León de Greiff—León y Alexis de Greiff. Fuente: Hjalmar de Greiff. Tomada de banrepcultural.org

N
o creo que se nos pueda ocurrir una forma menos eficiente de hacer plata que con la poesía. Y al mismo tiempo, es difícil pensar en una forma tan eficiente de ser inmortales. Desde Homero y Ovidio quedó cicatrizado sobre nuestra cultura occidental que para vivir para siempre había que ser poeta y contar historias. Pero para que esas historias sobrevivan a través del tiempo hace falta gente que las lea. Y para leerlas, esa gente necesita tener sobre ellas un acceso libre.

Fui el otro día al lanzamiento del Fondo abierto de autores colombianos del Banco de la República. Es una idea muy buena: una serie de repositorios digitales a los que los autores donan su obra, y a los que el público puede acceder de manera libre, digital y gratuita. El lanzamiento fue en uno de esos auditorios gigantescos escondidos en los sótanos de ese búnker deprimente que es la Biblioteca Luis Ángel Arango. El público estaba conformado por diez pelagatos, incluyendo a funcionarios y fotógrafos. Era tan desolador el panorama que trajeron a los empleados de la biblioteca para que llenaran sillas del auditorio. Aun con eso, el auditorio seguía vacío.

La investigación de archivo es una de las cosas más aburridas, solitarias y deprimentes que hay en el mundo. Alguna vez lo hice en el pasado: hay que enterrarse en esos archivos mohosos de las bibliotecas con esos topos que trabajan allá (eso sí amabilísimos, los topos) y buscar y buscar entre papeles viejos algo para devolver a la humanidad. Cuando he tenido que hacerlo, me he puesto a imaginar para no morirme de tristeza que soy como un caza tesoros aventurero que tiene el mapa de un antiguo tesoro pirata, y que excava en una equis sobre el mapa para desenterrarlo.

Lo del Fondo abierto de autores colombianos es una cosa importante. Dejándonos de metáforas cursis, puede convertirse en el cofre gigantesco en el que guardar la memoria literaria y de las ciencias sociales de nuestro país. Un cofre del que todo el que quiera sacar riquezas pueda hacerlo, infinitamente, y no por ello va a vaciarse. En su inauguración, el cofre éste del Banco de la república se abrió con dos moneditas de oro adentro: las obras del científico social Marco Palacios y las del poeta León de Greiff. Pero para que pase de un auditorio vacío al repositorio de cierta parte de la memoria escrita nacional, habría que llenarlo; esto es, que los autores o sus herederos donen las obras para su acceso libre.

A lo mejor dentro del acto poético de escribir poesía subyace otro acto poético, el de enterrarla

A menudo me he puesto a pensar en por qué escribir poesía no es rentable. Qué la hace tan poco atractiva comercialmente. Si la gente paga por otro tipo de relatos en diferentes formatos, ¿por qué no lo hace por poemas? Cuando pienso en las palabras “libros de poesía” y “venta” no se me ocurre ponerlos en la misma oración. Más bien pienso en esas mesas de los mercados de pulgas donde le enciman a uno libros de poemas por comprar un par de zapatos viejos. Pienso también en los poetas muriéndose de hambre y tristeza.

Se me ocurre una teoría. A lo mejor la poesía es una de esas cosas que no hay que consumir de inmediato. Como esa pizza que uno compra en la noche y está o.k, pero cuando la descubre al otro día en el fondo de la nevera es una cosa deliciosa. A lo mejor dentro del acto poético de escribir poesía subyace otro acto poético, el de enterrarla. Porque la tierra es un acto poético. Y el viento. Y el acto poético último de la poesía es encontrarla. Y qué mejor manera de encontrar algo que desenterrándolo como si fuera un tesoro.

No sé. Es sólo una teoría. Hay belleza en el olvido, y se me ocurre que la poesía se escribe es para que la encuentren. Que se escribe para la posteridad. Sea como sea, “el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leerlo”. Así dijo el hijo de León de Greiff, Hjalmar. A los escritores hay que volverlos inmortales leyéndolos, y no haciéndoles esas babosadas de homenajes como “las cinco tonterías irrelevantes que dijo Gabo en cocteles” (¡Ejem, Arcadia!).

Y bueno, para que el olvido tenga belleza tiene que haber alguna forma de memoria. No tiene caso desenterrar tesoros si nadie va a leerlos. O bueno, no tiene tanto caso. Pero el fondo abierto de autores colombianos sólo tendría sentido si entra la gente, y no sólo los investigadores literarios, que son aburridísimos, sino la gente común y corriente, y digan “qué chimba este poemita”; “severa flor”.

Severa flor

Así es que la gente se vuelve inmortal. A lo mejor hay autores colombianos que merecen ser inmortales, pero eso no lo sabemos porque no los hemos leído. Si se tomaron el trabajo de enterrar sus poemas y morirse de tristeza, lo menos que podemos hacer por ellos es desenterrarlos y ver qué tal son.

El fondo abierto de autores colombianos del Banco de la República quedó bien feíto. Hay trabajo que hacer para volverlo más atractivo, para volverlo más práctico, más eficiente en términos de meta-tags y metadatos descriptivos, y para volverlo más interactivo. Pero abrieron el cofre, y ese trabajo es valioso y necesario. Hay que seguir trabajando.

En la biblioteca de mi colegio no había libros. O por lo menos yo nunca los vi. Pero la bibliotecaria era un tesoro en sí misma, y por ella valía la pena ir y sentarse en las mesas. Esta columna está dedicada a la memoria de Miryam Jiménez, bibliotecaria y amiga.

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