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-Ilustración por Isabel Tovar

Por allá en 2012, cuando esta columna estaba en un estado embrionario de blog furibundo y libertario, y yo no ganaba un centavo por escribirla (ahora gano millones), recuerdo que publiqué una entrada por el aniversario de la muerte de Marta Traba. Sí, esa Marta Traba, la crítica de arte y polemista desvergonzada que vino a Colombia en los años 50 a jalarle las orejas al mundillo artístico y sus mentecatos. Entonces yo era un jovenzuelo impresionable y desesperanzado (porque había cometido el error de estudiar Literatura) y creía en un pasado del qué aprender para meterle picante al anodino, diminuto y provinciano mundo literario de nuestro país.

Hoy soy igual de impresionable y desesperanzado, aunque menos joven, y he podido dar algunas vueltas en el mundo real, por fuera de la burbuja higienista de la academia universitaria. Mi visión del medio no ha cambiado mucho, aunque sí he podido comprobarla con una observación en vivo y en directo de los escritores y escritorsuchos, de los editores, de los lectores, de los periodistas y los críticos. La verdad es que el panorama no es muy diferente en 2015 al que mi buena amiga Marta Traba describió hace un poco más de medio siglo: “América es un continente de apologistas, no de críticos. En medio de este espectáculo de gentes genuflexas que se prenden medallas las unas a las otras, se hace sentir, casi dolorosamente, la necesidad de la crítica”.

La reflexión me hace pensar hoy que la crítica de Traba era excesivamente subjetiva y estuvo siempre atrincherada en una postura casi que ideológica. Muy dogmática, sí, pero por lo menos franca, que le daba palo a sus contemporáneos y lo hacía de manera que uno no se dormía ni se vomitaba leyéndola. Desde entonces y hasta el sol de hoy hemos visto desfilar una cantidad de personajes nefastos para el mundillo literario y cultural de esta tierra. Colombia es un país malacostumbrado que, por lo menos en lo que se refiere a crítica literaria, entiende como sinónimos la reseña y la propaganda, y equivalentes los términos de ‘crítico’ y ‘amigo que le hace propaganda a mi libro’. La noción de crítica está tan distorsionada que si los escritores y editores ven una crítica negativa de su obra inmediatamente la asocian con un ataque, y se disponen a contraatacar o a ignorarla, antes que detenerse a pensar si había allí algo de verdad o algo para mejorar.

Cuando dicen por ahí que el panorama es de “los mismos hablando de los mismos” no es una exageración. Los que escriben y editan los libros son los mismos que los critican, y como todos son amigos, pues hablan maravillas en las tres revistas colombianas de los “influyentes”. “Si mi amigo me reseñó bien mi libro, pues yo le reseño bien el de él”. ¿Sí han visto que hay unas secciones de reseñas donde nunca hay una crítica negativa?, ¿donde todos los libros son buenos? Ésas son las reseñas a los libros de los amigos. Todo libro tiene cosas negativas, y si no las dicen, desconfíen. Ésas son reseñas deshonestas y amañadas, que le clavan un puñal en la cara al lector.

Y si nuestros escritores no son capaces de tolerar una mala crítica, tampoco es que dediquen sus días a escribir libros para no merecerlas. Por alguna razón, cuando la gran mayoría de escritores colombianos escribe en medios de comunicación no lo hace de libros y literatura, sino de política. La razón es que el camino a la fama, al reconocimiento y a la cima de los seguidores en twitter es más corto cuando se habla de Álvaro Uribe, de Gustavo Petro o de algún guache particularmente antifeminista. ¿No les parece inconsecuente que escritores de ficción, personas que se dedican a escribir mentiras para complacer, se ganen la fama y los seguidores publicando columnitas sobre la verdad de los políticos y el machismo? ¡La cantidad de buenos libros que habría si utilizaran la mitad de esas energías para escribir literatura! Y si hablamos de los críticos y los escritores, no empecemos con las revistas y los periódicos culturales, divididos en dos bandos: los unos de familia de abolengo, esnobistas, aburridísimos e insufribles, en un estado de insoportable quejumbrosidad porque su clase social no los lee; y los otros dizque jóvenes y frescos, escribiendo tonterías sin una gota de rigurosidad, pura farándula light en la que la falta de sentido gramatical es lo más destacable.

Y si alguien quiere alzar la mano por la crítica académica, que la baje. Es tan inofensiva como inútil, les sirve a las personas en las cavernas universitarias solamente para autolegitimarse en discursos indescifrables, caducos e irrelevantes. Son el árbol que no existe porque nadie lo escucha caer. Y la verdad es que a nadie le importa.

¿Y entonces? La crítica que ojalá es una diametralmente opuesta a todo esto, aunque tampoco es como la crítica de Traba. No se hace desde una posición para defender a ultranza. Es una crítica que no se hace para atacar a alguien, ni para contraatacar; y mucho menos para ensalzar a los amigos. Un verdadero amigo y un verdadero escritor sabe que una crítica negativa honesta es un gesto mejor y más honrado que una crítica mentirosa que lo alabe. La crítica que ojalá es una que es rigurosa y muy fundamentada, pero que no es pesada, aburrida y estrato ocho. Más bien que pueden leer muchas personas; debe ser entretenida, humorosa y sobre todo autocrítica. La crítica que ojalá es una que no está para defender a alguien más que al lector, y para su beneficio trabaja con constancia y regularidad, hablando de las cosas que importan a la crítica, y no de política y farándula. Una crítica que ojalá es una que mira más allá del mundillo y que piensa la literatura como algo para todos y no para unos solos.

No voy a caer en la arrogancia de decir que esta revista (que me paga carretillas de billetes por decir esto) es la única que cree en esa crítica y trabaja por ella. Más bien quiero decir que siento que estamos en una generación naciente que finalmente se está sacudiendo esa otra mala concepción de la crítica y que está dispuesta a trabajar por algo mejor. Porque la crítica no es sólo criticar, sino trabajar muy duro para criticar. Y creo que hay revistas, escritores, críticos y editores que finalmente quieren hacerlo en esta nueva generación, y que lo han aprendido de las pocas flores del fango que existen en las generaciones pasadas (que son como las brujas: no existen, pero que las hay, las hay). Mi miedo es que a lo mejor las generaciones que nos decepcionaron a nosotros tuvieran esta misma fe en su generación, en su momento. Ojalá a nosotros no nos pase así, ingenuos y esperanzados jóvenes. Ojalá que seamos capaces de la crítica que ojalá.

Esta columna está dedicada, entre decenas de otros, a Fernando Vallejo, un escritor que ha llevado tan lejos el performance de hacerse famoso a punta de crítica barata, que sus discursos ya pueden equipararse en diarrea con los de Pirry.

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