electorales

Colombia es un país de narrativas sencillas. No nos gusta complicarnos con tramas demasiado complejas, ni con personajes de muchas capas o muy voluminosos. Eso nos confunde y nos produce desconfianza. Queremos una historia en la que haya dos bandos definidos: el de un héroe que sea muy bueno y el de un villano que sea muy malo. Naturalmente nuestro bando siempre es el de los buenos. A grandes rasgos así lo dice nuestra historia: realistas o patriotas; bando de Bolívar o bando de Santander; centralistas o federalistas; liberales o conservadores. Nuestros enemigos en los foros de los periódicos o son Uribestias o son Farcsantes. Somos de Millos o de Santafé. ¿Por qué nadie es de La Equidad?, con ese nombre tan bonito…

Nos encantan las telenovelas porque no nos complican la vida. Queremos un héroe o una heroína que se enfrente con un villano malísimo. No nos interesan las razones de la maldad del villano; sólo que hay que derrotarlo. Al final el héroe prevalece y se casa con su verdadero amor, y todo funciona bien.

Bajo el mismo modelo funcionan nuestras narrativas electorales, y todo el modelo político democrático, si lo pensamos bien; y así queremos que se quede. Nuestro candidato es el héroe o la heroína, el villano es el candidato del otro partido, y el amor con el que se casa nuestro héroe al final es la ciudad o el país que llega a gobernar. La democracia funciona como contar una historia; y como nos gusta escuchar la misma historia todas las noches antes de dormir, bajo ese modelo estructuran los candidatos sus narrativas electorales.

El equipo investigativo de Ciudadela Letrada, con la irresponsabilidad que lo caracteriza, le echó un ojo a las narrativas electorales de los cuatro candidatos más opcionados a ganar las elecciones a la alcaldía en Bogotá. Éstos son los resultados:

Clara López – La abuela amorosa

La narrativa de Clara es bien simpática. Ambientada con unos bandoneones que evocan un parque en el que unos viejos le tiran arroz a las palomas, se nos presenta Clara como una especie de abuela amorosa que abre sus brazos para que todos y todas los y las bogotanos y bogotanas nos cobijemos bajo su amor. Clara es esa persona de familia rica que se cambió al bando de la justicia social —esa historia que era tan atractiva en los años 80— porque todos queremos que nuestros héroes sean de familia distinguida, incluso los que luchan por los menos favorecidos. Pero ahora es una Robin Hood ensabiecida por los años, madurada y con los bolsillos repletos de caramelos para sus nietos a los que espera en una mecedora junto a la chimenea.

Y como las abuelitas amorosas a veces dicen cosas que no tienen mucho sentido, así le pasa a Clara cuando en su sitio web nos presenta su biografía escrita a las patadas por uno de esos comunicadores sociales analfabetas. Allí habla de máximas genéricas y abueliles como amor, orgullo, dedicación y otras cosas que aplican a todo y a nada.

Pero lo más curioso de la narrativa de la campaña de Clara, lo que nos confunde realmente, es que sea tan parecida en tipografía, colores y presentación a la publicidad de cerveza Póker. ¿Cuál será el objetivo detrás de esta semejanza? #juevesdeamigosClara.

clara poker

Enrique Peñalosa – el Aragorn gomelo

Si lo de Clara es cerveza póker, la narrativa de Peñalosa parece uno de los comerciales de cerveza Águila de cuando la selección Colombia gana o pierde un partido en el mundial: un pianito reflexivo y una voz profunda que nos tocan el corazón le hacen un llamado a nuestro sentido de pertenencia más profundo. Nos cuentan que a veces odiamos Bogotá, pero que nuestra selección-ciudad necesita de su gente para salir adelante y hacer muchos goles. Peñalosa se narra a sí mismo como un líder-mesías gomelo que va a retornar al trono para devolver a Bogotá a la senda de gloria que le corresponde. Le debe gustar mucho El Señor de Los Anillos “El retorno del rey”, porque se narra como un Aragorn que va a “recuperar” la ciudad blanca Gondor-Bogotá de las garras del mal. ¿Y qué será el mal? A lo mejor todo lo que en Bogotá no esté entre las calles 116 y 134.

Lo de #recuperemosbogotá es como un discurso del guerrero montado en su bicicleta de $15 millones a sus soldados, justo antes de la batalla: “Soldados de Bogotá, mis hermanos: veo en sus ojos el mismo miedo que me descorazonaría, o sea. Un día vendrá cuando falle el coraje de los hombres que van a rumbear a Andrés; cuando traicionemos a Mockus y rompamos todos los lazos de amistad. Pero no será hoy. Un día en que los oficinistas banqueros no podrán ir a trabajar en sus bicis plegables. ¡Pero no será hoy! ¡Hoy peleamos! Por todo lo que aman en esta ciudad, por sus clubes campestres y las ediciones especiales de Club Colombia en Octoberfest, les pido que se planten, hombres del norte de Bogotá: ¡Recuperemos Bogotá!

Francisco Santos – el Batman chiquitico

Pachito es Batman. Para él Bogotá es una Ciudad Gótica tomada por los guasones, criminales y comunistas. Una urbe cyberpunk caótica y anarquista en la que los ladrones están raponeando y chuzando gente en cada esquina. La narrativa de Pacho es como la de Bruce Wayne, un héroe marcado por un trauma personal en su juventud: en el caso de Wayne, el asesinato de sus padres en un callejón; en el caso de Pachito, los meses de secuestro en manos de Pablo Escobar. Ambos lidian con su estrés postraumático dedicando su vida a combatir contra los mismos males que antaño los afectaron a ellos. No creen demasiado en las reglas ni en las instituciones, sino en la justicia por mano propia, en un sistema vigilante paraestatal que traiga resultados inmediatos y concretos. A lo mejor Pachito tiene un baticinturón lleno de herramientas para devolver la seguridad a Bogotá: un taser para electrocutar estudiantes, un gas pimienta para cegar comunistas, una porra para cascar a los rateros. La del héroe traumatizado es una historia muy seductora, porque plantea que sólo hay que salir a las calles disfrazado de murciélago a cascar gamines para salvar a la ciudad.

batman

Rafael Pardo – la Póker Face

Lo de Pardo es enigmático, porque no tiene una narrativa clara. Es el único candidato de los cuatro más opcionados que no presenta en su sitio web un perfil de su historia. Su eslogan “¡Seguro que sí!” es tan aguas tibias que no se le puede sacar ningún significado. Si lo miramos bien esto es ingenioso, porque su narrativa es la de renunciar a una narrativa particular. Renuncia a una historia en aras de conseguir una imagen de neutralidad que no tiene polarización alguna. La narrativa de Pardo no es la del héroe con un pasado detrás. Si se le puede armar alguna, sería la del tecnócrata administrativo que vino a la ciudad a hacer su trabajo. No es simpático pero no cae mal. No es polémico. No quema las naves. Se planta como un árbol en el centro absoluto de las historias posibles, y ahí se queda esperando a que la gente vea en su neutralidad no el desenlace de una historia, sino el principio de otra nueva. Es una carta inteligente, pero no tiene emoción. Es una comida nutritiva, pero no tiene sabor.

Mírenme este jingle tan 1989:

Esta columna está dedicada a la ciudad de Bogotá, que se empecina en que su narrativa sea la de la pobre escuincla a la espera de un príncipe o princesa azul que la saque de su vida miserable.

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