Basic RGB

-Ilustración por Juan Álvarez Umbarila

Hace casi exactamente dos años, cuando iba apenas por la entrega número 10 de este chorrero de columna, que era entonces un humilde blog para rajar de mis compañeros de universidad y de mis profesores (y no tenía que responderle a un comité editorial), escribí una entrada que se llamó “Mañana, cuando sea literato”. Aún estábamos estudiando la carrera de Literatura, y con la graduación a la vuelta de la esquina, invité a dos colegas estudiantes para que cada uno (incluyéndome) contara el futuro que tenía planeado luego de emerger al mundo como un flamante Literato.

¡Cuánta agua ha pasado ahora por debajo de ese puente! Habíamos planeado banquetes, vasos helados de limonada y aguardiente con plátanos. Dos años parecen como una eternidad vistos desde el presente. ¿Cómo es realmente la vida de un literato profesional? Al sol de hoy todavía no tengo la menor idea. Pero el Ciudadela Letrada de este fin de semana les trae tres testimonios personales, con dos nuevos escritores invitados, de cómo es andar por el mundo con un cartón profesional de Literatura bajo del brazo.

Juan (1.8 años desde la graduación)

Yo lo que debí haber estudiado fue cocina. Habría comprado un camión de helados y lo habría arreglado, y me habría ido por todos los países de América vendiendo sánduches por la ventanita del camión. Pero buenos sánduches, no cualquier chichipatada. Habría hecho feliz a la gente y habría conocido a muchas personas y habría viajado. A lo mejor me habría encontrado en el camino con una limeñita amante los sánduches que se embarcara conmigo en la aventura. Mi otro sueño era ser el jinete del Biblioburro, una biblioteca móvil puesta sobre el lomo de un burro que iba caminando por todo el país llevándoles libros a las personas de los lugares sin libros. Yo lo habría tratado bien, lo habría llevado de las riendas con cariño. Pero creo que ese programa ya no existe.

En lugar de eso estoy atascado con un artículo sobre los mejores vinos por debajo de $20.000 COP que le prometí a mi editor hace meses, y que nada que le entrego. Cada mañana voy sin bañarme al supermercado y compro una botella para la muestra. Sí que hay buenos vinos por ese precio. De vuelta en la casa, me quito los pantalones, me sirvo un vaso generoso y me pongo a revisar ofertas de trabajo en el computador. Cuando sólo he dado unos sorbos, digito en el buscador de empleo palabras clave como “editor”, “escritor”, “gestor cultural”. Nunca hay ofertas. Cuando voy por la mitad del vaso, tecleo en el buscador las palabras “corrector de estilo”, “profesor”, “redactor”. Tampoco. Y cuando ya me he tomado todo el vino y estoy mirando la pantalla a través del fondo del vaso, digito “periodista”, “community manager”, “comunicador social”. Mi editor me llama cada semana para preguntarme por el artículo de los vinos, y yo le digo cada vez que seguro sí para la próxima semana. Miro por la ventana, por encima de los libros que he dejado a medio leer, y me entran unas ganas enormes de ponerme a escribir una novela que se llame “El Biblioburro”.

Andrés (3.2 años desde la graduación)

Te presentan a una chica. Viste jeans apretados, una camiseta del Unkown Pleasures, gafas de pasta y lleva el pelo a lo Uma Thruman en Pulp Fiction. Cada dos minutos saca el iPhone, chatea y toma fotos de la hamburguesa de ternera que ha ordenado y que después de dos mordiscos abandona. Habla mal de la ciudad y de cómo su vida ha cambiado desde que usa Uber para ir a la oficina, cinco cuadras más al norte de su casa. Trabaja en una agencia de publicidad o de contenidos, content marketing, donde la negrean, dice, por una miseria. Al final, después de veinte minutos, te pregunta qué haces. La camiseta, que además tiene un escote generoso, te hace dudar y decides irte por la verdad. O parte de ella. Echas un discurso sobre la importancia de la literatura, una mala mezcla entre Aristóteles y Foucault, y mencionas a Henry Miller y a Murakami porque antes ya ha funcionado. Ves cómo bosteza y vuelve a sacar el celular. ¿Pero entonces en qué trabajas?, dice. Paras la carreta, consciente del error, y le preguntas si le gusta New Order o si por el contrario le parece que son unos vendidos. ¿Quiénes?, suspira cansada. Hablan de la lluvia, de lo mal que ha envejecido Peggy Olson en Mad Men y de que las cosas en una agencia de publicidad son muy diferentes a como se muestran en la ficción. ¿Qué tanto?, preguntas. Ahora hay otras sustancias, dice mientras toca el borde de la jarra de cerveza con el dedo índice. ¿No sabes dónde las puedo conseguir? Después de un silencio incómodo aclara: Diego me dijo que escribías. Por amigos de amigos sabes dónde las venden, se lo dices y te ofreces a acompañarla. Es peligroso, afirmas. Pero ella dice tener que ir al cumpleaños de una prima y sale corriendo. Pagas a regañadientes con la tarjeta de crédito y, una vez en casa, no duermes bien, los vecinos ponen reguetón y se escuchan gritos toda la noche. El domingo, con un guayabo que no te explicas, madrugas a escribir.

Camila (4.9 años desde la graduación)

Desde que me gradué he hecho de todo, la verdad. Hice corrección de estilo freelance un tiempo, hasta que se me quemaron las pestañas. Fui lectora de una editorial pequeña, eso estuvo bien, hasta que la cerraron por falta de plata. Escribí artículos para una revista rosa. Me independicé de mis papás y me fui a vivir con un novio. Renuncié a la revista, se me acabó la plata del arriendo, terminé con mi novio y volví adonde mis papás. Fui profesora de español en un colegio un par de años. Renuncié también. Trabajé en un call center y en algunos cafés, afuera del país y aquí también, pero en este país la verdad no existe el trabajo de medio tiempo. Cuando estaba en la universidad solía pensar que después de graduarme la vida iba a ser una sola línea con altos y bajos, aunque en general iría hacia delante y hacia arriba. Ahora veo la vida como varias líneas que no se sabe muy bien para donde van. Unas llegan a un punto y ahí se detienen; otras avanzan y se devuelven, hacen giros y círculos, vuelven a un punto una y otra vez en diferentes momentos, y así es que avanzan, o más bien así es que se mueven. Cuando me veo con viejos amigos me preguntan que qué hago. Yo les digo que trabajo en un café. Ellos hacen una mueca y me dicen que no me preocupe, que algo bueno ya saldrá. Yo me pregunto si ellos son felices trabajando en sus oficinas. A lo mejor la vida de nadie resulta como la pensó en sus tiempos de estudiante. Desocupé un cuarto inhabitado en la casa de mis papás. Lo barrí muy bien y pinté las paredes de blanco. Allí puse una mesa que da hacia la ventana. Por las mañanas me levanto, me hago un desayuno bueno, me tomo un té de jengibre, me siento en la mesa, miro por la ventana y me pongo a escribir. Eso hago hasta que me toca ir a trabajar al café en la tarde. No he vuelto a hablar con mis colegas literatos. No sé qué estén haciendo. Después de estos años se me ocurre que nosotros tuvimos una suerte muy grande al haber podido estudiar lo que queríamos. Pienso que eso nos obliga a ser excelentes en nuestro oficio. También pienso que nos obliga a ser felices.

 Esta columna se iba a dedicar a los egresados de Literatura. Pero en un consenso con Andrés y Camila decidimos dedicársela a David Ospina.

Comentarios