Ciudadela letrada 42

Cuando una persona del común como tú, como yo o como Jesús el que está ahí va a comprar un libro, generalmente se fija solamente en el autor, el título o la tapa. Y naturalmente en el precio, que en países como Colombia es tan obscenamente alto y tan descaradamente obeso. Para los lectores de a pie, aquéllos que no son especializados, que leen de vez en cuando y lo hacen por placer, los libros son un medio de comunicación directa entre quien los escribe y quien los lee. Esto es un pensamiento erróneo. A menudo pasamos por alto que en la mitad de esas dos orillas hay un océano de gente trabajando para hacer posible que esa comunicación entre autores y lectores sea posible. Sin esas personas el libro que compramos no podría llegar desde las manos del autor hasta las nuestras.

Y no que sea algo que deberíamos saber. ¿Para qué? Si compramos un libro y nos gustó no tiene por qué importarnos quién rayos trabajó para hacerlo posible. Eso que lo sepan los nerds y los bibliófilos raritos. Pero los cierto es que lo sepamos o no, y nos interese o no, la labor editorial es tan importante como la labor de escribir o la labor de leer. Exactamente igual de importante. Y la invisibilización de los editores en el espectro público los hace trabajadores silenciosos con el rol más importante. Esto es cierto: un editor puede hacer la diferencia entre que un libro sea una obra cumbre de la literatura universal, y que ese mismo libro sea vómito flotando en un mar de diarrea.

Pero hay formas más bonitas de decir eso. Imagínense que en el vasto universo hay una partícula flotando en el vacío. Esa partícula es un texto creado por un autor. Y en el otro extremo del universo hay otra partícula flotando en el vacío. Esa partícula es el lector para el que está destinado ese texto. Las formas posibles en los que esas dos partículas puedan conectarse a través del tiempo y el espacio son tan azarosas como improbables. Hace falta una singularidad, un accidente que trace una línea entre los dos puntos y los conecte. Y que esa conexión sea fuerte y duradera. Trazar esa línea es trabajo de los editores.

Lo de la mediación editorial no es idea mía. Es algo que se ha pensado durante mucho tiempo, y quienes lo han estudiado lo han hecho inteligente y acertadamente. Si hay un vinculo probable, incluso posible, entre un lector y un texto, el editor debe mediar entre ambos, tomarlos las manos a los dos y velar porque encuentren la manera de estrecharse entre sí. Los escritores suelen ser criaturas quisquillosas y egocéntricas (saben los dioses que es así), y los lectores son criaturas esquivas y difíciles, que están siempre disputados por buenas películas y series gringas maravillosas. Al uno hay que dirigirle el texto, tratarle el ego con tacto y transformarle su escrito en todo lo mejor que pueda ser, para que llegue a la gente; y a los otros hay que saber seducirlos, hay que darles el zarpazo adecuado para enfocarles la atención en un libro que aman pero que todavía no saben que lo hacen. La edición de libros es una forma linda de proxenetismo. Los editores son los cupidos más esforzados, las Celestinas más juiciosas.

Puedo decir con algún fundamento que la figura del editor puede ser incluso más antigua que la del autor mismo. Cuando no importaba quién escribía un texto, y ni siquiera se firmaba, ya había editores que lo reproducían y le agregaban características para distribuirlo y venderlo. Desde la invención de la imprenta, los editores siempre han precedido a los lectores. Toda la historia moderna de la lectura han sido ellos los que la han moldeado. Y desde entonces hasta nuestros días, aunque han cambiado algunas cosas, el oficio de editar sigue siendo igual de importante. Y quienes lo hacen deben seguir siendo igual de rigurosos. Un editor debe ser un lector sensible, debe tener los ojos muy abiertos, debe poder ver conexiones entre las personas donde nadie más las ve. Debe tener atributos como amar su trabajo apasionadamente, ser paciente y constante, y tener una aptitud excepcional para las relaciones humanas; y debe tener defectos como ser absolutamente obsesivo. Debe saber de muchas cosas y debe poder trabajar en contextos diferenciados. Debe conocer a los lectores y sus hábitos, y debe poder conocer la historia de la lectura para poder predecir las tendencias, y producirlas. También debe poder ser especialista: por dar sólo un ejemplo, en editor de literatura infantil debe entender que los niños ven el mundo con otros ojos, y para esos ojos hay que hacer los libros. Que los niños leen los libros con los oídos y con el tacto, y que un libro para niños debe tener un ritmo que a menudo es sensorialmente imperceptible para los adultos. Esto no necesariamente lo saben los autores, y no necesariamente lo saben los niños. El editor debe conocer secretos y volverlos libros.

También debe saber que todo libro tiene un momento histórico, un espacio físico y un público sociológicamente específico. Debe entender las diferencias entre editar un autor muerto y un autor vivo: al texto del muerto se le agregan cosas, y al del vivo se le cortan. Pero debe poder hacer cada proceso en la medida exacta, porque un libro bueno y exitoso es una receta que requiere necesariamente de un cocinero experto.

Todo eso es algo que no vemos, pero que podemos saborear en nuestras lecturas. Si el mejor editor de la historia y el mejor escritor de la historia estuvieran colgando de un risco al borde de la muerte, y sólo pudiera salvar a uno, escogería sin pensarlo al editor.

¿Y de qué nos sirve toda esta habladuría? Como siempre, no de mucho. Pero si lo pensamos, en Colombia hay un interés creciente por formar buenos lectores. Si tenemos más lectores que sean mejores lectores, consecuentemente vamos a tener mejores escritores. Pero tal vez sea hora de empezar a formar buenos editores. Y no que no los haya: en Colombia hay excelentes editores: hombres y mujeres que hacen un trabajo impresionante, mayormente en silencio. Pero los editores nuevos también necesitan formación, y esto requiere de una consciencia sobre la importancia que tiene ser un editor.

Hace un tiempo escuché la historia de un hombre al que le gustaban mucho las flores, pero que le avergonzaba comprarlas y que lo vieran en la calle cargándolas. Entonces llevaba consigo el estuche vacío de un violonchelo, y allí guardaba sus flores de camino a casa. Esta columna está dedicada al bello acto de comprar flores y cargarlas en la calle.

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