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Hace poco tuve que ir a la embajada alemana porque recibí una beca estatal para hacer una residencia literaria en Berlín, o sea para ir a la ciudad, estarme un tiempo mirando árboles y escribir sobre eso. Aunque para este viaje no se requiere una visa de permanencia o de estudio, la Unión Europea exige un visado sólo por visitar, porque los colombianos estamos obligados a tener visa para entrar en todas partes. Siempre he pensado que pedirle a alguien visa para visitar un país es una medida extrema de discriminación, sobre todo porque se pide a ciertas nacionalidades y a otras no, únicamente porque en los pasaportes de sus ciudadanos pone encima del nombre las palabras “República de Colombia”. Es algo tan absurdo como negarle a alguien la entrada a un país porque la forma de su cabeza sea cuadrada y no redonda, o porque el color del pelo de su abuelo sea verde y no morado.

Pero a mi visita a la embajada yo iba tranquilo porque tenía mis papeles en regla y el aval del Estado colombiano y de la la institución alemana garante de que yo iba efectivamente a hacer una residencia literaria y no a cometer crímenes de lesa humanidad como querer trabajar o algo así. O iba tranquilo porque he pensado siempre que si uno genuinamente no tiene razones para hacer algo ilegal en otro país, las autoridades diplomáticas y migratorias no van a tener ninguna razón para negarle la entrada. Nada más lejano de la realidad.

Todo empezó a contrariarme desde que me sacaron de la fila de la recepción del edificio donde queda ubicada la embajada: “¿Qué tramite va a hacer, señor?” “Voy a sacar una visa”, les contesté. “¿Qué tipo de visa?”. “Schengen”. “La fila para visas Schengen hay que hacerla afuera”. “¿Afuera, en la calle?”. “Sí”. “¿Por qué en la calle?”. “Porque ahí es la fila de las visas Schengen”.

Entonces salí del edificio y fui a chupar frío en la calle con las otras personas que al parecer sí sabían cuál era su lugar. Nuestro lugar. Allí estuve unos minutos hasta que me hicieron pasar. Subí por el ascensor y llegué al piso de la embajada, me dieron un número y me hicieron desconectar todos mis aparatos electrónicos, hasta el lector digital de libros, que aunque traté de explicarles que no era una amenaza, me obligaron a apagar. Creo que fui afortunado porque al menos me dejaron entrar con el reloj de muñeca encendido.

El panorama en la salita de espera era todavía menos amigable. Unas ventanillas blindadas a las que había que hablarles por un intercomunicador, como las de los reos en las prisiones gringas. Y atrás una cantidad de personas sentadas esperando su turno. Me causó entre dolor y rabia ver a esas personas excesivamente bien arregladas, maquilladas y perfumadas. Sentadas derechitas como niños que esperan a que les den un premio por su buen comportamiento, o una reprimenda por haber hecho algo mal. Me senté y casi olí el miedo en mis compañeros de silla. Me sorprendió mucho todo eso. Yo pensaba que eso era algo que se había acabado en los años noventa, cuando ser colombiano era algo por lo que uno tenía que pedirles disculpas a las personas de otros países. Pensé en una canción de la infancia, de Bacilos, que en una parte dice “Seguro que en las puertas del cielo San Pedro con lista en mano / por ser colombiano no me va a dejar entrar”.

Mientras esperé a que llegara mi turno pasó mucha gente a la ventanilla. Todo lo que se decía del otro lado salía amplificado por un parlante, así que la negación de una visa o su aprobación a cada persona era un acto público, al que todos en la sala estábamos forzados a asistir. Y la persona a la que le fuera negada la entrada en el país tenía que darse la vuelta y enfrentarnos a la vez a nosotros, mirando al piso con humillación, y hacer un camino larguísimo hasta la puerta de la sala, seguida por las miradas de lástima de los demás.

Llegó mi turno y pasé a la ventanilla con las manos llenas de formularios. Para aplicar a una visa de turismo o de visita corta hay que demostrar dos cosas: uno, que hay una razón para querer visitar el país; y dos, que hay una razón de peso para demostrar que uno no se va a quedar en ese país, como si automáticamente se pensara que uno querría quedarse allá y no volver a vivir a Colombia, que es el país de uno. Esto lo llaman ellos “demostraciones de arraigo” y básicamente quiere decir que si uno no es adinerado en Colombia no puede visitar Europa, porque si una persona que no es rica va a otro país es porque se va a quedar de ilegal a conseguir plata allá. En pocas palabras, si eres pobre, no tienes derecho a entrar acá. Yo no tengo donde caerme muerto, pero mis padres son tan gentiles que aún me respaldan económicamente, así que lo presenté en los papeles.

La señora que me tocó para la entrevista era de esas personas que pueden ser increíblemente groseras sin necesariamente ser descorteces. Me preguntó cuál era la razón de mi viaje, dónde me iba a quedar, durante cuánto tiempo. Miró mis papeles varias veces. Y cuando llegó al acta de mi grado universitario me preguntó: “¿Qué estudiaste?”. Yo le dije: “Literatura”. “¿Hace cuánto te graduaste?”. “Hace un año”. “¿Y en dónde trabajas?”. “No trabajo. Mis papás me sostienen económicamente”. En ese momento la señora levantó la cara de los papeles y me dedicó una mirada larga por encima de sus anteojos. “¿Entonces qué haces?”. Yo me puse a pensar qué había hecho en el último año. Puras bobadas. He pasado la mayor parte del tiempo mirando por ventanas; he trabajado, pero no tanto. He hecho algo de academia con alguna ponencia en un congreso literario; he sido invitado a dar una o dos clases en universidades; he dado una o dos charlas sobre bicicletas y lectura. He viajado; he estudiado un poco. Pero todo esto durante una porción mínima del tiempo; de resto he estado sentado mirando por la ventana y viendo películas. No es broma. Me tomé un tiempo y le respondí: “eeeeh… ¿escribo?”. Ella se me quedó mirando un momento. “O sea nada”, me respondió, y volvió a sumergirse entre los papeles.

