CIudadela41

 -Ilustración por Sergio Puerto

Hubo hace unos días una conferencia de historia de los libros a la que fui con la esperanza de encontrar barra libre de vino y un buen surtido de pasabocas elegantes, de los que solo sacan cuando viene al país un invitado muy especial. No fui decepcionado. La comida y la bebida fueron suculentas, pero para mi grata sorpresa, también lo fue la conferencia.

Eso pensé al final, mientras me llenaba golosamente el hocico de comida rara y vino caro. El invitado era el director de la biblioteca de la Universidad de Harvard, un estudioso, editor y bibliotecario duro. Pero su charla no fue sobre los libros, que son aburridos, sino sobre algo mucho más interesante: los libros, y la gente.

Él nos contó que cuando estudiaba en la Universidad de Oxford se dio cuenta de que la biblioteca estaba cercada, con muros, alambres, portones. Nos mostró fotos de él, mucho más joven, trepando las paredes con amigos y burlando la seguridad en horas prohibidas. Nos preguntó por qué creíamos que las bibliotecas las cerraban, si supuestamente contienen un conocimiento que debería ser siempre accesible. Por qué las cerraban para algunas personas y las abrían para otras, si se suponía que el conocimiento es para todos. Por qué cercar las bibliotecas y construir muros alrededor de ellas. Por qué hacerlo con tanta ferocidad. ¿Para proteger qué?, ¿de quién?; ¿para resguardar algo de que sea extraído? ¿para impedir que alguien entre?

Todo eso me hizo pensar en mi historia personal con las bibliotecas. Yo tuve la suerte o la mala suerte de vivir mi adolescencia en una ciudad pequeña, periférica; casi un pueblo. Allí la biblioteca pública está ubicada en lo que durante mucho tiempo fue una cárcel, lo que fue originalmente pensado, diseñado y construido como una cárcel. Así que para mí era natural ir a la biblioteca para visitar libros que eran como reclusos, y en ese proceso pasar por las barreras simbólicas y arquitectónicas que impedían la entrada a personas no deseadas y la salida de los objetos confinados. Tampoco es que fuera mucho a la biblioteca, pero las veces que fui me sentí en una cárcel. Y sentí que había guardias como de cárcel, y sentí que no estaba permitido ni era lícito estar mucho allí, que había que salir lo más pronto posible. Sabía que eso no era así, pero lo sentía.

Luego volví a Bogotá y me encontré con las bibliotecas públicas y privadas que hay en la ciudad (con algunas; ni cercanamente todas). Y para mi sorpresa me encontré con que la sensación de cárcel se extendía a ellas sin que sus edificios hubieran sido cárceles en el pasado.

Sabía que el Museo Nacional fue una cárcel antes, aunque no fuera una biblioteca. Pero hasta hace unos días juraba que la Biblioteca Nacional había sido una cárcel, y cuando me dijeron que no, no me la creí y tuve que cerciorarme en un libro. Resulta que nunca fue una cárcel. El edificio actual de la Biblioteca Nacional fue pensado, diseñado y construido para ser una biblioteca. Pero se siente tánto como una cárcel que nunca me había imaginado que no lo fuera en algún momento. Y ni siquiera hablemos del edificio de la biblioteca del Banco de la República, llamada Biblioteca Luis Ángel Arango. No creo que haya en todo Colombia un edificio público más lúgubre y más parecido a un Búnker de guerra. Es un hueco en la tierra donde no llega luz natural, y cuyas lámparas de luz gélida iluminan pobremente. No es por ser caprichoso, pero tampoco llega casi internet, o señal de celular. Es un edificio que le dice a uno “vete, no deberías estar aquí. ¿No ves que estamos haciendo todo lo posible porque estés incómodo?”. Uno ni siquiera ve los libros, que estarán guardados en alguna mazmorra.

Por otra parte están las bibliotecas de mi universidad, que son cómodas, agradables y acogedoras. Pero que tienen guardias de piedra en las puertas que dicen “si no pagas los nosecuántos millones de la matrícula, no puedes entrar”.

Viendo todo esto uno se da cuenta de que las bibliotecas tienen muchas restricciones. De que por alguna razón son más parecidas a las cárceles de lo que cualquier sentido común aconsejaría. ¿Por qué? No soy remotamente un experto en cárceles (Y Foucault me parece una imitación muy pobre del músico Moby), pero a vuelo de pájaro creo que tanto las bibliotecas como las cárceles apuntan de alguna manera a dos cosas: a no dejar salir, y a no dejar entrar. Se supone que uno no puede entrar a las cárceles porque son peligrosas; que uno visita a los internos con muchas medidas de seguridad. Se supone que los prisioneros están encerrados porque el hecho de que estén libres significaría un costo más grande para la sociedad que lo que le cuesta encerrarlos. Que a los prisioneros hay que “conservarlos” encerrados. Los edificios de las cárceles son lúgubres, fríos, grises. Los edificios de las bibliotecas son parecidos.

Lo que las bibliotecas no dejan salir es, naturalmente, los libros (aunque haya algo llamado préstamo externo). No los dejan salir en muchos niveles, no sólo físicos, sino simbólicos. Al no estar bien catalogados, al poner barreras físicas desagradables entre ellos y el mundo, al no hacer la experiencia de la gente placentera, al hacer difícil tener acceso a ellos de muchas maneras las bibliotecas están haciendo prisioneros a los libros. Hay casos en que las bibliotecas no saben siquiera qué libros tienen (‘libros’ en un término amplio para abarcar documentos, audio, video y archivos en general), ¿entonces cómo compartir algo con el mundo respecto a lo que sus propios guardianes sienten tánta indiferencia? La excusa para la reclusión muchas veces es la protección, y en el caso de los libros, algo que las bibliotecas llaman ‘conservación’. ¿Pero de qué sirve conservar algo a lo que la gente no tiene acceso? ¿algo a lo que la gente teme? ¿algo que la gente ni siquiera sabe que existe? ¿Cuál es el afán de acumular si no es para que la gente lo use? ¿Cuál es el afán de conservar si no es para las personas? Pienso que a las bibliotecas la sociedad debe hacerles una pregunta sobre la conservación: ¿están conservando para la gente o están conservando de la gente?

Uno piensa que la gente no va a las bibliotecas porque les da pereza, porque no tienen interés o porque no tienen tiempo. Yo creo que muchas veces la gente no va a las bibliotecas porque tiene miedo. Hay un aura que las rodea parecido al de las cárceles. Y la idea de la cárcel es llenarla de miedo para que nadie externo entre en ella.

Digo esto porque la conferencia del extranjero me hizo pensar que muchas veces yo no he entrado en bibliotecas porque son intimidantes, y me producen un miedo parecido al que me producen las cárceles.

Esta entrada está dedicada a Robert Darnton, porque se mire desde donde se mire, los libros no valen la pena sin las personas que se reúnen a su alrededor.

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