Ilustración por Juan Álvarez Umbarila

Ilustración por Juan Álvarez Umbarila

Una gran parte de esta columna se ha dedicado a lo largo de la historia a hablar mal de los periodistas colombianos. No directamente, digamos, pero sí por los bordes, por debajo de los pliegues y sobre las puntas de las esquinas. Un comentario que ha ido, otro que ha venido. ¿Por qué Ciudadela Letrada se ha encarnizado sin contemplación y siempre sin mucha evidencia contra esta pobre gente? Ni que fueran politólogos, por Dios.

La verdad es que no hay que mirar muy lejos ni muy atrás para entender el porqué. Basta con abrir los ojos al día a día de la prensa nacional: leer los periódicos, comprar las revistas, ver los noticieros; y si se quiere ir más lejos, ir a las agencias de prensa; hurgar con los dedos en las escuelas de comunicación; hundir la cara en el fango inmundo del community management. Después de hacer eso sería casi un mal chiste pedir explicaciones. Vivimos en un país en el que la comunicación está secuestrada en su mayor parte por mercenarios sanguinarios que se roban las palabras y las golpean y les arrancan la piel con alicates, que les cortan los miembros con motosierras y luego los echan el licuadoras gigantescas, para entonces presentar la malteada de ese revuelto a la audiencia: “Éstas son las noticias”, dicen. “Esto es el periodismo”, sentencian. Ésa es la forma iracunda de verlo. La forma triste es ver a una gente ciega que sencillamente hace lo que puede; que escribe dándose cabezazos contra el teclado del computador y lo presenta como periodismo esperando lo mejor; pensando en su inocencia que está bien, que es aceptable hacer eso. No se sabe cuál de los dos casos es peor, y si por allá llueve por aquí no escampa.

Informar, si nos ponemos a pensarlo, quiere decir por allá en lo profundo «dar forma a algo». Es casi ofensiva la ingenuidad de quienes dicen que hacer periodismo es llevar la verdad de un punto A a un punto B, como si la verdad fuera una, como si no estuviera soportada en una voz, en un lenguaje, bajo una iluminación particular, pintada con ciertos colores. Hay quienes piensan que hacer periodismo es amarrar unos hechos entre un costal y tirárselo encima a la gente como si fuera un saco de papas. Es como decir que una escultura es igual a un bloque de mármol, y que da lo mismo esculpirlo con dedicación que cogerlo a patadas y tirarlo por un barranco. “El mármol es el mármol”, dirían al final estas personas; o dirían también “la noticia son los hechos”. Y guatemalo si fuera una cuestión de estilo, pero guatepior cuando el periodismo se hace sin una noción básica de cómo se redacta un texto, de cómo se junta una palabra con la otra. El resultado de cualquiera de estos casos es que “Séptimo Día”, “Pirry” o “Las2Orillas” ganen premios periodísticos.

Pero me estoy alargando mucho. La historia es que los directores de la Revista El Parcero me dijeron un día que no era profesional que trabajara en este medio apenas con un diploma de Literato. No se puede decir que no tuvieran razón. Así que me embarqué en primera clase y con todos los gastos pagos a la ciudad de Bogotá a estudiar un posgrado en Periodismo Digital. La idea me pareció divertida, porque jamás me imaginé estudiando periodismo, y mucho menos en Colombia. Cuando llegué allá me encontré con que los profesores —periodistas y comunicadores la mayoría— me trataron con condescendencia por ser literato. “¿Estudiaste Literatura? ¡Qué tieeerno!”, me dijeron. “Y qué curioso”, pensaba yo; “si supieran cómo la gente en mi gremio mira a los periodistas colombianos”; en ese caso decir condescendencia sería un eufemismo bien largo. Pero con todo y eso me dediqué con entusiasmo a estudiar el posgrado. Y como todo en la vida, estar metido en algo hace que uno lo vea con ojos distintos de cuando lo mira desde afuera. Hacer un juicio a priori, basándome solamente en la vista del fango que flota en la superficie, y untado además de la arrogancia que deja como herencia haber estudiado el pregrado en la universidad en que lo estudié, ha sido a todas luces un grave error. Un error muy divertido, para qué, pero un error al fin y al cabo. Digamos que siempre hay algo más debajo de esa capa de fango flotante si uno está dispuesto a zambullirse en el lago. A medida que he ido estudiando este nuevo posgrado, a medida que me he ido relacionando con personas del medio (algo que siempre había evitado hacer), me he ido dando cuenta de que no todo es tan en blanco y negro. He ido viendo que hay otras consideraciones, otras aristas y otros pliegues en el asunto. Al final del día el buen periodismo nunca va a ser tan obtuso como escribir una “verdad” y escupírsela a alguien en la cara, pero tampoco va a ser algo tan sencillo como saber contar una historia (que no es para nada sencillo). También me he ido dando cuenta de una cosa que sabía, pero que hasta ahora no había digerido en su dimensión total, y es que en Colombia hay buenos periodistas. Y muchos de los que no son buenos todavía están capacitándose y esforzándose para serlo algún día. La injusticia no está en denunciar algo que está podrido en el mundo; eso es bastante necesario; lo injusto es decir que el periodismo es una profesión de mediocres, cuando la realidad es que no se puede juzgar una profesión entera por una porción de la población que la practica. En medio del fango hay flores, o como diría el bueno de Rubén Blades (impunemente llamado Rubén Bleids en Panamá): “Se ven las caras de trabajo y de sudor. / De gente de carne y hueso que no se vendió. / De-gen-te trabajando, buscando el nuevo camino, / orgullosa de su herencia y de ser… [¿periodista?]”.

A lo mejor estamos influenciados por la idea romántica del periodista extraordinario que nos contaron cuando éramos pequeños, que vimos en las películas y que es tan difícil de encontrar en la vida real. No sé. Pero también es muy frustrante ver a cualquier persona que trabaje con palabras no dejar la piel en lo que hace. Ni siquiera esforzarse. Alguien que no piense que para comunicar algo, cualquier cosa que se haga por debajo de la excelencia es insuficiente.

A fin de cuentas sí es cierto que hay una gran culpa en las escuelas de periodismo y comunicación del país. Si por lo menos no les enseñan a sus estudiantes a leer y a escribir, y me refiero a hacerlo en términos básicos, pues es muy difícil partir de algún punto y llegar a algún lado. Por el momento, y mientras se llega a algo parecido a la rigurosidad, a las personas que son buenas periodistas, a las personas que están trabajando para serlo, les toca trabajar el doble de duro; el triple, el cuádruple, el un millón a la potencia, para cambiar el estigma. O no. Qué importa el estigma. Trabajar duro para saberse buenos periodistas.

Esta columna está dedicada a Alma Guillermoprieto.

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