Yo me quedé con la boca abierta, pensando. Antes que nada pensé que en su increíble grosería había un poco de razón. Tenía que aceptarlo. Escribir es un poco hacer nada. Escribir es un poco ser un lastre y en muchos casos ser un mantenido y un descarado. Pero ojo, que escribir, ese “hacer nada”, no es tan hacer nada como parece. Mientras pensaba me di cuenta de que en el último año escribí más cosas que en el resto de mis años de vida. Puras bobadas, eso sí: anotaciones en papelitos amarillos que pego por ahí o que se me pierden; textos más bien malitos que se me olvida que existen y se me quedan por ahí archivados en libretas que ando comprando y que cargo conmigo; textos y textos de reseñas y artículos para una revista que creamos con amigos y que no nos da plata pero a la que le metemos cada átomo de esfuerzo y dedicación que tenemos por dentro; esta columna quincenal que escribo para mis amigos y para los desocupados que puedan encontrar en ella algo de provecho; otras cosas varias y un cuento sobre un niño a quien le quitan a su perro y se pone muy bravo que es indudablemente de lo que más me siento orgulloso en la vida. “juepucha”, pensé en ese momento. “Escribo. Hago nada, pero escribo”. Y eso es una profesión, y es una manera digna de vivir la vida, y requiere esfuerzo, y requiere dedicación, y requiere sacrificio. Y no es “hacer nada”. No lo podía creer, pero desde la barriga se me fue subiendo un orgullo y una alegría tremendos por ser quien soy, y por hacer lo que hago. Y al tiempo una indignación terrible por la discriminación y la violencia y la insolencia de la funcionaria diplomática, que volvió a levantar la cara y me dijo: “si no tienes trabajo no tienes cómo demostrar que no te vas a quedar allá, y esto se complica para ti”.

Yo no quise darle el gusto de darle una respuesta. No quise decirle que no me quería quedar en su país porque ya tengo uno y me gusta, y aquí es donde quiero vivir en este momento de mi vida. No quise decirle que no tengo un trabajo no porque no pueda conseguirlo, sino porque he priorizado en mi vida las cosas que me apasionan, que son viajar y escribir y ver películas y mirar por las ventanas. No quise señalarle el hecho obvio de que no tengo un trabajo porque voy becado a hacer una residencia literaria a otro país, y que no tendría sentido ni sería viable conseguir un trabajo para dejarlo tirado durante meses. No quise decirle que mi profesión sí es un trabajo. Que no me sostiene por ahora, pero que me da para no morirme de hambre y para ser feliz. Me limité a contestarle: “okey. Yo te he traído lo que me han pedido en tu embajada. No tengo nada más para decirte que no lo digan ya los papeles que te entregué”.

Ella de alguna manera me había querido decir que no me quería dejar entrar a su país porque soy colombiano y porque “no tengo trabajo”, y porque en lugar de eso me dedico a escribir. Que viajar, ser colombiano y escribir no son cosas compatibles. Que son cosas sospechosas. Yo no quise decírselo, pero me di cuenta de que esas tres cosas son las que quiero ser y hacer, y a las que no podría renunciar así quisiera. Y no se lo dije porque sentí que es algo que me basta con saber para mí mismo.

Ella guardó silencio y me dijo que pusiera mis huellas en el escáner. El escáner le dijo que no podía leer mis huellas. Yo quise pensar que mis huellas se rehusaban a ser leídas por su sistema hipócrita y discriminatorio, pero a lo mejor sólo es que mis dedos son difíciles de leer.

Durante todo el tiempo que pasé en la embajada alemana no pude sacarme de la cabeza una imagen que me ha atormentado durante años: en Bogotá los buses de transporte público tienen en las ventanas unos estíquers azules con la figura de una persona sentada en una silla de ruedas. Estos estíquers están puestos encima de unas sillas también azules, que están ahí para que se sienten las personas que de una u otra manera son discapacitadas. Es una imagen terriblemente cruel porque los buses en Bogotá tienen torniquetes en las puertas y las escaleras por donde las personas suben y bajan están muchos centímetros por encima del suelo, lo que quiere decir que una persona en silla de ruedas no podría, bajo ninguna circunstancia, subirse y ocupar el puesto que le promete el estíquer azul. Los buses en mi ciudad dicen: “Aquí hay un lugar para ti, pero estamos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance para no dejarte entrar y ocuparlo. Tú tienes ese derecho en papel, pero no queremos que lo tengas en la vida real”.

Finalmente, tras una semana de incertidumbre, me otorgaron la visa que pedí. Como a los retenidos de las dictaduras a los que prometían fusilarlos y les descargaban solamente el sonido de los fulminantes mientras ellos se cagaban del susto con los ojos vendados, el estado alemán me dijo que me dejaba entrar en su tierra, pero que me quería dejar claro que no me quería allí, que quería que yo supiera mi lugar de subordinado, de suplicante. Que me sintiera agradecido porque me otorgaron una especie de privilegio. Yo sé que afortunadamente las personas de un país no están representadas por sus gobiernos ni por sus políticas internacionales. Sé que las personas son libres para escoger no discriminar a pesar de sus gobiernos, así como para escoger su camino en la vida y estar satisfechas con él.

Esta entrada está dedicada a Bacilos, la banda musical, porque escribieron buenas canciones. Ésta es otra que me gusta


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