Ilustración por Sergio Rodríguez

Ilustración por Sergio Rodríguez

Cuando era niño mi sueño era ser científico, porque quería vivir en un mundo en donde la veracidad de un discurso no dependiera de la elocuencia del orador, sino de la fuerza de los hechos. Por eso jugaba a la ciencia y me imaginaba de grande como Cecilia Payne, una científica que demostró mediante una tesis brillante que las estrellas están hechas mayormente de hidrógeno, y no de materia sólida como se creía entonces. Y peleaba con mi hermano tratando de hacerle entender por qué era matemáticamente imposible que la luna fuera más grande que la tierra. Casi siempre yo terminaba llorando en esas discusiones.

Luego llegué a la adolescencia y me tropecé con las novelas de la biblioteca de mis papás. Entonces descubrí la belleza de las palabras más allá de los argumentos, y mi sueño se volvió ser contador de historias. En ese momento me di cuenta de que no sólo es importante lo que se diga, sino la forma particular en la que se dice, y me trasteé de la veracidad de los hechos a la verosimilitud de las historias, al misterio que significa lograr emoción mediante una combinación particular de palabras, y por extensión, a la belleza insuperable de los silencios.

Crecí y en el momento de la juventud decidí estudiar Literatura, con la esperanza de convertirme en un crítico o algo así y juntar la experiencia estética de leer la belleza de las palabras con un discurso argumentativo que me permitiera juzgar con hechos su pertinencia en el mundo. Pero cuando entré a la carrera me dijeron que la crítica no se trataba de eso, que estaba rotundamente prohibido formular juicios de valor y decir si un libro era bueno o malo; que por el contrario tenía que descifrar los mecanismos de los libros, explicar los engranajes que activaban las tramas, desentrañar los conjuros que daban vida a los personajes. Yo me callé la boca y me dediqué a hacer lo que me ordenaban, y leí crítica literaria; y me di cuenta de lo leguleya, inútil, inoperante, inoficiosa, pomposa, ridícula, pretenciosa, pedante y aburrida que resultaba. Sobre todo aburrida. Y todo fue triste.

Entonces ya no tuve más sueños. La crítica literaria no se trataba de argumentar sólidamente una posición respecto a un texto, sino de decir cosas enredadas sobre los libros (que llevan a ninguna parte): adiós al sueño uno. Tampoco se trataba de escribir palabras bellas que emocionaran a un lector; más bien de escribir palabras pomposas que mataran al lector de aburrimiento: adiós al sueño dos. Siempre me causó mucha angustia la contradicción de leer libros que están diseñados para decir algo con palabras bellas, y escribir crítica sobre eso quitándole las palabras bellas y explicando a los lectores de una manera sumamente tediosa qué es lo que quiere decir el libro. Si los escritores quisieran decir algo en palabras aburridas no escribirían literatura; escribirían “un hombre quiere a toda costa volver a su casa” en lugar de escribir La Odisea. Si los lectores quisieran que les explicaran de una manera aburrida esa literatura no leerían literatura; leerían la crítica literaria (y créanme que no lo hacen).

Todo esto me lleva a pensar que este tipo de escritura académica (la escritura literata) lo que quiere es asesinar a literatura misma. Matarla y despojarla de lo que de hecho la hace literatura. Es como si alguien que dice amar una obra de arte la cortara en pedacitos con unas tijeras, se la comiera y luego la vomitara, y se la presentara así a la audiencia.

Como siempre, esta columna es una exageración, y digamos que en teoría la crítica literaria sí puede llegar a tener unas funciones para la sociedad y la manera como entendemos los libros y como somos definidos por ellos; por como los valoramos, los leemos y los releemos. Pero una cosa es la crítica literaria como idea y otra cosa es la crítica literaria que en realidad se hace en las universidades, y la que me tocó a mí en mi universidad. No puedo decir la cantidad de veces que me tocó aguantarme la lectura de textos como “La mujer en la novela María de Jorge Isaacs” que decían que efectivamente había mujeres en María, y que en el siglo XIX la sociedad era machista. Dios mío, es como si le dispararan a uno una revelación insospechada a la cara con una escopeta.

La cantidad de veces que me tocó leer cosas inútiles sobre buenas obras literarias me hace pensar que lo que se persigue con esto es disuadir a las personas de que lean libros, en lugar de invitarlas a que lo hagan. No es sorprendente que nadie lea crítica literaria; no es sorprendente que no sirva para nada y que se quede dentro de las universidades midiéndole el ego a los académicos y a los estudiantes; no es sorprendente que los libros que publican los literatos sobre crítica se queden arrumados en las bodegas de las universidades. Lo que sí es sorprendente es encontrarse con un texto literato que sí escriba argumentos que sirvan para algo o que lleven a algún lado; lo que sí es sorprendente es encontrarse con textos literatos bellamente escritos, con respeto por las palabras y capaces de transmitir emoción mediante ellas. Encontrar escritura literata que haga las dos cosas al tiempo es aún más raro. En lo que duró mi carrera me encontré con estas rarezas no más de cuatro o cinco veces.

Los literatos salen al mundo escribiendo cosas horribles y aburridas que no sirven para nada. Y además, creyéndose la cereza del pastel por hacer eso. De pronto es por eso que no hay crítica en este país, o hay muy poca; porque nadie es capaz de decir “este libro es bueno por esto, o este libro es malo por aquello”, y porque nadie es capaz de decirlo sin matar de aburrimiento a la persona que lee.

Quedó bien pesimista esta columna. A lo mejor el mensaje es: “No estudies literatura. No asesines tus sueños”. O de pronto: “Si vas a estudiar literatura, haz todo lo posible por no ensuciar la escritura literaria que dices amar con la escritura literata que todos odian”.

Esta entrada está dedicada a Cecilia Payne, porque dedicar la vida a las estrellas debe ser algo muy bonito.

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