenimiento, sino como una especie de orden superior tocada por los dioses, y ah, aquí sólo puedes entrar si lees literatura. O sea, la idea de la lectura se vende hoy bajo la misma estrategia con la que se hacía en el siglo XVIII: la de un elitismo y una superioridad que no se unta de las formas de entretenimiento más mundanas. Y eso es contraproducente para un modelo de negocio que dejó de ser el de la exclusividad en pleno siglo XX. Si yo como industria, como gobierno y como sociedad quiero masificar la lectura, no puedo seguirla vendiendo bajo ese modelo elitista del lector como ser superior y de los libros como un elemento cultural de mejor familia. Honestamente, ¿por qué es mejor leerse un libro que hacer una maratón de películas en Netflix?; ¿me hace más feliz la lectura que inyectarme una jeringa de heroína?; ¿es más saludable y da mejor sueño leer por las noches que tomar una copa de vino o hacer una sesión de masturbación? La verdad es que los argumentos para vender la lectura son flojos, perezosos y poco atractivos.

Proselitismo 3

El otro día leí un artículo publicado en Portafolio llamado “Leer literatura: una práctica de paz”, que me asaltó como una muestra de lo cosmética, superficial y vacía que puede ser la reflexión pública sobre la lectura. Estas cosas son más aptas para formar esposas de club campestre que ciudadanos críticos y reflexivos, muy a lo “oye, amiga, ¿y sí sabes lo bueno que es la lectura? No, eso es riquísimo. Yo me leo dos libros a la semana porque me hace mejor persona, me levanta la cola y me mantiene sin arrugas”. La impunidad de ese artículo es tal que se atreve a afirmar sin ningún tipo de justificación que «Cuando enseñamos el gusto por la lectura, y en especial por la lectura literaria, enseñamos autonomía, tolerancia, respeto, amplitud de pensamiento e identidad, entre otras competencias primordiales para conseguir vivir en paz con uno mismo y con el entorno». ¿Tolerancia y respeto? ¿Es en serio? Lo de que los libros curan el cáncer, el sida, la disfunción eréctil y el exceso de erección creo que quedó implícito también.

Proselitismo 4

A título personal, lo que me causa este tipo de publicaciones es físicas ganas de no leer. Me hacen sentir sucio e imbécil cuando cojo un libro. Me ponen a pensar que lo que quieren los que incentivan la lectura no es formar lectores críticos que disfruten la actividad, sino a las mascotas del salón de colegio que leen y dicen leer para conseguir unas palmadas pegajosas del profesor en la cabeza. Y repito: la forma en que se vende la lectura hoy no es atractiva en el sentido de hacer querer a la gente leer; más bien es complaciente de una idea en que la pose de la lectura nos va a hacer quedar mejor frente al deber ser y al qué dirán.

Proselitismo 5

Leer es chévere. Es una actividad entretenida y tiene muchos beneficios. Pero no es la única actividad entretenida ni la única que tiene beneficios. En esencia, leer no tiene por qué ser superior a verse una película, a salir a jugar al parque, a charlar con los amigos y la familia o a comerse un helado con la pareja. Todas esas cosas se ven en el imaginario colectivo como actividades cotidianas y normales. Tal vez si despojamos la lectura de su ridícula aura de esnobismo podamos hacerla también una actividad cotidiana y normal. Y así la gente leería más.

Esta columna está dedicada una vez más a Roger Chartier y Robert Darnton, que nos enseñaron que a veces la lectura en el siglo XVIII podía ser una actividad tan cotidiana y entretenida como cualquier otra.

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