Ilustración por Sergio Rodríguez

Ilustración por Sergio Rodríguez

Dijimos en la primera parte de esta entrada que el artificio (las historias) triunfa por encima de todas las cosas, silenciosamente, sin que nadie se dé cuenta de ello. En esta segunda parte me gustaría empezar modificando una frase de mi gran amigo Maturana: “perder es ganar un poco”, para decir: “triunfar es perder un poco”. Así es: en el artificio, ganar no es sólo no ganar, sino que es también perder. Quiero ir más allá y decir que triunfar es perder no sólo un poco, sino mucho. Triunfar, en lo que al artificio concierne, significa perder tánto como lo que se gana.

Ciudadela Letrada, antes eras chévere y no decías tonterías. Si la vez pasada hablamos del artificio como las historias, corresponde ahora hacerlo del artífice de las historias, esa persona que les da vida y las manda a navegar por el mundo para que puedan llegar a nosotros. Porque cada historia tiene que salir de algún lado, y si bien es cierto que toda historia es hija de otra historia, también es cierto que alguien ha de escribirla.

En la pasada entrega de los Oscar, mi otro buen amigo Robert De Niro dijo cuando entregaba el premio a los escritores que la mente de todo escritor es un caos terrible, en el que conviven en igual medida la maravilla y el horror. Más o menos dio a entender que los escritores son una gente en constante sufrimiento, que están toda la vida luchando consigo mismos y con su genialidad y su desorden y su procrastinación. Y que ese tormento es el vientre sanguinolento que da nacimiento a las historias que nosotros disfrutamos. Bien dramático el viejo Robert. Pero le concedemos que éste es un cliché con el que hemos convivido desde hace siglos, que siempre ha estado por ahí flotando pero que se nos hizo de algún modo patente con el nacimiento del romanticismo del siglo XIX: ese escritor sufriente, al que cada historia maravillosa que cuenta le cuesta un pedazo de su alma, y que es un borracho o tiene algún desequilibrio mental o alguna cosa de ésas. Este personaje consigue producir increíble placer en quienes leen sus historias, pero su mismo oficio lo hace una persona constantemente infeliz. Y al final de su vida se pega un tiro o se le tira a un tren o se mete llenito de soledad al mar para no salir más.

Esta imagen es polémica porque nos lleva inmediatamente a una pantomima con la que tenemos que convivir cotidianamente: tánto escritorsucho de barrio y tánto estudiantucho de Literatura que se cree un alma genial atormentada. Si me dieran cien pesos por cada vez que he tenido que cruzarme con estos pastiches no sería rico, sino asquerosamente rico. Ésta es una gente que es idéntica entre sí porque se cree completamente diferente a todo el mundo. Porque su pose es la del sufrimiento del Arte pero su objetivo no es el Arte, sino la pose de artista frente a la sociedad. Hay que decir que en esta ciudad contaminada por tánto tallercito de escritura y tánto Literato afectado este tipo de imitación es lo que sobreabunda.

Pero como en todas las cosas, hay excepciones. También me he cruzado con gente que genuinamente cree en las historias y en los artificios, y que genuinamente ha escogido entregarse a esta vida de una u otra manera, ya sea con libertad y con felicidad o ya sea a pesar de sí mismos, porque no pueden escapar de las historias que los persiguen.

Pensemos por un momento en un escritor genuino, en alguien verdaderamente sensible que se entrega a la creación de artificios por libertad o por fatalidad, pero con total y sincera entrega. ¿Por qué alguien se dedicaría a escribir historias? Sabemos que leer las historias nos trae placer estético, pero pensemos en qué tanto de ese placer obtiene quien las escribe. Sí, esa persona puede imaginárselas en una primera instancia y sentir placer en ello, pero sentarse a escribir una historia que ya nos hemos contado a nosotros mismos es ineludiblemente volver esa historia un trabajo, matarle la magia de sentirla por la tarea de entenderla, de estructurarla, de hacerla legible para los demás. Los trabajos tienden a volverse rutinas fatigosas y desgastantes y puede que al final, la historia que a los demás inspira produzca en su creador un agotamiento del que ya no puede extraer placer. Es casi como tener que amargarse la historia para que pueda ser dulce para los demás.

