Fotografía © Andrés Franco

Fotografía © Andrés Franco

Por circunstancias que aún desconozco parcialmente, hace unas semanas di una charla en una empresa sobre la importancia de la lectura. En una empresa grande, como de café y esas cosas. Naturalmente fue incomodísimo. Y no que la causa no fuera noble (estaban abriendo una biblioteca nueva para sus empleados); lo que pasa es que yo como que ni papa de idea de cuál es realmente la importancia de leer.

Es que siempre nos han dicho que leer es muy bueno. Pero la verdad no nos queda muy claro por qué. Dicen que uno aprende a escribir y a hablar muy bien, que uno se vuelve un buen conversador y un escritor sensato (falta que nos hace en este país la sensatez en la escritura), pero digamos nosotros que si todos tomáramos un curso de gramática de seis meses, también aprenderíamos a escribir. Luego nos dicen cosas más descabelladas: que leer aleja de las drogas, que forma personas de bien; que leer es una vía certera para la paz. Nada más absurdo. Ya en otra Ciudadela Letrada hablamos de cómo la lectura es una ruleta rusa, y puede formar lo mismo pacifistas que asesinos. Si creen que aleja de las drogas, léanse historias de drogados tipo Jack Kerouac y verán que uno queda con más ganas de meterse un trip que de otra cosa. Si creen que lleva a la paz, léanse La Iliada, o La Araucana, o cualquier libro de las guerras mundiales para entender que lo que nos ha dado la guerra, entre otras cosas terribles, es buena literatura (y que en algunos casos la buena literatura ha llevado a la guerra). Si creen que forma personas de bien, recordemos al asesino de John lennon, Mark David Chapman, quien cuando le preguntaron por qué lo hizo, dijo algo así como “léanse El cazador en el centeno, ésa es mi declaración”.

Cuando estaba preparando mi charla, se me ocurrió una idea que en ese momento me pareció brillante: “voy a decirles primero cuáles son las razones para no leer, y luego les suelto una razón bien poética para sí leer, y los mato”. Como pensé muchas razones para no leer y muy pocas y no muy buenas para sí leer, decidí dejarlo todo a la improvisación y a la buena suerte para iluminarme en el momento de la charla.

Mi público fue un buen puñado de oficinistas (y ojo, que un oficinista no tiene por qué necesariamente ser un corbata roja; la corbata roja es más una actitud hacia la vida oficinista que el hecho mismo de ser oficinista). Yo empecé diciéndoles que en nuestra vida vertiginosa de hoy en día tenemos muy buenas razones para no leer: leer es muy largo, leer es costoso y leer es solitario. Si trabajo en una oficina de 7 a 6 de lunes a viernes, y llego a la casa molido, quiero echarme a ver televisión, tomar cerveza y dormir; no leer. El fin de semana es tiempo para lavar la ropa, salir con la pareja, cuidar a los niños y hacer ejercicio. ¿A qué horas se supone que uno va a leer? Si quiero placer estético voy al cine y me veo una película, que es más eficiente en términos de tiempo y plata: vale un cuarto de lo que vale un libro, y me la veo en un quinto del tiempo. Los libros en Colombia son increíblemente caros. Si en medio de mis gastos quiero tener algo de esparcimiento, voy a teatro, voy a cine de nuevo, voy y me tomo unas cervezas o me voy de rumba. Como que un libro y una botella de vodka valen lo mismo, y la de vodka me la tomo con amigos. Lo que nos lleva a la razón tres: nuestra vida es muy solitaria en la oficina y los trayectos en el transporte público, ¿por qué querría hacerla más solitaria leyendo libros encerrado en mi estudio? Si quiero ocio, entretenimiento y una riqueza estética puedo hacerlo en otras actividades con mi familia y mis amigos.

Después de decirles esto a mis oficinistas, les dije que cuando a mí me decían que leer lo volvía a uno más feliz y más equilibrado, lo primero que se me venía a la cabeza era el Quijote, que leyó tantos libros que se volvió loco. Les mencioné también a mi poeta favorito Luis Hernández, que leyó tantos libros que se volvió triste, y se le tiró a un tren en Buenos Aires. Hay muchos ejemplos que evidencian que la entrega a los libros lo que trae a la larga es como una especie de angustia, de dolor. Que es una vida aislada desde la que se ve pasar la vida por las ventanas.

Pero luego llegué a la parte de por qué sí leer. Y me pasó como en esta columna, que se me acabó el tiempo en las razones del No y no me quedó para hablar del Sí. Algo así como en dos minutos les dije a mis oficinistas que podía que no hubiera tantas razones para leer, pero que hay algo como irracional en hacerlo que nos hace felices, aun en medio de las tristezas que nos trae. Que hay un guayabito después de cerrar un libro muy bueno que nos hace sentir muy vivos; que nos enseña que estar vivos no es estar necesariamente eufóricos, sino sentir las cosas en colores muy brillantes, tanto las que nos duelen como las que no.

Mis oficinistas fueron muy cordiales y me dijeron que gracias, que muy lindo y muy inspirador. Pero la verdad es que sentí que les dejé más en el aire lo de por qué no leer que lo de por qué sí. Y me quedó un malestar como no sé. Como de una galleta que se traga sin masticar.

Porque pese a todo yo creo que leer sí es muy importante, aunque no sepa decir muy bien por qué. De pronto porque es inútil es que me parece tan atractivo, porque es medio anarquista estar leyendo y no estar trabajando. Es bien rebelde. De pronto porque las cosas más tristes y más angustiantes de la vida son como monedas que por detrás llevan las cosas más lindas y más satisfactorias. A lo mejor eso pensaba mi poeta Luis Hernández, que escribió algo así como “Soñar hace daño / No soñar destroza”. A lo mejor leemos para que nos dé ese guayabito después de leer un libro bueno, como es posible que nos enamoremos con el propósito de perder a quien se ama y luego estarlo añorando, y sentir con tristeza que es lindo eso del amor. De pronto es como que nos encanta tener sed porque podemos calmarla con un vaso de agua, y lo que nos gusta no es el agua, sino la sed porque en ella está calmarla.

Y de pronto todo esto son bobadas, y leemos porque hace parte de nuestra naturaleza querer contar historias y que nos las cuenten. Y no necesariamente de nuestra naturaleza social, sino de nuestra naturaleza biológica: a lo mejor es como los sueños, que son un reflejo narrativo instintivo y primitivo. Algo así como que nuestro cerebro nos cuenta historias para que no nos muramos mientras dormimos. De pronto esa es la importancia de leer: no morirse. Sobrevivir de alguna manera. Habrá muchas formas de morirse, y habrá muchas formas de vivir.

El caso es que me habría gustado poder convencer mejor a esos oficinistas, decirles cosas más chéveres. Por eso les dedico esta entrada.

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