The fart party

Fragmento de la tapa del libro ‘Museum of Mistakes’ The fart party collection, por Julia Wertz. www.juliawertz.com

Hay un ensayo corto de Alejandro Zambra, un chileno ahí que escribe muy bien, que se llama “viajar con libros”. En él, Zambra habla entre otras cosas de lo engorroso que es estar todo el tiempo acumulando libros que muchas veces no vamos a terminar, no vamos a leer o ni siquiera vamos a sacar de su empaque de plástico. Pone Zambra en su ensayo, que por demás es ultra burgués, que “sin duda para quienes viajamos con libros lo peor es el regreso. Al final ya no hay espacio para los pantalones y para las camisas: el bolso se ha transformado en una pequeña biblioteca sellada al vacío”.

En este momento no puedo evitar sentirme identificado con el buen Zambra, aun cuando lo de viajar con libros me parece un acto más bien pomposo y muy poco práctico: estoy armando mi maleta para volver a Colombia y no me da el peso para llevar todos los libros que acumulé. Me odio a mí mismo porque estoy sacando suéteres de la maleta y tirando champús y cosas útiles para poder llevar los libros. Yo sé que me voy a leer no más de dos de ellos, y que los otros los voy a archivar. Hay otros que ni voy a abrir porque están en idiomas que ni siquiera hablo. ¿En qué clase de imbécil pretensioso me convertí? (y no lo digo por Zambra, que debe ser la mar de chévere, sino por mí mismo). Acumular libros es adulto y un poco horrible.

Cada año hago una poda de mi biblioteca y tiro un montón de libros a la cesta de reciclaje para hacerle espacio a las nuevas adquisiciones. Cada año me sigo asombrando de que son más los libros que adquiero que los libros que leo, y me da como una angustia saber que la lista de libros por leer crece y crece y no me da el tiempo, o las ganas, o lo que sea para leerlos. Hay tantos libros buenos en el mundo, tantos clásicos universales, y tan poco tiempo. En mi biblioteca reposan virginalmente libros que compré con ansias y que terminé poniendo en la cola de los en seguida, de los pronto y los algún día. Vargas Llosas importantísimos, Carlos Fuentes imprescindibles, Faulkners imponderables, Pessoas pesadísimos y Shakespeares completos. No hay tiempo para tanta cosa.

Y al mismo tiempo me sorprende mucho que haya gente a la que la angustia le da para intentar leer muchas cosas. Que les dan las ganas para tratar de abarcarlo todo. Ingenuos. Hay quienes miden su sabiduría literaria por la cantidad de clásicos que han leído, esos mentecatos a los que les gusta regarse en nombres de autores en las conversaciones y levantar una ceja cuando hablan de algún ruso que conocerá su santa madre: “Cómo, ¿no lo has leído? ¡Es básico para entender la movida rusa del siglo XIX!”. Hay incluso universidades cuyas escuelas de enseñanza se basan en leer cuantos libros sea posible, para que cuando uno se gradúe de licenciado pueda jactarse de haber leído muchos más libros que los demás. ¿Cuál es el objeto de hacer eso?

Todo esto me trae a una pequeña confesión íntima: Yo no he leído El Quijote. No sé qué pasó; debí haberlo hecho en el colegio o en la universidad, pero seguro estaba ocupado haciendo otras cosas o quedándome dormido. El caso es que no he leído El Quijote, y cargo conmigo el peso enorme de no haber leído El Quijote: la culpa terrible por el crimen más imperdonable; sin hablar del oprobio al que me someten silenciosamente mis colegas y el mundo entero. “¡pssst! Ese tipo no se ha leído El Quijote. ¿Puedes creerlo? Ja, ja, ¡Qué paquete!”. Yo y mi no haber leído El Quijote caminamos por el mundo temerosos del señalamiento de los que sí expiaron esa culpa. Voy por la calle y veo que la gente murmura, que señala, que sabe. Cuando voy al parque sé que las ardillas saben que no he leído el Quijote. ¡Qué pesado!

Aunque hay un cierto deleite en no haber leído El Quijote, cierta anarquía estimulante y una cierta melancolía que es riquita de sentir. Me acuerda de un poema de León de Greiff que va más o menos así:

No he visto el mar.
(…)

Mis ojos vagabundos
no han visto el mar.
(…)

Mis ojos vagabundos
-viajeros insaciados- conocen cielos, mundos,
conocen noches hondas, ingraves y serenas,
conocen noches trágicas,
ensueños deliciosos,
sueños inverecundos…
Saben de penas únicas,
de goces y de llantos,
de mitos y de ciencia,
del odio y la clemencia,
del dolor
y el amar…!

Mis ojos vagabundos,
mis ojos infecundos…:
no han visto el mar mis ojos,
no he visto el mar!

Es un poco así. Yo no he leído El Quijote. Lo cierto es que parte de la angustia de los libros no leídos es injustificada, porque al menos tenemos la certeza absoluta de que para escribir El Quijote no es necesario haber leído El Quijote. Si no me creen pregúntenle a nuestro buen amigo Cervantes.

Más bien me quedo con la imagen linda de los libros no leídos, de los libros que esperan pacientemente a dar con nosotros o a que nosotros demos con ellos. No es algo malo que haya libros que no leemos. Son silencios necesarios. Cuando no estamos leyendo estamos viviendo, y también es necesario vivir.

Habrá que sacudirse el afán de abarcarlo todo, y cambiarlo por abarcar lo que sea que nos haga felices. En lugar de estar leyendo El Quijote estoy leyendo un cómic igual de bueno que se llama The fart party, que se trata de una chica alcohólica que hace cómics. Lo disfruto mucho porque me empuja al cinismo un poco alcohólico al que siempre he sido propenso, y del que voy a disfrutar mucho cuando esté en Colombia en el pueblito adonde voy a escribir (que tiene una vista privilegiada de una clínica de reposo mental). Yo quiero mucho leer El Quijote. Me entusiasma de verdad. Pero creo que cada lectura llega en el momento justo, que los libros son como las personas y el amor: llegan cuando tienen que llegar, y no antes o después. Y También hay belleza en algunos encuentros que nunca ocurren. Y en la relectura, esos encuentros que vuelven a ocurrir. Ya lo haré cuando sea el momento.

Esta entrada está dedicada a los libros de Alejandro Zambra, que son buenísimos para leer, especialmente cuando uno está de viaje. Ah, y feliz año y eso.

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