Sigamos pensando en este artífice ideal. Para crear historias que nos transporten a otros mundos, sus autores tienen que ser prófugos de este mundo, de lo contrario no podrían escribirlas. Ser un prófugo del mundo conlleva necesariamente vivir en otro mundo propio, en uno inventado donde lo más posible es que esa persona sea el único habitante. O sea, una implacable soledad. Imagínense levantarse por las mañanas y ver en el mundo cosas que las demás personas no pueden ni imaginar. Imagínense que cada día el mundo sea distinto, que los colores, los olores y todo lo que las personas corrientes experimentamos sea para ellos algo completamente diferente. Tener que vivir en un universo para ellos solos. No hay nada más triste que ver el mundo con los ojos de un artista, porque conlleva tener que soportar un brillo terrible que al tiempo que ilumina, hiere y enceguece. Algo así escribió Pessoa alguna vez, y por algo así fue que la mamá de un personaje rompió en llanto en una novela cuando supo que su hijo iba a ser artista: “comenzó a sollozar cuando oyó esto, pues no hay nada más triste que ser un artista y mirar el mundo como si uno lo estuviera viendo por primera vez”.

Ser un artífice de historias debe ser la sensación más solitaria y más triste del mundo. Más que ser taxista y conducir y conducir para llegar a ningún lado. Deber ser vivir en un tormento infinito que no tiene botón de apagado, y vivirlo en una soledad tan terrible que mayormente ni siquiera puede ser compartida. Tal vez por eso los artífices escriben historias: para poder compartir un poquito de los mundos alucinantes y terroríficos en los que están forzados a vivir. Tal vez es su manera de comunicarse con la gente, con quienes de otra manera no podrían, pues viven en mundos diferentes. A lo mejor escribir es una especie de remedio contra la soledad. Un remedio que no cura, pero que atenúa las dolencias parcialmente.

Esto puede llevarnos a pensar en las historias de vida de los poetas, que nos fascinan tánto y que tendemos a convertir en historias populares, volviendo al autor empírico un personaje fantástico de una épica colectiva. Pienso en el poeta peruano Luis Hernández tirándose al paso de un tren por no poder resolver una encrucijada irresoluble: “Chau, pues. Soñar hace daño. No soñar destroza”. Pienso en Virginia Woolf tirándose al río con los bolsillos del abrigo llenos de piedras, o en Alfonsina Storni yéndose a dormir al mar para no volver a despertar, pidiendo a gritos una constelación en su cabecera, “todas son buenas. La que te guste; bájala un poquito”. Pienso en Alejandra Pizarnik y en Andrés Caicedo y en Vincent Van Gogh. La lista es larga. Mi sospecha es que esta gente tuvo que vivir el triunfo del artificio en la misma medida que la maldición del artificio, o algo así: las historias y la poesía como un alivio de las calamidades y como las madres de todas las calamidades. La equivalencia de la solución del tormento escondida en el tormento mismo.

Escribir trae dolor y trae satisfacción en la misma medida. El triunfo del artificio es al mismo tiempo ganar lo más bello y perder en ello la vida. Esto nos lo enseñaron bien personajes que escribieron su propia historia metafórica o literalmente, como Don Quijote o Aquiles: el uno perdiendo la cordura por vivir la única historia de vida que tenía verdadero sentido, y el otro perdiendo la vida por escribir la única historia que lo haría inmortal.

Esta entrada está dedicada a mis amigos que han escogido por mano propia dedicar su vida a las historias, porque los admiro y los compadezco profundamente; y a L.H, que sabía que era un camino triste y solitario, y lo siguió de todos modos.

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