Charley destacado

Fragmento de portada de Travels with Charley. Penguin. 2002.

Hay dos o tres historias en esta columna sobre las narrativas del lugar. Esas historias que nos inventamos, colectiva o individualmente, para pensar el estar, los exilios y lo anhelos de adonde queremos ir. Sobre ellas nos sentamos a vivir, a quejarnos o a suspirar. Y todos lo hacemos; no sólo los ciudadanos letrados que viven dentro de la ciudadela, sino los que están en las villas, excluidos más allá de las murallas. Las historias sobre la tierra no son propiedad de nadie. Es un derecho fundamental tener una historia sobre donde venimos, o sobre donde estamos, o sobre adonde iremos algún día. Esto no se puede arrebatar, como no se le puede quitar a la gente el cielo que tienen encima de las cabezas.

El Jamaicón

Esta historia me la contó inicialmente A. y nunca le había dado el crédito hasta hoy.

El jamaicón era el defensor estrella del Deportivo Guadalajara en los años 60: era una jodida muralla china. Dice la leyenda que incluso el brasileño Garrincha, entonces delantero del Botafogo, no podía penetrar la barrera defensiva del mexicano. La historia sitúa al Jamaicón alineado para la selección nacional de México, en los partidos de fogueo previos al mundial de Chile ‘62. El equipo nacional viajó para enfrentar a Inglaterra. El director técnico de México decidió reservar al arquero titular, y puso en su lugar al suplente, el Piolín Mota. El Piolín no se sentía suficientemente confiado como para encarar a los delanteros ingleses, y así se lo hizo saber a su D.T. Cuando se lo dijo, El técnico se echó a reír a carcajadas. Le dijo “Hombre, si hasta Garrincha no ha podido pasar al Jamaicón, cómo crees tú que éstos sí. Si el Jamaicón está defendiendo, por ese arco no pasa ni el aire”.

México se enfrentó contra Inglaterra y perdió el partido 8-0. Todos quedaron asombrados por el rendimiento tan pobre del Jamaicón. En la rueda de prensa los periodistas, tan confundidos como el resto del mundo, le preguntaron qué le había pasado. Él les respondió que extrañaba mucho su tierra, que le hacía falta la cerveza mexicana, y que anhelaba estar en el lugar en que estaba su mamacita. Los periodistas quedaron todavía más confundidos, y le dijeron que bueno, pero que por qué había jugado tan mal contra Inglaterra. El Jamaicón parecía tan confundido como ellos: “pues porque aquí no se puede comer ni un pinche taco”.

Dice la leyenda que el Jamaicón se devolvió a México, y que nunca más volvió a salir de allá. Se quedó jugando en el Deportivo Guadalajara hasta su retiro. Y ocasionalmente se dedicaba a tomar cerveza mexicana, a comer tacos y a pasar tiempo con su mamacita.

Luis Cernuda

Cuando los republicanos perdieron la guerra civil española en 1939, todos los poetas salieron a volar en desbandada. Bueno, no todos; hubo quienes se quedaron a enfrentar el régimen franquista. A la mayoría los persiguieron y los cazaron, les rompieron los huesos y el corazón, y los mataron de hambre en las cárceles. Otros de los que se quedaron se convirtieron al régimen, o por lo menos se cansaron de combatirlo, y sobrevivieron. De los que se fueron, unos se exiliaron en Francia e hicieron un combate intelectual a distancia. Escribieron poemas de cuánto duele la tierra cuando no se tiene. Se siguieron codeando con la crème de la crème y tampoco se murieron de hambre. Hubo otros tantos que se fueron a México, y también extrañaron su tierra. Pero hubo uno que se fue y dijo a la mierda todo. Se fue y nunca miró atrás. Y escribió un poema que se llama “Peregrino”, del que un fragmento dice así:

“¿Volver? Vuelva el que tenga,

tras largos años, tras un largo viaje,

cansancio del camino y la codicia

de su tierra, su casa, sus amigos,

del amor que al regreso fiel le espere.

Mas, ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,

sino seguir libre adelante,

disponible por siempre, mozo o viejo,

sin hijo que te busque, como a Ulises,

Sin Ítaca que aguarda y sin Penélope”.

Luis Cernuda nunca volvió, y hasta donde sabemos no le hizo falta hacerlo. Su pensamiento hacia su tierra natal era el de “un país donde todo nace muerto, vive muerto y muere muerto”. A lo mejor su patria era el idioma, y no la patria, como pone otro de sus poemas: “El encanto de España, (…) aunque en tu tierra misma no lo hallaras”. Luis Cernuda murió en suelo americano en 1963, a los sesenta años o algo así.

John Steinbeck el escritor, Charley el perro

Algún tiempo antes de morir, el escritor estadounidense John Steinbeck decidió hacer un último viaje por su país. Cogió a su puddle Charley, mandó adaptar una camioneta con un tráiler —la llamó “Rocinante”— y se echó a andar a lo largo y ancho de algo así como 16.000 Kms. de suelo gringo. Esto fue también en los años ’60. Steinbeck describe las primeras páginas de su viaje así:

“Cuando era muy joven y la urgencia de estar en otra parte estaba dentro de mí, las personas maduras me aseguraron que la madurez curaría esa piquiña. Cuando los años me describieron como una persona madura, el remedio que me fue prescrito fue la mediana edad. Cuando estuve en la mediana edad, me aseguraron que la edad avanzada calmaría mi fiebre y ahora que tengo cincuentaiocho años tal vez sea la senilidad la que logre hacer el trabajo. (…) En otras palabras, no mejoro; en otras otras palabras: una vez un vago, siempre un vago”.

Steinbeck salió a recorrer su país con la intención de encontrarlo; esto es, de averiguar cómo era Estados Unidos en la década del ’60. Cómo era la tierra, cómo era la gente, cómo era su propia percepción del país. Partió de Long Island, New York, en la esquina superior derecha de E.U., y recorrió el territorio como un reloj cuyas agujas van al revés: rodeándolo todo de derecha a izquierda hasta volver al punto de partida. Recorrió los estados fronterizos con Canadá hasta dar con la costa Oeste; visitó su pueblo natal en California; pasó los desiertos y la playa; fue a dar al gigantesco estado de Texas; y se devolvió por la parte sur del continente, hasta dar de nuevo con la costa atlántica, y subir de vuelta hacia N.Y. En el camino vivió varias aventuras siempre al lado de su fiel escudero perruno Charley. Charley era para entonces un perro viejo con un problema bucal que le hacía contestar con el sonido “Ftt” a lo que Steinbeck le decía. Juntos encontraron un país envuelto en plástico, obsesionado por ser antiséptico; encontraron gente que ya no quería vivir en casas, porque para qué echar raíces en un lugar para pagar impuestos, si puedes vivir por ahí echando ramas en todas partes; encontraron un zorro al que Steinbeck quería dispararle, pero al que finalmente terminó dándole una lata de comida para perros; encontraron también racismo regado por ahí y otras cosas. Al final del viaje no se sabe muy bien qué pasa, porque Steinbeck mismo no sabe lo que encontró. Fue más bien un desencuentro, como son al final y en cierta medida todos los viajes sobre la tierra.

Decía Steinbeck algo así como que la gente no hace viajes, sino que los viajes hacen a la gente. En últimas un viaje siempre es una historia, y como historia empieza antes de empezarse el viaje, y como historia lo sobrevive después. John Steinbeck murió seis años después de publicado Viajes con Charley.

Esta columna está dedicada a Charley, uno de los mejores perros de la literatura universal.

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