Como Ciudadela Letrada es lo más conservador que hay, va hablar de las cartas, algo que hoy en día es anticuado e impráctico. Somos unos godos. Pero no queremos hacerlo en el sentido hipster de quien se atusa el bigote de káiser Von Wilhelm mientras escribe una carta con su pluma de tinta recargable, al son de un vinilo de alguna banda que nadie conoce. Tampoco queremos hacerlo a la manera nostálgica del poeta que escribe cartas de amor, como James Joyce escribiéndole a su esposa que se muere de ganas por oler sus calzones sucios (esto último es verídico). Queremos hacerlo desde un punto de vista más sencillo. Los diferentes círculos de las ciudadelas letradas en que vivimos están llenos de esta forma simplificada de comunicación, que en el formato que sea que esté escrita, lleva consigo no un documento literario de pretensión pública, sino un mensaje personal y privado, muchas veces confesional, que enviamos a una sola persona con el único propósito de que sea ella, y nadie más, quien la lea.

Todas las cartas tienen una vida privada. Si comunicar es enviar un mensaje del emisor A al receptor B, el viaje de la carta es el más interesante que uno se puede imaginar para lograr ese acto de comunicar. Una carta es un elemento azaroso que tiene que sortear obstáculos para llegar a su destino. A veces se pierde y se vuelve un silencio, sólo para dar testimonio años más tarde y a otra persona de alguna cosa que en algún momento fue. A veces las cartas llegan a tiempo para aliviar una pena o para provocar una alegría, y a veces llegan demasiado tarde para evitar una tragedia, como en una obra de teatro inglesa. Aunque su contenido es íntimo, hacer llegar una carta a alguien es un trabajo colectivo, pasar de mano en mano con el fin de conectar a dos personas. Las cartas pueden tener enemigos que quieran cortar su paso, y aliados que estén dispuestos a defenderlas para que cumplan su objetivo. Las cartas, a fin de cuentas, tienen algo especial porque son una forma de cruzar fronteras, andar grandes territorios, colarse por entre las grietas y llegar hasta donde nuestros ojos y nuestras manos no pueden (o nuestras narices, en el caso del cachondo de James Joyce).

La razón por la que hablo tan cursimente de todas estas obviedades es porque hace un tiempo que empecé a escribirme cartas con una persona que está en prisión. A esta persona no la conozco, nunca en la vida la he visto y es posible que nunca en la vida la vea. Es alguien que cumple una condena en El Buen Pastor, la cárcel de mujeres de Bogotá. Se llama G. y escojo no revelar aquí su identidad ni las cosas que me cuenta por respeto a la confianza y a la confidencia que ha depositado en mí. Me basta con decir que las cartas que he cruzado con G. durante estos meses me han hecho entender algo que no sabía muy bien sobre comunicarse con una persona: que se puede hablar con alguien desconocido, con alguien de diferente lugar de origen, tipo de vida y contexto socioeconómico. Y aunque eso es otra obviedad, es algo difícil de pensar en un país como Colombia, donde la posibilidad de comunicación franca entre sus habitantes está secuestrada por la exclusión y la intolerancia.

A G. llegué a través de un colega que hace parte del programa de talleres literarios en prisiones. A su vez, una colega suya inició un programa llamado “Red Correo a la libertad”; un nombre un poco soso, si me preguntan, pero con un valor muy grande y muy subestimado: la posibilidad de que las internas de la cárcel pudieran, si así lo querían, tener una persona con quien cartearse una vez a la semana. Esto puede sonar poco, pero la verdad es muy valioso.

No puedo poner palabras en boca de G., pero yo he aprendido mucho en estos meses. Y me gustaría pensar que ella también. He aprendido cómo es la vida de alguien más, y me he esforzado genuinamente porque esa persona encuentre un valor en la vida mía que le cuento. Aunque no nos conocemos personalmente, leer a alguien es una forma profunda de conocer a través de su escritura. G. me ha contado cómo es su vida y qué quiere hacer después, y yo también. Pensamos parecido aunque estemos en condiciones diferentes. Para mí, es como si en el mundo se hubiera trazado una línea improbable entre dos personas. Y eso es bastante maravilloso.

Ojalá más personas se unan a este programa y se escriban con alguien. No como un acto de caridad o condescendencia, sino como un acto de comunicación de igual a igual. Merece la pena hacerlo.

Nuestros sistemas de comunicación son por lo general bastante cerrados. Eso pasa cotidianamente y pasa también con nuestro arte y nuestra literatura. La vías para comunicar son estrechas, y nuestros destinatarios son pocos. Eso pasa en parte porque solemos ser egoístas. Valdría la pena mirar más allá de nuestras narices y ver que hay personas con quienes también podemos hablar, que están dispuestas a escucharnos y que también tienen algo valioso para decir.

Esta columna está dedicada a G, para agradecerle de corazón por todas y cada una de sus cartas. También está dedicada a María José Pizarro, porque hay algunas cartas que vale la pena compartir con otros.

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