Ilustración por Sergio Rodríguez

Ilustración por Sergio Rodríguez

Esta columna, que cada vez como que tiene menos sentido, cumple hoy su aniversario número 30 (de treinta entradas). Aquí nos hemos dedicado a rajar de los Literatos y de su horrible estilo de vida, a burlarnos de las sociedades minúsculas del arte y la cultura y a atacar más o menos todo lo que se nos cruce en el camino, con desparpajo, pereza, socarronería y desempleo. Siempre con mucho desempleo. Pero hoy vamos a hacer un poquito de esfuerzo y vamos a tratar de hablar de cosas serias, de las cosas por las que mal que bien terminamos todos metidos en este hueco: las historias.

Las historias en términos generales. Todas y cada una de las historias del mundo, desde las novelas, las películas, hasta las historias de fogata y las que se cuentan en las tiendas. Ese buhito cósmico al que de una u otra forma nuestros colegas y yo queremos prendernos como parásitos, y la ubre de la que todos los seres humanos sin excepción tomamos leche. Quiero declarar mi amor universal por las historias, porque las historias lo son todo en la vida. Porque hay tantas historias como hay hidrógeno en el universo y porque la vida en este mundo está hecha de carbono e historias.

Mi intención no es evangelizar a nadie mediante esta religión fanática de la que hago parte, pero hay unos cuantos hechos incontrovertibles: que en el principio no había nada y que luego fue la palabra, y la palabra fue una historia. Y de esa historia se desprendieron todas las historias de la Historia y el universo mismo fue una historia. Que el final de los tiempos será cuando no haya más historias. Que cuando uno se muere no hay nada sino historias, y que la única forma de inmortalidad, como dice mi gran amigo Ovidio, es mediante las historias. Que las sociedades nacieron por la necesidad de contar historias: de tener a quien contárselas y de quien escucharlas. Que las historias son historias y las historias son mentiras. Que todos sin excepción queremos que nos mientan. Que nadie puede vivir sin historias. Que las historias son el único derecho fundamental que realmente es universal, y a diferencia del agua, la educación, la libertad y un cielo abierto, es lo único que verdaderamente no se le puede negar a nadie.

Creo que la gente no le da a las historias la importancia que merecen. Creo que la gente toma las historias por sentado. Me inclino a pensar que esto es algo bueno, porque en su calidad de artificio las historias son tan buenas que parece que no estuvieran ahí; son un acto de magia en el que el artificio verdadero es hacer como que no hay artificio. Como que es así y ya. Pero en realidad las historias se hacen pasar por realidad y se camuflan entre la tierra y entre la sangre de las cosas. El mundo está bien hecho, y es bien que las historias sean el superhéroe oculto que no reciba crédito por salvar a todo el mundo. Pero de vez en cuando está bien que a las historias se les reconozca un poquito y es emocionante imaginarse la música de las esferas y el engranaje artificioso que hay detrás de ellas.

Para argumentar mi punto voy a echar mano de tres piezas de evidencia que fueron lo primero que se me atravesó, y que confío que sean de entendimiento universal y que no constituyan una fantochada (una literatada) de mi parte.

La evidencia #1 es la película No. Sí, así como lo leen, la película esta chilena que salió el año pasado y que hablaba de lo de Pinochet y de las campañas del Sí y el No por una especie de referendo para convocar a elecciones democráticas. La película cuenta la historia de un tipo ahí que fue el creativo publicitario detrás de la campaña del No, o sea, no más Pinochet de facto y esas cosas. En el contenido político e histórico es bien jugosa pero me atrevo a decir que la película en realidad no trata de eso. Que trata sobre el artificio que crea el publicista de la campaña del No para convencer a la gente de que vote así. De la narrativa que construye, del engaño que lanza sobre la gente a través de historias que no son las de ellos, sino de otro país en otra parte. De su falta de escrúpulos y de compromiso político, y de su total entrega al artificio en su estado más puro: contar una historia, engañar a alguien con esa historia, y lograr un efecto emocional en la audiencia con esa historia. Esto es traslúcido en las secuencias en las que el publicista dice indiscriminadamente “esta campaña está enmarcada en el actual contexto social del Chile actual”, tanto durante la dictadura como después de la dictadura, para vender a una audiencia el destino democrático de un país o una marca de gaseosas. Esta película, al fin y al cabo, es una historia sobre contar historias, y sobre cómo las historias trascienden unas circunstancias políticas, históricas o sociales determinadas.

