C.L con semitono version ch
O una breve nota sobre el cruce de dardos en cinco actos entre un escritor de la Revista Sombralarga y el editor de la Revista El Malpensante.

A esta discusión llega tarde Ciudadela Letrada. Llega tarde porque es su costumbre y llega además chancleteando, porque ya casi faltan cinco pa’ las doce y adónde se fue este año, ¿y realmente tenemos tiempo para hablar sobre crítica literaria cuando se nos queman los buñuelos en la puerta del horno? Si nos quieren decir que los buñuelos se fritan y no se hornean, pues tienen razón. Pero es que pensar en guiños poéticos que le cuadren a los buñuelos es más bien difícil.

La discusión es simpática; una cosa de meses y un cruce de artículos y editoriales a la vieja usanza. Los personajes son Sebastián Pineda, crítico literario de la Revista Sombralarga, y Mario Jursich, director de la Revista El Malpensante y reconocido personaje del mundillo literario nacional. A la vieja usanza porque recuerda esas discusiones inoficiosas entre enemigos acérrimos que tenían lugar en esos periódicos literarios de 1934 (que leían diez personas). Hoy, bustos poposiados por palomas en los parques, esos enemigos acérrimos.

El cruce se organiza en cinco actos. El primer disparo lo lanzó Pineda en una nota que publicó Sombralarga titulada “Algunos apuntes sobre la nueva literatura colombiana”. Pero fue un disparo al aire, que no apuntaba a ningún pechito en concreto. Allí, tiró algunos pensamientos sobre algunos de los últimos éxitos literarios colombianos, y dejó, medio tácitamente, una sugerencia provocativa sobre que hay que desconfiar de la prensa que se hace sobre estos libros, más publicidad vacía que crítica en verdad. Habló Pineda sobre algunos libros que leyó, y habló también y con sospecha sobre otros que no leyó. Divagó un poco, eso sí. Empezó hablando de una cosa y terminó hablando de otra. Al final resbaló mucho, y en general, dejó regadas muchas citas de nombres pesadísimos para a lo mejor darle legitimidad al texto.

Acto seguido, desenfundó Mario Jursich y publicó en el Iceberg (la editorial) de la edición de junio de El Malpensante un texto titulado “Páginas no leídas”. Ahí sí que apuntó Jursich al pecho de Pineda y apretó el gatillo sin consideración. Empezó su texto, ¡Ay, Dios mío!, con una cita de Borges. En la cita Borges se burla de quienes opinan sobre lo que no han leído. De ahí se agarró Jursich, con la arrogancia que lo caracteriza, a descargarse contra el pobre Pineda por sus apuntes. Echando en la misma bolsa todo lo que hay o no en el país, Jursich usó el caso de Pineda para referirse a “la escuálida realidad de la crítica literaria en Colombia”. Porque Pineda sospechó de libros que no había leído, Jursich lo trató como un ignorante: “Los críticos literarios de la actualidad no solo no leen lo que reseñan sino que hacen de esa ignorancia un motivo de orgullo”. Ahí termina el segundo acto.

Entonces Pineda, herido de muerte, apuntó en consecuencia a Jursich y le disparó una bala que apenas lo rozó: escribió una carta a El Malpensante que eventualmente fue publicada en la misma sección editorial. Pese a la herida, Pineda se mantuvo conciliador, se preguntó por el porqué de la hostilidad de Jursich, en gran medida gratuita, y finalmente pidió serenidad a El Malpensante. En medio de eso regó otro montón de citas de eruditos que más dan cuenta de que él los conoce que de que la cita sirva para algo en la discusión; se citó a sí mismo, y se dedicó a defender, con la misma ociosidad con la que Jursich los atacó, uno por uno de los argumentos sobre cada una de las novelas que leyó y no leyó.

¿En algún momento a alguno de los dos se les pasó por la cabeza si lo que estaban diciendo era de interés para alguien que no fuera ellos? Ni idea, pero la tragicomedia no termina ahí.

