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-Foto por Daniela García en el pabellón de Macondo FilBo 2015

Antes de que la diligentísima fuerza policial quiera interrogarme, como hicieron con Lucas Ospina cuando su broma del robo de los grabados de Goya, quiero aclarar que no: yo no robé el Cien años de soledad autografiado en la Feria del libro. Lo siento mucho, amigos policías; otra pista falsa que se les escapa. La verdad yo apoyo que la gente tenga cosas de su propiedad, y el derecho que tienen de que no se las roben. No me molesta que haya coleccionistas y que algunas personas quieran encontrar valor en primeras ediciones y en las firmas de sus autores. Si no le hacen daño a nadie, que cada quién haga lo que quiera con sus recursos, ¿no? Pero como creo que a tanta gente no le interesa coleccionar, más bien digo: ¿Por qué alguien querría robarse ese libro? En mi caso personal, por lo menos, ya me lo leí y tengo un ejemplar por ahí en la biblioteca. ¿Para qué querría otro? Y más una edición toda vieja y polvorienta, además de que las ediciones latinoamericanas de los 60’s son bien feas. Sería como querer tener una fichita repetida del álbum del mundial de fútbol. La verdad como que eso del libro y del robo y de la donación a la Biblioteca Nacional y de Macondo es querer darle y quitarle a la gente cosas que ya tienen allá al lado en la biblioteca familiar.

Pero sólo por alimentar el ánimo del chisme, éstos son más o menos los hechos: el libro fue robado el sábado 2 de mayo hacia las 6 o 7 de la tarde. Estaba en una vitrina de vidrio cerrada con llave junto con otros libros valiosos. La librería del pabellón, un espacio cerrado y custodiado, tenía alrededor de veinte empleados cuya presencia alrededor de los libros y las vitrinas era constante. Entre ellos había dos celadores vigilando y controlando la entrada y la salida de la librería, dos coordinadores de personal, un par de cajeros y más de diez vendedores, todos rondando en un espacio relativamente pequeño. Se dice que de la cerradura de la vitrina se llevaron la chapa, y que ninguno de los empleados tenía la llave. Pero como constató la policía al otro día (porque esa noche no apareció), nadie vio nada de lo sucedido.

Las circunstancias de la recuperación del libro son, digamos, igual de curiosas. Tal y como desapareció, mágicamente, el libro apareció de la nada el viernes 8 de mayo hacia las 5 de la tarde en el barrio la Perseverancia de Bogotá. De la recuperación se dice que la policía encontró el libro como abandonado, como si los ladrones se hubieran asustado de que los cogieran y lo hubieran dejado tirado ahí (porque un libro entre una caja de cartón es dificilísimo de esconder en cualquier parte). Pero por alguna razón se sabe que iba a ser vendido en 120 millones COP, algo así como 50.000 dólares US. Se sabe el milagro pero no se sabe el santo ni el diablo, ni quién dijo qué, ni quién lo iba a vender ni quién a comprar. Luego, en un acto aparatoso de la Policía Nacional, el dueño legítimo del libro dijo cuando lo tuvo en sus manos que mejor como que lo donaba a la Biblioteca Nacional, porque el libro ya pertenecía era a los colombianos, y no a él.

De los eventos detectivescos de esta historia deliberadamente mediática se podrían hacer muchas suposiciones, todas inútiles y circunstanciales. Quedaría ver si habrá un cuarto acto en la historia. Pero de los tres actos que tenemos a la mano: el robo, la recuperación y la donación, sí podríamos decir que es un libro que no vuelve a ninguna lucha (como una espada mítica), y que nunca se extrajo de lucha alguna. Es un libro firmado y ya, y por más de que nos queramos sentir importantes, ni su robo ni su recuperación ni su donación nos dan nada ni nos quitan nada sobre una obra literaria. Lo que nos da y nos quita es la obra literaria misma, que como dijimos antes, todos tenemos en nuestra casa, todos ya leímos o todos tenemos intención o no de leer. Que el libro firmado esté en la casa de su dueño, en la casa de algún traficante o en la Biblioteca Nacional como que no importa en un nivel simbólico. Sobretodo lo de la Biblioteca Nacional, que es muy buena para ir a ver cositas exhibidas detrás de cristales pero muy malita para ir a leer libros. Lo que sí tiene valor simbólico para los individuos y el país es leer los libros.

Yo creo que este evento del robo del libro es sintomático y metonímico de lo que pasó en la Filbo de este año, y concretamente con todo lo de invitar a Macondo como País invitado de honor y montarlo en un escenario: fue mucho de la fama y de las personas y del mundillo, y muy poco de realmente ponerse en la tarea de leer los libros e invitar convincentemente a las personas a hacerlo. El pabellón, con toda su imitación pirotécnica del restaurante Andrés D.C, fue a la larga una decepción. Para su diseño y construcción no convocaron a arquitectos y diseñadores (como en otras versiones de la feria más inteligentes); convocaron a, Dios mío, escritores. ¿Hay algún individuo peor para la gestión cultural que un escritor? Es como si se hubieran puesto a la tarea de hacer las cosas mal. Para apoyar a los escritores llamaron a tres artistas; no gente que supiera cómo comunicar una idea, sino a personas que la interpretaran en su manera individual, que cambiaran unos clichés por otros e hicieran de Macondo un Maloka. El resultado fue un pabellón negro, lleno de sombras (algo menos caribeño no pudo haber) en el que unas cosas más o menos interesantes y aburridas flotaban como islas separadas. No había una idea unificadora, no había un convencimiento real por la lectura; ¡dioses! No había ni siquiera un espacio para leer libros o un espacio para los niños en el pabellón. La librería estaba separada del cuarto oscuro; no tenía que ver con Macondo: los libros no tenían que ver con Macondo. Las nuevas ediciones de los libros de GGM (asquerosas, por parte de Penguin Random House), los libros, en suma, como que no tenían nada que ver con esta representación teatral mal representada. Al final la feria, con el eco perezoso de los medios de comunicación, sacó pecho diciendo que rompieron récords de asistencias. Y bueno, eso no quiere decir que necesariamente le hayan llegado a la gente.

Al final y al principio, y aunque todo lo anecdótico es entretenido, para que un libro vuelva a una lucha, para que entre en una lucha o haga un papel relevante en una lucha, no hay que robárselo, recuperárselo o ponerlo en un pedestal de cristal. Hay que, aunque suene descabellado, ponerse a leerlo.

Esta columna está dedicada a dos viejitos que preguntaban si los libros digitales se descargaban en USB. Y a mi amigo Paulo, de quien abusivamente tomé algunas de las ideas que aquí se han puesto.

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