ratatouille

Estoy pensando en un crítico como el de la película Ratatouille. Ratatouille es la historia de un chef francés extraordinario que es nada menos que un ratón. El ratón quiere hacerse un lugar en el mundo de la Bonne cuisine parisina, pero tiene que enfrentarse con muchas adversidades, entre ellas las palabras de un implacable crítico culinario. El crítico aparece durante casi la totalidad de la película como uno de los villanos, con una pequeña pero emotiva redención hacia el final. Su nombre es Anton Ego y desde ahí, desde su nombre, es posible reconstruir los prejuicios y las preconcepciones que comúnmente se tienen sobre los críticos y el rol que juegan frente al arte, sea éste el de la cocina, el de la plástica o el de la escritura.

Hay pocas profesiones tan mitificadas como la del escritor, pero si hay una que lo sea incluso más, ésa es definitivamente la del crítico. Si el escritor es una especie de genio atormentado que crea una obra desde la profundidad de su angustia, el crítico es un ser acomplejado y resentido que dedica sus días a destruir con el garabateo liviano de su pluma las obras que tanto trabajo y tanta angustia le han costado al escritor producir. Para efectos de ejemplificación, sigamos con el crítico de Ratatouille: un hombre despiadado que, en la bien orquestada alegoría que nos ofrece la película, se representa como un malvado vampiro chupasangre cuya existencia solamente sirve para aguarle la fiesta a los cocineros, a los artistas creadores. En palabras similares, el escritor norteamericano John Steinbeck alguna vez habló así de los críticos: «Estos curiosos peces chupadores que viven con alegre vicariedad del trabajo de otros hombres y castigan con palabras sombrías la cosa misma que los alimenta». Palabras más, palabras menos, el trabajo de un crítico es sencillo porque no tiene que, de hecho, trabajar, sino castigar el trabajo de otros.

Pero al igual que con el aura mística de los escritores, estas preconcepciones sobre el quehacer del crítico son en gran medida ilusorias. Como el buen escritor, el buen crítico no brota de la tierra de un momento a otro. Para hacer lo que hace tiene que prepararse durante años. Tiene que estudiar. Tiene que quemarse las pestañas leyendo horas y obras incontables. Tiene que aprender a defender una posición y argumentarla impecablemente en un espacio infinitesimal, en la columna breve de un periódico o una revista. Pero sobre todo tiene que convencer al lector de una manera tal que lo haga llegar hasta el final del texto, que no lo mate de aburrimiento, y que lo invite a leer algo o lo haga desistir de hacerlo. Y esto es más fácil decirlo que hacerlo. La buena literatura y la buena crítica tienen en común que no solamente son mecanismos para comunicar información, sino que son objetos estéticos, que hacen sentir cosas a quienes los leen, y que tienen el poder de persuadir y emocionar. En estos términos, no hay nada que impida calificar a la crítica como un género literario. Y tal como pasa con escribir literatura, hacer crítica no es fácil. Lo que pasa es que hay buenos críticos y malos críticos, como hay buenos escritores y malos escritores. Y la crítica como profesión tiene la mala fortuna de compartir la misma palabra que la nombra con la crítica doméstica en la que cualquier persona da su opinión, en la mesa del almuerzo del domingo, sobre cualquier cosa que se le ocurra. Para nuestro pesar, hay críticos de éstos que se hacen llamar críticos literarios. En nuestro país hay un fenómeno aún más retorcido, que es el de los críticos complacientes que se hacen llamar críticos pero son realmente publicistas. Y no es que no haya buenos críticos, lo que pasa es que son pocos y hay que buscarlos entre las grietas. Pero mejor continuemos.

Cuando Anton Ego, el crítico culinario de Ratatouille, descubre en el momento más emotivo de la película que la comida del ratón es exquisita, escribe iluminado por su descubrimiento una reseña con las siguientes palabras: «En muchas maneras, el trabajo de un crítico es fácil. Arriesgamos muy poco, y aun así gozamos de una posición por encima de aquéllos que ofrecen su trabajo y su persona a nuestro juicio. Florecemos en la crítica negativa, que es divertida de leer y de escribir. Pero la amarga verdad que los críticos debemos enfrentar es que, en el gran marco de las cosas, la pieza de basura promedio es probablemente más significativa que nuestra crítica que escoge designarla como tal».

 

La reseña de Anton Ego, no libre del vainazo del escritor que la puso en su boca, tiene algo de verdad y algo de no verdad. La parte de no verdad es la que ya se señaló: ser un crítico no es un trabajo fácil, y una gran reseña crítica de una gran obra o de una obra terrible es más significativa que una obra promedio, porque la reseña es en sí misma una obra. Pero tiene algo de verdad porque aunque un crítico expone su trabajo cuando critica, no lo hace de la misma manera en que sí lo hace un escritor cuando publica su obra literaria. Un escritor arriesga exponernos una parte de su alma, y aquí es cuando aparece brevemente mi buen amigo Lord Voldemort. Voldemort es el villano de los libros de Harry Potter. Es un mago diabólico que llegó al extremo de dividir su alma en pedazos con el propósito de ser inmortal. Exponer alguno de los pedazos de esa alma significa arriesgar a que alguien más los destruya. El buen Voldemort se juega su vida en esa tarea. Y algo parecido ocurre cuando un escritor publica su trabajo. Una novela que ha costado mucho escribir, por ejemplo, es como poner el alma, una parte de ella, en ese acto de sacarla a la luz, de publicarla. Es un riesgo que muy pocos están dispuestos a correr, porque que alguien llegue de un momento a otro y destruya ese fragmento de alma debe ser muy difícil, por decir lo menos.

Así que no es lo mismo publicar una novela que publicar una reseña que califique esa novela. Son dos actos distintos, que conllevan un riesgo diferente. Aunque el crítico se expone al público en su acción, no lo hace de la misma manera en la que un escritor desnuda su alma ante la audiencia. Por más arrogante que pueda ser un escritor, hay que tener una humildad enorme para arrancarse un pedacito de alma y mostrarla al mundo. Eso hay que entenderlo. Y para quienes nos dedicamos al oficio de la crítica con pretensiones de hacerlo seriamente, no se puede olvidar ese hecho. Eso no quiere decir que no haya que destrozar la novela si es mala; quiere decir que en todo momento hay que hacer el trabajo con humildad y dedicación, teniendo siempre presente la humildad del escritor al presentarnos su trabajo. El oficio del crítico no debe ser el de un juez todopoderoso que dicta vida o muerte con arrogancia gratuita, sino el que dicta un veredicto solamente después de un trabajo de consideración sesudo y riguroso.

La crítica es importante. No sé si tan importante como los libros, pero casi. Si un libro es el plato fuerte, la crítica es la entrada o el postre de ese plato, dependiendo si se lee antes o después del libro. La mayoría de veces vamos a un restaurante por el plato fuerte, pero lo ideal es que el plato y el postre sean excepcionales. O si el plato apesta, que el postre salve patria.

Esta columna está dedicada a uno de los perros del escritor John Steinbeck, que se comió el primer manuscrito de De hombres y ratones: «En ese momento dije que el perro debió haber sido un excelente crítico literario».

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