En el cuarto acto Jursich, herido sólo en el orgullo por el atrevimiento de Pineda al enfrentársele en su juicio irrebatible, se acercó enfurecido al cuerpo tendido del otro y le apuntó ya no al pecho sino a la cara. Junto a la carta de Pineda publicada en El Malpensante adjuntó la suya propia respondiendo, a sabiendas de que era el punto final de la discusión porque es él mismo quien controla lo que se publica en su revista. Se puso sofisticado y le espetó a Pineda que es un “inverosímil periodista de cultura”. Luego dio vueltas sobre los mismos argumentos que ya había dado antes e incluso volvió a citar los mismos pasajes, con el añadido de que cayó en el juego de Pineda de citar nombres enmermelados y de ponerles superlativos caducos: “como dijo el gran ensayista…”. Al final, echó una puya personal sobre que Pineda no le ha contestado una carta a uno de los escritores colombianos y terminó diciendo que El Malpensante ha iniciado muchas polémicas en toda su existencia, como si incendiar casas por hacerlo fuera el único propósito de una crítica no complaciente, y le preguntó a Pineda que acaso él cuántas casas ha incendiado. Firmó Jursich y le descargó el contenido del revolver en la cara.

Se cierra el telón y sale el corifeo, la última editorial de la revista Sombralarga, a recoger los pedazos del suelo del escenario y a hacer una conclusión. Es sensata esta última editorial, que no toma partidos, que habla del uno como lo hace del otro. Recomiendan escepticismo, recomiendan que la poesía también existe y no sólo la novela, y terminan con una parrafada medio poética que ya al final se siente un poco excesiva.

¡Qué obra tan larga! Quién sabe si haya quien aplauda, porque ¿cae realmente el árbol que lo hace donde nadie lo escucha caer? El problema más grande de la crítica en Colombia, más allá de que haya poca o de que sea o no complaciente, es que no le habla a la gente. Es tan de mal gusto empezar un texto citando a Borges como empezar un discurso matrimonial citando la definición del diccionario de “matrimonio”. Pineda por ahí cita la definición del DRAE de lo que es un apunte. Dios, ¿A quién le hablan estos dos? Mientras hacía la investigación para escribir esta columna, me preguntaba si algún otro desocupado además de mí se habrá ido a buscar cada una de las cartas de estos dos, más parecida a la disputa de dos niños en el recreo que a las publicaciones de dos revistas serias. El problema de la crítica literaria es que a la gente que habla de libros no le importa si la gente que está en la calle la escucha o no. Simplemente asumen que como ellos tienen el derecho de hablar los demás tienen la obligación de escucharlos.

M., una de mis mentoras sobre el quehacer editorial, decía el otro día que el problema de los editores del siglo XX era que pensaban que los libros eran transparentes, porque creían que a un libro lo hacía su contenido y nada más. A lo mejor ése también es el problema de la crítica, que cree que por lanzar un juicio y argumentarlo ya es lo que debería ser. Pues no, la crítica, al igual que los libros, tiene que tener forma además de contenido, tiene que ser estética; tiene que saber existir en contexto, saberse distribuir y saber llegar a sus lectores. Tiene que seducir a su audiencia y tiene que ganarse su lugar en el mundo. El Malpensante, de crítica más allá de la criticonería, pues más bien pocón, y la gente de Sombralarga pues ya veremos. Muy linda la cosa vintage de los agarrones colegiales como los de antaño, pero los nuevos tiempos requieren críticos más modernos y más conscientes de que tienen que hablarle a un público y respetar a ese público, así sea para hacer crítica de la crítica.

Esto le cae más a Jursich que a Pineda, que más que todo trató fue de defenderse. Pero igual. Por parte de Ciudadela letrada, una disculpa anticipada por si al hablar de esta rencilla se puso tan aburrida como lo que señaló de aburrido. Un buñuelo horneado en compensación.

Esta columna está dedicada a una promesa incumplida que hice en el pasado de hacerme suscriptor de El Malpensante y de leerla por un año para contarles a los lectores si apesta o no. Como para leer una de las editoriales para esta columna tuve que hacerme forzosamente suscriptor por un año, ahora sí puedo cumplir la promesa. En un año les cuento. Por ahora, feliz año.

Comentarios