Escanear2

Esto sucedió en una clase. Todo muy descontextualizado, eso sí. Todo muy como al vuelo del colibrí, como que si lo escuchamos no nos acordamos; tan rápido fue que a lo mejor te lo imaginaste tú, hermano literato. Algo se discutía sobre la responsabilidad del periodista en la sociedad, sobre su papel de mediador entre los hechos y las noticias, entre la información y la audiencia; los grupos de poder, la censura, las amenazas a la vida: hay que ser muy responsables, claro que sí; hacer las cosas al derecho, cómo no, con rectitud y todo eso (y por allí venía subiendo una granada por la garganta). Sí, sí, tener la conciencia limpia, trabajar con honor y dignidad y esas cosas (y aquí venía volando el bombazo, ¿listos? viene, viene…):

«Pero tampoco les estoy diciendo que hay que ser de esos que se hacen exiliar del país…».

¡Pum! La explosión. Yo salí a volar y fui a dar contra una pared del salón. perdí el conocimiento. Después de un rato volví en mí. Me sacudí el zumbido de la onda de choque de los oídos, me quité los escombros de encima y miré alrededor. Nada. Fue como si la bomba no hubiera estallado. Mis compañeros, tranquilos; y lo mismo quien detonó la explosión. ¿Bomba? Aquí no hay ninguna bomba, señores. Sólo un comentario al vuelo, normal. Hasta provocó algunas risas. Y la clase y la vida siguieron como si nada.

En países como Colombia el periodismo es una profesión de alto riesgo. Eso no es nada nuevo. De hecho es algo tan viejo que hace tiempo que se volvió una especie de costumbre. Lo aceptamos con normalidad. Como la guerra misma, y como diría mi amigo S., los periodistas amenazados y asesinados se nos volvieron un ruido de fondo, un soundtrack cotidiano de la vida. A menudo se nos olvida que están ahí. Y decimos cuando vemos las noticias “Ah carajo, mataron a otros diez”, y seguimos comiendo lasaña.

Pero de igual manera países como Colombia son un caldo de cultivo para periodistas corruptos, y eso también se nos volvió costumbre. Por cada periodista que no teme decir la verdad hay diez que están trabajando para ocultarla: los que escogen trabajar para el que les pague, o para el que no los mate: para los políticos, para los mafiosos, para las empresas; y no para la gente, siendo que al fin y al cabo un periodista es una especie de servidor público y debería trabajar para la gente. Eso en los dos extremos; en el medio están los periodistas que callan, que escogen no hablar, por miedo, aunque tampoco sean mercenarios a sueldo. Estos últimos son los cómplices por omisión, por silencio, por autocensura. En esa misma bolsa caen editores, jefes de sección, medios y periódicos enteros.

Hasta aquí no he dicho nada nuevo. Una oda a los valientes, que la merecen. Sin embargo, y esto hay que decirlo con pinzas porque como decía mi abuela: «se habla del cuerpo pero no del alma», que un periodista se haga matar por denunciar algo que está mal no necesariamente lo convierte en un buen periodista. A lo mejor una buena persona, sí, con principios; un mártir, definitivamente; pero no necesariamente un buen periodista. Como decíamos en la primera entrega de esta columna, un buen periodista es mucho más que alguien que “dice la verdad”. Alguien valiente puede ser cualquier ciudadano; eso no lo convierte en buen periodista. Sin embargo esto sí es verdad: no se puede ser un buen periodista sin ser valiente.

Esto aplica para todo tipo de periodismo; no sólo el de investigación y denuncia. Comúnmente se piensa que ése es el único tipo de periodismo que hay, o en todo caso el único tipo de periodismo serio. En los círculos elitistas de los ciudadanos letrados colombianos, siempre provincianos y diminutos, ya sabemos que los periodistas ocupan una esfera bien alejada del centro, como de nobles menores venidos a menos. Pero incluso dentro de esta esfera alejada hay unos ciudadanos relegados, una especie de plebeyos de los plebeyos: éstos son los periodistas que no son “los serios”, o sea los periodistas culturales.

Poco a poco vamos llegando al punto. Es algo bien común que los periodistas del conflicto (y ahora del posconflicto) miren por debajo del hombro a los periodistas culturales. Es como “yo estoy denunciando vicepresidentes, entrevistando víctimas, haciendo periodismo de datos y mapas infográficos sobre las masacres de los últimos diez años. Tú estás reseñando peliculitas. Yo soy más importante para el país que tú. A mí me pueden matar por lo que hago; a ti ni siquiera te conocen, y además te pagan una chichigua de sueldo. ¡Gas!”. O la condescendencia como “Ay, qué lindo. Estás cubriendo un festival literario mientras yo cubro las negociaciones en La Habana. Sigue trabajando y un día vas a hacer cosas de verdad. Ten paciencia, periodista cultural”.

Y bueno, es muy poco probable que a un periodista cultural lo maten por decir la verdad, pero eso no quiere decir que a la larga una “verdad” sea menos importante que otra. Lo que pasa es que esas verdades tienen diferentes maneras de cuantificarse y cualificarse en el espectro de la vida nacional.

En el mundo del periodismo cultural hay igual nivel de corrupción que en el mundo del periodismo “serio”. Incluso me atrevería a decir que hay más. ¿Por qué? Quién sabe. Pero es un hecho socialmente aceptable por alguna razón. Aquí como que a la gente no le parece corrupción que a los periodistas los compren para hablar cosas positivas de ciertas cosas culturales; que los censuren por escribir contenido crítico sobre el mundo de la cultura; que los echen de los medios por denunciar el clientelismo y la mediocridad de la esfera cultural. Como que no parece necesario que se les exija integridad y excelencia a los periodistas culturales. Puede que no los maten a balazos, sí, pero los matan de hambre con lo que les pagan. Los matan de indiferencia porque no toman en serio su trabajo.

No nos digamos mentiras, que los periodistas de denuncia se están jugando la vida, la propia y la de los demás, cuando escogen hacer bien su trabajo. Pero es que la vida no es sólo la diferencia entre respirar y dejar de respirar; la vida también es la calidad de vida de las personas, y cuando un periodista cultural escoge hacer bien su trabajo está jugándosela por la calidad de vida de las personas.

No es una ligereza decir que para ser un buen periodista hay que ser valiente. Hay que ser valiente para ser cualquier tipo de buen periodista. Para ser un buen periodista cultural en Colombia hay ser muy, pero muy valiente. Otra oda a los valientes.

Esta columna está dedicada a todos los que creen que el trabajo hay que hacerlo a conciencia; con honestidad, transparencia y dedicación.

Comentarios