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Ilustración por Juan Álvarez Umbarila

C
uando estaba estudiando el pregrado en la universidad, tomé una clase llamada “Literatura colombiana colonial”. Lo que allí se enseñaba es muy parecido a lo que los literatos latinoamericanos estudian cuando se van a especializar en literatura latinoamericana a universidades europeas y norteamericanas: «la otredad»; el problema «of the indio»; los escritos místicos de monjas cachondas; los diarios de Cristóbal Colón y los textos de los cronistas como un imaginario europeo medieval puesto sobre el terreno del nuevo continente. Oh sí. Eso es básicamente lo que se espera de un investigador latinoamericano (entre otras pocas cosas de otras épocas). Un día nuestro profesor nos habló de ello. Nos dijo «hijitos, esto es lo que se espera en Europa de un investigador latinoamericano. Ustedes pueden especializarse en lo que quieran, es verdad, pero si quieren ir a Irlanda a estudiar a Joyce o a Inglaterra a estudiar a Austen, pues allá hay miles de personas haciéndolo ya, y probablemente haciéndolo mejor. Así que lo mejor para un latinoamericano es estudiar estas cosas latinoamericanas. Créanme que si lo hacen van a tener mejores oportunidades de trabajo en el futuro».

Así nos dijo el profesor entonces, y todos en la clase asentimos ante el pragmatismo de sus palabras. Suena lógico, eso sí, hacer lo que se espera de uno porque así a uno le puede ir mejor. Pero con el tiempo me fue sonando menos lógico. ¿Por qué razón, si los gringos vienen aquí a estudiar García Márquez, no podría ir yo a su país a estudiar a Faulkner? Con el tiempo empecé a sentir ese sabio consejo de mi profesor como una camisa de fuerza arbitraria, discriminatoria y cobarde. Por supuesto que es válido y será hasta bacano estudiar esas cosas latinoamericanas. Pero si se hace porque es lo que se espera de uno y no porque es lo que uno más quiere hacer, pues qué diarrea. La investigación académica estaría entonces condicionada y secuestrada por un prejuicio; no sería honesta y se sentiría más bien como un acto mercenario vendido al mejor postor.

Pensaría uno en esa anécdota como algo aislado, un traspié apenas de los años de estudiante. Pensaría uno que en la adultez no funciona así. Pero hola, adultez, no eres como imaginamos que serías. Pensamos que serías más alta. Como el antaño antropólogo indigenista que ahora trabaja para una petrolera canadiense convenciendo a los indígenas de que cedan su tierra, así muchos artistas y escritores adultos están dispuestos a escribir y hacer arte sobre unos temas específicos, con unos enfoques particulares, porque les da mayores oportunidades de recibir estímulos estatales, de empresas o del diablo.

Años después de aquella anécdota con mi profesor, me topé en el posgrado con una profesora que nos habló sobre las oportunidades de la paz y el posconflicto en Colombia, específicamente en el campo de la cultura. Nos dijo que éste sería el tema de las convocatorias y concursos estatales en los próximos años, y que más o menos a ese caballo había que apostarle si queríamos comer un pedazo del pastel. ¿Y a quién no le gusta el pastel? Ahora que el gobierno está, como diría un colega, «ensillando los caballos del posconflicto», hay unos temas que tienen más demanda que otros en el campo del arte y la literatura nacional. Hay temas que suenan más y son más taquilleros tanto para vender libros como para ganar convocatorias artísticas.

El posconflicto va a traer retos para todos los miembros de la sociedad, y para los artistas y los escritores va a traer uno enorme: el de no dejar que el arte y la literatura sean secuestrados por una idea; el de mantenerlos libres; el de evitar que se conviertan en propaganda.

Pienso en los grafitis que veo en las calles de mi ciudad. Bogotá se ha llenado de unos murales muy bonitos. Pienso en la naturaleza disidente que es lo más atractivo del grafiti como forma de arte, en su espíritu contestatario que es punk y severo, y pienso que lo veo poco, menos que antes, en los muros de la ciudad. Ahora veo muchos de esos murales y se me vienen a la cabeza cosas como «la Bogotá Humana» o «Bogotá ciudad de todos», eslogans gubernamentales que me hacen ver muchos de esos grafitis como propaganda de una idea estatal y no como arte de una idea honesta y personal.

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 Concurso literario y artístico con tema “Paz”, convocado por el Centro cultural reyes Católicos, el Ministerio de cultura, El Tiempo, el Grupo Planeta y el Instituto Caro y Cuervo

Palabras como “memoria”, “paz”, “reconciliación”, “tolerancia” son rótulos apenas, que buscan llenarse de un significado que es movible, escurridizo, complicado y conflictivo. Es legítimo abordarlas desde el arte y la literatura, claro, siempre y cuando haya en ellas una intención estética y elaborada. La intención puede o no ser crítica, naturalmente, pero el arte y la literatura hechos sobre estos temas nunca deben quedarse en la mera propaganda panfletaria. Precisamente porque no son propaganda, sino arte y literatura. Si el estado quiere propaganda, que contrate publicistas, pero hay algo opresivo, violento y contraproducente en querer que los artistas hagan arte sobre un tema fijo, con una intención unilateral y unívoca.

El arte secuestrado por la paz puede ser tan opresivo como el arte secuestrado por la guerra. El posconflicto va a traer retos para todos los miembros de la sociedad, y para los artistas y los escritores va a traer uno enorme: el de no dejar que el arte y la literatura sean secuestrados por una idea; el de mantenerlos libres; el de evitar que se conviertan en propaganda. El dinero y los estímulos que se otorgan a artistas y escritores es el más sagrado que hay, porque es dinero de los impuestos de los colombianos. Por eso la obligación moral y profesional de los artistas y escritores con esos recursos sagrados es hacer arte y literatura tan honestos como sea posible, así esa honestidad pueda contradecir en ocasiones (o no) las ideas estatales de lo que debe decir el arte y la escritura.

Por mi parte, yo aconsejo que desechemos el consejo de mi profesor de pregrado, y que tomemos el de Perrocóptero :

«Hacer arte se trata sobre todo de comunicación. Una obra de arte es una conversación. Cada decisión que tomas es una declaración. No te preocupes por los rótulos, o por ajustarte a un estándar. Sólo sé fiel a ti mismo, y la gente apreciará tu honestidad»

                                                                                            Perrocóptero

Esta columna está dedicada a mi profesor de “Literatura colombiana colonial”, quien me enseñó indirectamente que nunca debería hacer algo, sobre todo en cuanto a mi escritura o investigación académica, simplemente porque alguien más lo esperara de mí.

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