Ciudadela letrada 44 Juan Álvarez - ilustración por Sergio Rodríguez

Ilustración por Sergio Rodríguez

Hay cosas que escogemos no hacer y cosas que no hacemos simplemente porque no tenemos opción. Digamos que yo escojo bañarme con agua fría por las mañanas, pero en esa decisión pesa mucho la libertad que tengo de bañarme con agua caliente si quisiera. Puedo abrir a conciencia la llave del agua fría con la mano derecha porque sé que en mi mano izquierda tengo el poder de abrir la llave del agua caliente, y con ello, el poder de decidir no hacerlo. Pero sería muy diferente si sólo tuviera la opción de bañarme con agua fría y nada más. No lo haría porque quisiera, sino porque no habría más remedio. No tendría poder sobre mi destino. No podría escoger. Hay una distancia muy grande entre quien puede escoger renunciar a ciertas cosas y quien no tiene más opción que la renuncia. Son dos tipos muy distintos de renuncia.

Lo mismo pasa con la lectura. Estas semanas lo único que se me ha dado la gana de leer es el respaldo de la caja del cereal en el desayuno y la etiqueta de la botella del champú hippy mientras estoy en la ducha. Puedo hacer esto con tranquilidad porque sé que tengo una cantidad de libros empacados esperando a ser leídos. Porque cuando se me pase la pereza, puedo ir a mi biblioteca, sacar uno y empezar a leerlo. Presiento que si no tuviera esa certeza en mi cabeza, sería angustioso no estar leyendo un libro. Me sentiría tratado injustamente por la vida, y así sería. Mientras que para unos pocos no leer es una elección (válida, de tiempo en tiempo), para la gran mayoría de personas allá afuera es una imposición, un hecho irreversible sobre el que no tienen poder de decisión.

Hay muchas razones para que las personas no tengan la oportunidad de leer libros: la desigualdad económica y social de nuestro país es la más visible; pero el ejemplo y el hábito que algunos unos tuvimos en nuestra infancia y que estuvo ausente en la de otros puede ser igual de determinante. Ésa también es una forma de arrebatar una posibilidad de decisión. Sin embargo, la columna de hoy se trata de otro tipo de libros que no leemos porque se nos niega la opción de hacerlo, a los que no tienen acceso ni los que tienen plata ni los que no, y que no están disponibles ni para los que tienen un hábito de lectura ni para los que nunca les fue inculcado.

Cuando en los meses pasados estuve hablando con algunos especialistas europeos sobre la literatura latinoamericana, me di cuenta de que no sé ni papa de lo que está ocurriendo más allá de las diminutas fronteras literarias de mi país (y eso). Que cuando me decían: “nosequiencito en Venezuela es muy valioso, tal persona en España es lo último en guarachas, o aquélla en Bolivia es imprescindible”, yo asentía con la cabeza y decía de labios para afuera “sí, sí, claro… imprescindible”, pero en mi cabeza gritaba “¡Dios mío!, ¿quién rayos es toda esa gente?”. Y ahí me entraba la angustia, porque no los había leído porque hubiera decidido no hacerlo, sino porque nunca había tenido la oportunidad.

El hecho de que sea una especie de profesional de la lectura completamente perezoso no quiere decir que no me pueda poner aquí en el barco de los lectores de a pie. Como “especialista” tal vez pude y debí haber conocido esos nombres y sus obras, pero como lector de a pie, el que va cada tanto a comprar un libro nuevo en la librería del barrio, no hay forma de que pudiera haberlos conocido. Hay que pensar en los lectores de a pie, que son ya una minoría en un país que al mismo tiempo se le impone y decide no leer, porque es con ellos que se puede establecer un patrón de lectura y no lectura en Colombia.

Lo cierto es que las grandes editoriales que llenan nuestras librerías de gran superficie (las de barrio y centro comercial) son solamente dos, y nos llenan de libros que han sido famosos en España y Norteamérica, y de libros de Colombianos que ya son famosos en España y Norteamérica. Es la vieja paradoja de Borges en Argentina, que en su tiempo fue despreciado en su propio país, y sólo se convirtió en símbolo nacional cuando España y el mundo lo proclamaron como estandarte literario global. Una vez que fue famoso afuera, sólo entonces fue Borges famoso en su país.

Por nuestra parte, el daño que le hizo el Boom latinoamericano a la literatura latinoamericana fue tan grande que no sólo invisibilizó grandes autores de nuestros países por darle luz exagerada a un puñado de nombres, sino que estandarizó que era a través de España, de su industria editorial, que los autores latinoamericanos se hacían conocidos, famosos y publicados. La realidad actual es que, en Colombia, se publican en las dos editoriales grandes casi exclusivamente los nombres que ya alcanzaron aprobación en España, y se conocen muy poco los que son muy buenos pero sólo han publicado aquí. Imagínense entonces cómo es en Colombia con los buenos autores peruanos, venezolanos, argentinos, chilenos y de todos nuestros países vecinos. Si los lectores de a pie conocemos quince nombres —claramente todos traídos a través de España— es mucho decir.

¿Cómo es que no tenemos una red literaria con nuestros vecinos que no funcione sin un intermediario europeo? ¿Cómo es que no podemos compartir directamente y en gran escala nuestro valor literario? Dónde están las editoriales interamericanas que comparten sus obras contemporáneas de calidad entre sí, sin antes pasar por el filtro transatlántico. Si existen, si están, hágannoslo saber.

Porque una cosa es no leernos a nosotros mismos y a nuestros vecinos porque no queramos, y otra muy distinta es no leerlos porque no tengamos la opción de hacerlo, porque no nos dejen y no nos lo permitan. Porque no tenemos la oportunidad y la capacidad de conocerlos siquiera, de saber que existen, que están ahí, al otro lado de las montañas, la selva y los desiertos.

Lo de las naciones y los nacionalismos es una cosa absurda cuando se habla de industrias culturales. Eso no tiene cabida aquí. Pero para poder compartir la cultura entre países y con todo el mundo hace falta independencia e igualdad. Hace falta querer leernos y poder tener la oportunidad de hacerlo. Y que cuando decidamos no leer sea por decisión propia, y no por una imposición del mercado.

Esta columna está dedicada a los que comparten lo que tienen a través de las fronteras, que están allí, en algún lado.

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