La evidencia #2 es parecida a la primera: la película Argo que se estrenó también el año pasado y que se ganó el Oscar a mejor película. Sí, ésa, la de Ben Affleck. Este ejemplo me gusta mucho porque a la gente le encanta enredarse en las circunstancias políticas y en el imperialismo yankee y todas esas cosas que allí se muestran. Pero una vez más me inclino a pensar que la película no trata de esto y que más bien es una excusa secundaria para hablar de lo verdaderamente importante: las historias. La trama es la de un secuestro político de unos diplomáticos en un país que quiere capturarlos y la historia que se inventa quien pretende rescatarlos para que los dejen salir del país: el rodaje ficticio de una película de ciencia ficción en el que los diplomáticos rehenes se hacen pasar por directores, productores, directores de arte, etc. Todo con el fin de engañar a los militares del país y poder salir a territorio internacional.  Hay una escena de incredulidad en la que uno de los diplomáticos se niega a creer en el disparatado plan del rescatista, y le manifiesta que no quiere confiarle su vida a una historia: “¿Realmente cree que su pequeña historia va a hacer una diferencia cuando haya una pistola en nuestras cabezas?” A lo que el rescatista responde: “Creo que mi pequeña historia es la única cosa que existe entre usted y una pistola en su cabeza”. ¿Qué es esto sino un homenaje muy bien disfrazado a las historias y al poder y al alcance que tienen? Las historias son lo único que nos une y nos separa de las cosas y las personas. Piensen en lo que logran las historias, piensen en una pareja de novios que se han peleado muy fuerte todo el día y que ve una película en la noche y la película les llega tan hondo que les lava la tristeza y convierte un día horrible en un buen día. Eso vi yo en el cine cuando fui a ver Argo. Piensen en que todos estamos hechos de átomos pero entre cada átomo hay un vacío enorme. Que cuando tocamos a alguien no lo estamos tocando verdaderamente por la distancia que hay entre los átomos de los cuerpos. Piensen que si hoy le dan un besito a su pareja en realidad están besando el vacío, y lo único que hay entre sus labios y los de su pareja va a ser la historia del beso. La palabra beso. El artificio beso. La película Argo termina con un emotivo barrido de cámara por el cuarto de un niño, en el que están los juguetes de las figuras de las historias de las películas y los libros. Las historias que inspiraron salvarle la vida a unas personas.

La evidencia #3 es Hey Arnold, la serie de dibujos animados de la década de 1990. A título personal quiero decir que Hey Arnold me enseñó mediante su historia lo que era la vida antes de yo vivir la vida. Me dio un modelo a seguir. Me enseñó sobre el amor antes de conocer yo el amor. Me enseñó sobre Shakespeare antes de yo leer a Shakespeare. Hoy pienso en qué medida nuestras identidades adultas están definidas por las historias que nos marcaron en nuestra infancia. En qué medida nuestras realidades son hijas de las historias con las que crecimos. Todas nuestras vidas son producto de las historias. Yo creo en las historias por encima de todas las cosas. Por eso estudié esa carrera que detesto y por eso vale la pena dedicar una vida entera a las historias aun con la cruz en la espalda de la vergüenza de ser literato.

En el juego de piedra, papel o tijera de la vida, el artificio se alza triunfante por encima de absolutamente todo. Es más fuerte que Dios porque Dios es hijo de una historia, como todas las cosas. Entonces Artificio le gana a Dios y le gana a piedra y a papel y a tijera.

El artificio triunfa sin triunfar. Callado, como debe ser. Triunfa hasta en el cielo, porque lo que nosotros creemos que es el cielo no es sino otro artificio: interpretaciones artísticas de ondas electromagnéticas, o bien, espectros de luces que ya no existen.

Esta entrada está dedicada a todas las historias del mundo.

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