Ilustración ciudadela letrada 38

Hace cincuenta años era París. Todos los fieles letrados peregrinaban con sus piecitos descalzos desde sus paupérrimos países latinoamericanos para tocar la piedra sagrada de la inspiración y esas cosas. Llegaban al Quartier Latin y se instalaban en la pensión más cutre que encontraban, mejor si era una buhardilla. Miraban la ciudad por la ventana. Decían “estoy en París”, y ahí por fin, y sólo ahí, podían considerarse y ser considerados escritores.

No quiero ser descortés con estos viejos que nos dieron tánto, pero gracias a los dioses ésta es una narrativa que ya estamos superando en nuestro imaginario: la del escritor mexicano, colombiano, argentino, chileno y peruano que se fue a París y dijo “soy un escritor”. Ese modelo de escritor machista y patriarcal, arrogante a ultranza, con un delirio de mesías no sólo en lo literario sino en lo político y en todo aquello que le preguntaran en una entrevista. Personas insoportablemente soberbias que se adueñaron, para bien y para mal, de las palabras ‘Literatura latinoamericana’, y que la tradición endiosó con términos tan mantecosos e insensatos como “realismo mágico”.

Dicen que cada generación tiene que matar a sus padres. No sé cuántas han pasado que se resistieron a hacerlo con aquélla. Pero todo al final se muere, así sea solito. Y tengo la esperanza de que en estos días la sociedad sienta el oficio de escribir como un acto menos lleno de adornos extravagantes. Como un trabajo que se hace con humildad y que es difícil y a veces fácil. Y que es necesario y a veces no tánto. Y que alguien tiene que hacerlo, como servir helados, o instalar líneas telefónicas, u operar las atracciones mecánicas en un parque.

Pero dicen también que cada generación establece una nueva narrativa cuando desbanca la anterior. Sospecho que en nuestra generación (nuestra contando generosamente hacia atrás y tal vez generosamente hacia adelante) es Nueva York. New York (torciendo el pico y todo). Aunque decir que lo es ahora no quiere decir que no lo haya sido siempre. Nueva York nos dio la Salsa, una buena música, y ha sido por más de cien años ollita de sopa de otras buenas cosas. No hay que mencionar siquiera la escritura, la pintura o la otra música. Vete a casa, Ciudadela Letrada. No estás diciendo nada nuevo.

Sí, bueno, pero hay una distancia grande entre el ser y el deber ser. Y entre el hecho de hacer algo y la pose narrativa de hacer algo. Como que socialmente no se es un escritor si no se vive o se vivió en Nueva York. O no se es un artista, o no se es un fotógrafo. O no se es un bailarín. Incluso algo tan prosaico como ser un académico. Nueva York. Qué fatigoso cargar con esto. No puedo contar la cantidad de colegas y conocidos que se van a Nueva York para (lo digo pero no lo aseguro) poner las fotos en Facebook de que están en Nueva York. Qué fatigoso cargar con esto. ¿A qué horas van a sentarse a escribir si todo el día tienen que estar demostrando en Facebook que están escribiendo en Nueva York? ¿A qué horas van a sentarse a pintar si todos los días tienen que estar con otros pintores latinoamericanos por ahí demostrando que son pintores en Nueva York? Como que es muy costoso en términos de tiempo y energías la narrativa del escritor latinoamericano en Nueva York, tánto que puede ir en detrimento del propio oficio de escribir. ¿Qué importa más, hacer algo o que la gente sepa o piense que uno está haciendo algo? Hay una anécdota graciosa sobre un escritor de quien sólo conozco el nombre; llamémoslo “Juan Pérez”. Juan Pérez es un escritor, y vive en Nueva York. No sé si sea o no un buen escritor; a lo mejor sí. No sé si en su casa se siente juiciosamente y se dedique a escribir; a lo mejor también. Pero me ha pasado que cada vez que le pregunto a alguien del mundo literario y editorial sobre Juan Pérez, o cada vez que el nombre sale en conversación, me dicen: “¿Juan Pérez el escritor que vive en Nueva York?, “Ahhh, Juan Pérez, el escritor que vive en Nueva York”, o “Yo pensé que iba a venir Juan Pérez, el escritor que vive en Nueva York”. Es curioso que nunca digan “Juan Pérez el escritor”, o “Juan Pérez el escritor de tal libro”, o “Juan Pérez, ése que escribe tan bonito o tan feo”. Siempre es Juan Pérez el escritor que vive en Nueva York, como un rótulo sobre una cruz. Debe ser muy pesado tener que cargar con esa cruz.

Pero bueno. Esto ya se vuelve como lo de criticar a la gente que va a Starbucks en Colombia, o lo de criticar a la gente que critica a la gente que va a Starbucks en Colombia: algo infértil e inoficioso. ¿Quién soy yo para criticar el cliché del escritor en Nueva York? ¿Por qué carajos no puede la gente hacer lo que se le dé la cochina gana y ser feliz? Si se lo mira de este modo o de otro, este tipo de clichés vienen de algo muy bonito que es la historia de algo, una ficción que tiene el poder de ilusionar a alguien con ese algo: como una película linda que se llama Breakfast at Tiffany’s, que se trata de un escritor en Nueva York que se enamora de una chica maravillosa llamada Holly Golightly. Visto así, ¿a quién podría arrebatársele la ilusión de jugar a la fantasía de ser un escritor en nueva York que se enamora de una Holly Golightly? Sería un acto mezquino querer extinguir esa ilusión.

Pero aun así, mientras estoy en este aeropuerto mirando a la gente jugar a ser alguien que ya existe, jugar a ser idéntica a alguien que ya jugó a ser diferente, con el resultado inevitable de ser igual; con los mismos tatuajes, las mismas historias, los mismos viajes y los mismos destinos, me pregunto si es cierto lo que escribió alguien de que recorrer los mismos caminos nos lleva siempre a los mismos lugares. Si es cierto que las mismas lecturas nos llevan siempre a escribir lo mismo. Si ser un escritor en Nueva York nos lleva ineludiblemente a ser parte de una masita homogénea de escritores en Nueva York que escriben sobre las mismas cosas. Qué refrescante sería poder desandar los caminos de siempre, tan trajinados, y poder andar otros caminos. Qué bueno sería poder ser un escritor en Islandia, o en el Ártico. Tener tiempo para sentarse a escribir y no tener que demostrarle a nadie que uno es y vive la vida que se supone que debe vivir un escritor.

Rafael Nadal no es un escritor sino un tenista. Una vez alguien le preguntó que si pudiera seguir el camino de un tenista que admirara, cuál sería. Que quién era su modelo a seguir. Nadal respondió que él no tenía modelo a seguir. Que él quería construir su propio camino, hacer las cosas a su manera y ser lo mejor que él mismo pudiera ser, sin tener necesariamente que seguir los pasos a alguien. La gente tildó a Nadal de soberbio, pero a mí me parece un pensamiento muy sensato. Sería bueno poder dedicarse a escribir y no tener que dedicarse a ser un escritor.

Esta columna está dedicada a “Juan Pérez el escritor”, a quien no conocí. Prometo que algún día leeré sus libros.

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