mariposa amarilla

El pasado 23 de febrero, la Cámara colombiana del libro anunció que no habría un País invitado de honor para la FILBO de este año. Lo anunciaron como algo bueno, como un bonus emocionante, aunque desecha una tradición cultural y comercial de más de dos décadas que ha probado ser muy exitosa para cada nueva versión de la Feria del Libro de Bogotá.

Al principio pensé que era un rumor, una mala broma, un teléfono roto en el que se había malinterpretado un comentario. Pero cuando se confirmó oficialmente, me entró un mal sabor de boca; una sensación como de leche descompuesta que no me podía sacudir de encima. Cuando me acosté esa noche, me pregunté por qué me sentía mal; qué de esa noticia realmente la hacía una mala noticia. ¿Por qué no podía ser algo bueno? ¿Quién demonios me daba derecho a no sentirme feliz porque el viejo Macondo se materializara una vez más sobre esta tierra? Ya en estado de duermevela, recordé una vez en que el equipo de fútbol de Brasil goleó al de Colombia algo así como 9 – 0. La gente estaba muy triste ese día. Pero alguien, en algún lugar de nuestro país, levantó el ánimo diciendo: “De todas maneras tenemos el 5 – 0 contra Argentina, ¡y eso nadie nos lo quita nunca!”.

A veces se me ocurre que Macondo y Cien años de Soledad son un 5 – 0 que no podemos superar. Una gloria antigua, legendaria, ancestral. Un evento del pasado tan grande y cegador que no nos deja ver el presente. Afortunadamente creo que por el lado del fútbol eso ya se superó, y hemos aprendido a celebrar las nuevas glorias de nuestra selección; otra historia es con la literatura.

Yo no sé qué genio del márketing estuvo detrás de la selección de Macondo como País invitado de honor, ni qué razonamientos lo llevaron a hacerlo. A lo mejor les cogió la tarde seleccionando a un país de verdad, y les tocó decir: “exprimamos este mango un poquito más”. Eso son conjeturas. Pero lo que sí sabemos es que ya el año pasado, en la FILBO 2014, hicieron homenajes a Gabriel García Márquez, y no fueron pocos. Casi quedó como si la versión 2014 fue la del homenaje a Gabo. Pero ahora resulta que otra vez. Pues bueno, vale, otra vez.

Trato de pensar en cosas que justifiquen un Macondo como país invitado de honor. Las páginas web de la Filbo y la Cámara del libro no dicen nada prometedor o inteligente; sólo lugares comunes cursis y superficiales; palabras gaseosas que no dicen nada, como “homenaje”, “mágico”, “imaginación”. Entonces se me ocurre que a lo mejor Macondo es un país simbólico del que todos los hispanohablantes somos ciudadanos, una tierra imaginada sin fronteras en la que habita toda la literatura de nuestra lengua, y adonde todos escritores y lectores tienen acceso libre. O sea, Macondo es un país que reúne a todos los países iberoamericanos y del caribe, un país invitado de honor en donde están contenidos todos y cada uno de los países que hablan, escriben y crean en español. Qué bonito y qué fácil que es pensar en eso. Deberían ponerlo en la página de la FILBO, genios del márketing, a cambio de las bobadas que tienen (aunque me pagan derechos, claro).

Pero rápidamente desecho esta imagen fácil, porque la realidad es que decir que Macondo es un país que lo reúne todo es lo mismo que decir que reúne nada. Los países invitados de honor toman largos meses de recursos, especialistas y trabajo duro para dar forma al pabellón de cada FILBO. Todo ese trabajo está enfocado en lograr meter en un espacio una buena porción de la literatura de su país, y que la gente del nuestro pueda darle un mordisco. Es un intercambio que no sólo se reduce a los libros, sino que se traduce en relaciones públicas y diplomáticas bilaterales; en un intercambio comercial que se inicia con miras a establecer relaciones fuertes y duraderas; en el contacto entre agentes literarios, escritores, editoriales, y en el trabajo que desemboque de todo ello; y en lo más importante: que los lectores de este país tengan una oportunidad de leer y conocer literatura de otras tierras. Colombia es un país con una bibliodiversidad tan pobre que podría compararse con un monocultivo de maíz transgénico gringo: hectáreas y hectáreas de la misma cosa siempre. Aquí no se encuentran libros y autores de otros lados. La Filbo es un espacio que, durante dos semanas, levanta ese velo y nos da una pruebita momentánea de otros mundos literarios. Con Macondo como País invitado de honor, esa oportunidad se nos niega a los lectores durante un año entero.

Pero no es sólo eso. Si nos diera algo a cambio el daño sería menor. ¿Pero qué de literario nos puede dar Macondo? Si hacemos memoria y le ponemos lógica, Macondo lo que es es un pueblucho fangoso olvidado por los dioses y por los hombres. Allá no hay nada, apenas unas piedras con forma de huevo, unas casas puestas a la buena de Dios, una gente ahí que trata de vivir lo más dignamente posible en un lugar que no tiene bibliotecas, libros o escritores. Si no me equivoco, Macondo tenía un escritor, que escribió un libro, y era un viejo ahí que estaba loco. ¿Qué rayos puede darle Macondo a una Feria del libro? ¿A qué escritores o personajes van a traer a presentarnos libros o algo que nos eduque? ¿A pilar ternera, a Aureliano Buendía? Tiene que ser una broma. ¿Las mismas ediciones pecuecas de los libros de García Márquez de la editorial Norma? ¿Esos libros horribles que apenas y pasan para los estudiantes de bachillerato? Por una jugada editorial torcida de hace años, lo referente a derechos de autor sobre eso dicta que no se pueden hacer nuevas ediciones de los libros de GGM. En Colombia, para tener una edición decente de esos libros hay que mandarlos importar de otro país. No es broma. Hay que importar a Colombia buenas ediciones de GGM.

El deseo que me deja todo esto es que ojalá yo me equivoque. Dioses, ojalá Macondo como país invitado de honor me pruebe que estaba equivocado. Que no sea un desastre comercial y editorial y de asistencia. Que nos dé algo que valga la pena. Por favor.

Pero tal como pinta todo, puede que no, puede que simplemente sea una prueba más del patrioterismo barato, superficial y poco inteligente del que a veces adolecemos en este país. Ojalá Colombia deje de ser Macondo, porque Macondo apesta, y estaba tan mal construido que se lo llevó un vendaval.

Esta columna está dedicada a El amor en los tiempos del cólera, el mejor libro de GGM, y tal vez lo mejor que se haya escrito en Colombia. Y un libro que NO ocurre en Macondo.

Comentarios