The Sacrament of the Last Supper, 1955

—La última Cena – Salvador Dalí

La palabra ya se siente agotada, exprimida, carbonizada; ya nos produce un sabor a ceniza en la boca: “Boom”. Qué jarto. Ojalá no tuviéramos que verla nunca más. Pero es difícil usar otra expresión para describir la explosión de talleres de escritura que ha tenido el país en los últimos diez años. Un taller de escritura parte de la presuposición de que se puede enseñar a escribir; a escribir literariamente, digamos. Sabemos con certeza que se puede aprender a hacerlo, pero lo de enseñarlo es algo mucho más dudoso.

El formato en todas partes es esencialmente el mismo: imagínense una pintura de Jesús rodeado por sus apóstoles, enseñándoles de la vida y la evangelización y Dios y esas cosas. Es tal cual así. Siempre hay una figura de autoridad, de legitimidad, que tiene el conocimiento divino para ser impartido: el escritor; y unos discípulos, unos estudiantes que se ganaron el privilegio de obtener estos conocimientos sagrados. Todo apóstol tiene la pretensión de algún día ser mesías, y por eso quiere aprender de él, así como los asistentes al taller quieren exprimirle toda la sabiduría posible al escritor, sea en una maestría en una reputada universidad de Nueva York o en el taller de escritura de garaje a la vuelta de la esquina.

Junto con la moda de los talleres de escritura ha venido creciendo una tendencia a su rechazo que es directamente proporcional. Si asistir a los talleres está en furor, lo está igualmente odiarlos. Esto pasa en círculos universitarios, en círculos de escritores y de académicos. El germen de este rechazo puede estar en la incredulidad de que, una vez más, sea posible enseñar y aprender a escribir literatura en un salón de clases. A favor de este escepticismo podría decirse que si fuera tan fácil todo el mundo lo haría, o por lo menos todo el mundo que quiere ser escritor o que se precia ingenuamente de serlo. Se diría también que el taller es querer encontrar la ilusión de un atajo en un camino que por definición tiene que ser largo y trabajoso: horas y horas de lectura; semanas de trabajo silencioso y solitario de un texto; reescritura incansable. Borrar, parar, seguir, volver a empezar. Así es como entendemos que se aprende a escribir. No con frases inspiradoras, ni decálogos ni consejitos de escritor, sino simplemente leyendo y escribiendo.

Pero el rechazo a los talleres de escritura, el escozor que produce su existencia, no se explica solamente por la incredulidad de su método. También por lo que significa socialmente el prestigio de ser escritor y el peligro de que el oficio sea mancillado, sobre todo en un país provinciano como Colombia. Por una parte, el taller de escritura podría pensarse como la evolución tecnificada y capitalista de una figura siniestra: la tertulia literaria de cafetín. Un espacio para compartir experiencias y consejos entre pares, con cigarrillito y café. Hay pocos personajes tan nefastos como el tertuliador de cafetín, que es análogo al tinterillo de despacho de abogaduchos o al comunicador social de rumbiadero caro. Son unos personajes que, más que el trabajo de sentarse a escribir, lo que disfrutan es la puesta en escena de lo que creen que es la actitud social del escritor. O sea, les gusta más posar de escritores que trabajar para ser escritores. Hay un rango amplio de estos sujetos, que se encuentran en todas las etapas de la vida y en todos los estratos sociales, que siempre están a punto de escribir la obra maestra de su generación (desde hace 25 años), pero nunca se los ve trabajando para ello. Es difícil no imaginarse a los estudiantes de los talleres de escritura como estos personajes de bigotico y bufanda, como estos poetas de parque perezosos que de forma inescrupulosa usan el oficio de la escritura como excusa para no dedicarse a un trabajo real.

Aunque por otra parte, el rechazo a los talleres de escritura podría pensarse como el rechazo de unos pocos hacia lo que bien podría ser la democratización de la enseñanza y aprendizaje de la escritura. Si nos detenemos a pensarlo, históricamente el privilegio de ser escritor ha estado reservado para lo que aquí llamaríamos “Los ciudadanos letrados”: los que tienen dinero y tiempo para dedicarse a escribir; los que están en las altas esferas académicas, sociales e intelectuales; los que pueden darse el lujo de tener plata para comprar libros o contactos de familia que les presenten escritores famosos que les presentan editores famosos para publicar. En pocas palabras, y mirando nuestro contexto inmediato, para ser escritor había que ser un oligarca rancio, tener apellido o tener plata. Mal que bien, los escenarios académicos de enseñanza de escritura ofrecen para todos lo que creíamos que era para unos pocos: si puedes pagar la matrícula o ganarte una beca o sacar un préstamo, si te empeñas y das con maestros buenos y estas dispuesto a hacer sacrificios, tú, ciudadano común y corriente, puedes llegar a ser un escritor.

En todo caso, el boom de los talleres y los programas académicos de escritura creativa es una realidad. Sólo en Bogotá, haciendo un repaso superficial, encontraremos la Maestría de escritura creativa de la Universidad Nacional; la Maestría y la Especialización con el mismo nombre en la Universidad Central; la opción en Escritura creativa (un énfasis del pregrado) en la Universidad de los Andes; los diplomados en la Universidad Javeriana y el instituto Caro y Cuervo. Hay también programas institucionales y gubernamentales para la escritura creativa, como la Red de Talleres locales de IDARTES, los talleres para profesionales del distrito y los programas de escritura creativa en cárceles y correccionales (con publicación de libro y censura incluidos), incluso los programas de escritura para ancianos de las cajas de compensación familiar. Sin mencionar que enseñar a escribir también es un negocio para las empresas: ejemplos como la revista El Malpensante y el Fondo de Cultura Económica son evidencia de que dar talleres de escritura para gente ávida de ese conocimiento es una actividad lucrativa. Y de ahí para abajo están todos esos talleres de garaje que dictan escritorsuchos y timadores que mayormente se aprovechan de los sueños de las personas de escribir. Es complicado, porque no se puede echar en la misma bolsa a las instituciones serias, a los escritores comprometidos que creen en la enseñanza y a los estudiantes dedicados con humildad, junto con los talleres de garaje, los escritorsuchos de parque y los pretenciosos que posan de escritores sin trabajar para serlo. Hay muchos matices, junto con la duda siempre latente de si realmente el oficio se puede enseñar.

Pero si miramos el panorama completo, querer enseñar y querer aprender escritura creativa no le hace daño a nadie, sobre todo en un país que se niega rotundamente a aprender a escribir, donde la mayoría de los periodistas son unos trogloditas analfabetos, y donde ni siquiera las páginas web de las editoriales, las cámaras del libro y las bibliotecas tienen nociones básicas de escritura.

Porque tampoco es que querer escribir creativamente quiera decir necesariamente querer ser un escritor. La escritura siempre es creativa, y todas las formas de escritura, desde una receta de cocina hasta un informe técnico pueden y deben ser estéticas. La ama de casa, el ingeniero y el escritor tienen el mismo derecho a escribir. Escribir puede ser un acto de libertad, de evasión o de resistencia, de intimidad, de comunidad, de autoconocimiento y de conocimiento de los demás. Y aunque sí debemos exigir calidad de profesores e instituciones, la verdad es que no tenemos la autoridad en este mundo para juzgar quién puede escribir y quién no.

Esta columna está dedicada a un homónimo que resultó ser un buen tipo, y un profesor decente y digno. Ojalá siga enseñando.

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