Imagen Ciudadela Letrada María Vanegas

Ilustración por María Vanegas

En la Feria internacional del libro de Bogotá, en su versión 2014, respondí a un clasificado laboral por Facebook que decía algo así: “Importante editorial y distrivuidora internasional busca literatos, filósofos, antripólogos o afines para trabajar en la Feria del libro de Bógota de la fecha tal a la fecha tal para atenzión y servicio al cliente. Eccelente ambiente laboral, salario a combenir, bla, bla, bla”. Respondí al anuncio y envié mi hoja de vida. Me citaron a una salita de juntas junto con los demás suplicantes para contarnos las condiciones del trabajo. Me entusiasmé. Ese día traté de peinarme. Llegué temprano. La salita estaba llena de profesionales de las artes liberales desempleados, hambrientos de remuneración como yo; cansados a lo mejor de no encontrar trabajo, o de que les dijeran que sí, que #trabajosíhay, pero no remunerado. Que los sueldos son para los ingenieros y los administradores. Una señora de la editorial, La Capataz, nos anunció rápidamente las condiciones: “el trabajo es durante dos semanas de domingo a domingo, de 9 de la mañana a 9 de la noche. Descansos para almorzar de media hora. La noche de los libros se trabaja hasta el cierre (12 de la noche) sin horas extras. Si les roban un libro sale de su paga. Si no está muy lleno el estand pueden tomarse un descanso de 10 minutos por la tarde. Pero generalmente sí está lleno. El pago es de 40mil el día pero siéntanse afortunados porque les vamos a dar 10mil de subsidio de alimentación. ¡O sea les queda el día a 50mil! La mayoría de editoriales no pagan todo eso”. Terminó de hablar y nos barrió a todos con la mirada, relamiéndose porque sabía de la necesidad de los que estábamos allí sentados. Continuó: “Si tienen algo qué decir, si alguno tiene alguna queja o no está de acuerdo con las condiciones, dígalo de una vez, para que todos lo escuchemos”. Nos estaba retando. Nadie dijo nada. Yo miré a todos mis compañeros de salón en silencio, les vi la mirada de desesperanza, de malditos cómo se atreven, de pero bueno, no hay de otra. Los vi pararse de los puestos e ir a firmar el sí bajo la figura erguida y satisfecha de La Capataz. Yo me quedé al final y le dije que no gracias.

Finalmente conseguí un mejor trabajo en la feria, con unos editores independientes. Arrancados a lo mejor ellos como nosotros, pero ofreciendo condiciones de trabajo dignas. Me pagaban lo mismo que ofrecía la editorial internacional, pero por trabajar seis horas al día, en un sitio donde podía estar sentado y atender bien a mis clientes. Ese 2014 fue una excelente feria para mí, pero cuando me iba a pasear por ahí y pasaba por el estand de los que aceptaron el otro trabajo, sabía que mi situación de bienestar era la excepción. Que la regla general en la FilBo era y es trabajar turnos diarios de casi doce horas por menos de 5mil pesos la hora. Eso es 2 dólares por hora trabajando doce horas seguidas con un descanso de 15 minutos y media hora para almorzar. Me hace pensar en los trabajadores de las minas carbón de principios del siglo XX.

Hoy, en este 2015 durante estas dos semanas, las condiciones no han cambiado. Tomen por ejemplo a los empleados que les venden los libros de García Márquez en el pabellón de Macondo País invitado de honor. Les toca trabajar prácticamente idéntico a lo que nos ofreció La Capataz hace un año. ¿Se imaginan estar de pie durante doce horas seguidas por 2 dólares la hora? Ésta es gente profesional, que estudió 4 y 5 años para ganarse su título. Gente que tiene pregrado, maestrías o especializaciones. Pero como son de humanas o de ciencias sociales como que es socialmente aceptable que trabajen en esas condiciones. ¡Antes agradezcan que les damos trabajo!

Lo de la Feria del libro es sólo un ejemplo que escojo para hablarles del tema, porque está pasando ahorita y porque todo lo que les digo está soportado en documentos y es evidenciable. Pero lo cierto es que este panorama no ocurre durante dos semanas al año. Cuando se acaba la feria esas condiciones continúan para la gente que trabaja en el sector del libro, los trabajadores razos que estudiaron literatura, filosofía y sociología y se graduaron con honores. Tal vez ya no trabajan 12 horas de corrido, pero en realidad no es muy distinto.

Una vez, en una charla con el director para la filial colombiana de aquella editorial y distribuidora internacional (que en efecto es muy importante y muy respetada) él sacaba pecho, como un político, diciendo que en su administración habían logrado aumentar la oferta cultural para sus clientes con el mismo presupuesto de años anteriores. Claro, pensaba yo, a punta de la esclavitud de los trabajadores del sector cultural, de su sudor pagado con migajas.

Es raro hablar de esto, porque nadie lo dice en voz alta. Porque de alguna manera es un hecho socialmente aceptable en nuestro país. Porque si la gente se detuviera a pensar lo supondrían como algo normal. Pero no es normal. Las personas cuya fuerza de trabajo es la escritura y la cultura ganan menos en Colombia de lo que se gana alguien pidiendo limosna en un semáforo. Eso no puede ser normal. ¿Por qué diablos es normal?

Y al final del día nos preguntamos por qué se van a otros lados. Al final del día vamos al museo a ver la máquina de escribir y el premio Nobel del escritor exhibidos con vanagloria, como si fueran nuestros. Como si fueran del país que les dio la espalda y los obligó a irse a escribir a otras partes, a corregir a otras partes, a vender libros a otras partes. Los escritos, el trabajo, al final del día se queda en otras partes. Al final del día al país le quedan las medallas vacías prendidas en el pecho.

Esta columna está dedicada a todas las personas que están trabajando en la Feria del libro de este año. A todos esos profesionales y no profesionales que están parados doce horas seguidas y son capaces de ayudarnos a encontrar el libro que buscamos a las 8:00 p.m. Si alguien merece respeto en la FilBo son ustedes.

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