Ilustración por Vigo

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“Decir que la guerra y el Arte son incompatibles es banalizar la palabra Arte y la palabra Guerra (y Paz, por extensión), vaciarlas de significado y volverlas un discurso de reinado de belleza”.

Hace unos días me topé con un concierto de Jorge Veloza en la versión 40 del festival Mono Núñez de música Colombiana, en el Valle del Cauca. No sabía que el carranguero  y sus músicos iban a presentarse esa noche, así que fue una grata sorpresa cuando lo anunciaron como el siguiente artista en subir al escenario. Unas carrangas siempre caen bien, y me hacía ilusión escuchar clásicos de ayer y hoy como “La china que yo tenía”, “Julia, Julia, Julia” o “La cucharita”. Así que me dispuse a escuchar la buena música que fui a buscar al festival.

Sin embargo, y para mi amarga sorpresa, Jorge Veloza dedicó sólo la mitad de su tiempo en el escenario a cantar e interpretar música. La otra mitad, y si les digo, más, la dedicó a hacer arengas políticas sobre cómo debíamos votar por “La Paz”, y a aleccionarnos sobre cómo La Paz es el camino y esas cosas. La Paz, La Paz, La Paz. Qué abombadas que suenan esas palabras en estos días, y más viniendo de artistas y escritores.

Naturalmente, y como todo el mundo, Jorge Veloza tiene derecho a tener las opiniones políticas que quiera y a tratar de convencer a la gente de su parecer personal. Incluso, y aunque sea polémico, tiene derecho a usar su estado de personaje público y de artista reconocido para hacerlo. Hasta donde sabemos no hay una ley que lo prohíba, y ya que estamos en esas, muchos artistas opinan públicamente sobre la guerra y la paz en Colombia montados en sendos carruajes de profetas de las masas.

Hasta ahí, incómodo, pero bueno, qué le íbamos a hacer. El problema vino cuando Jorge Veloza sentenció, categórica e irreductiblemente, que la Guerra y la música son incompatibles, que no se llevan bien, que son enemigas naturales; que más bien la música y la paz sí van de la mano. Que el arte y la guerra nanay, y en cambio que el arte y la paz, eso sí, que ése es el estado natural de las cosas. Transcribo la cita textual, para que no se me acuse de tergiversar:

La guerra y la buena música son antagónicas e incompatibles. De manera que esta función es un homenaje a la paz. Y los artistas no podemos ser ni indiferentes ni neutrales ante la guerra, el peor de los males. De la guerra no más, voto por la paz”.

Entonces ya no sucedió únicamente que fui al Valle a buscar música y me acuchillaron con política (porque no es suficiente con tenerla hasta en la sopa, y de la más superficial y ramplona), sino que me remataron en el piso con senda irresponsabilidad de sentencia, con tamaña estupidez, con semejante traición a la Historia y a la tradición occidental.

Veamos, compadre Jorge, desmenucemos esto despacito. Que el Arte y la guerra son incompatibles. Tan bonito que suena eso; pareciera un discurso de político canchero de esos que llevan dos décadas en el senado. Eso es suficiente para ganarse unos aplausos. Pero repasemos un poco: ¿Que el arte y la guerra son incompatibles? ¿Que la música y las guerras no van juntas? Se me viene a la mente una canción primigenia que desmiente esto, y empieza diciendo algo como “Canta, Oh Musa, la cólera del Pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males…” Bueno, todo eso. ¿Alguien se acuerda de La Iliada? Paisano, dígale a Homero que la música y la guerra no van juntas, censúrelo y dígale que eso del Arte y la guerra que qué seba, que nada qué ver, a ver qué le responde. Porque La Iliada no es solamente un canto sobre la guerra; es un canto a la guerra misma, es un Arte hijo de la guerra y padre inspirador de guerras incontables. Y de La Iliada para adelante una cosa sin importancia llamada la Tradición occidental, sobre la que estamos acostados pero ni nos damos cuenta de que está ahí. ¿Que el arte y la guerra no van juntos? Me atrevería a decir lo contrario: que son amantes, que la guerra es madre y padre del Arte, y el arte, en ocasiones funestas, puede ser padre de la guerra.

Entonces sigamos despacio. Es que aquí hay una paradoja grande, porque los artistas, los músicos, los escritores, son los que menos se deben tomar a la ligera el lenguaje, porque saben lo que hace y el poder que tiene, y el cuidado que hay que tener con él. Por eso sorprende tánto que artistas escupan palabras tan grandes como Paz, Guerra, Arte, como si fueran babaza de gargajo. Si hay alguna certeza es que en nuestra Historia la guerra y el arte siempre han ido de la mano, siempre han sido inseparables. Porque la guerra despierta en los seres humanos los sentimientos más profundos, más desnudos; los hace florecer hacia la superficie, hacia no callarlos, hacia compartirlos y socializarlos. Decir que la guerra y el Arte son incompatibles es banalizar las palabras Arte y Guerra (y Paz, por extensión), vaciarlas de significado y volverlas un discurso de reinado de belleza.

La Guerra y el Arte surgen del mismo conjunto de pasiones humanas. Hay Arte sensacional que no tendríamos si no fuera por las guerras que han despertado esas pasiones en los artistas y en la sociedad. El acto artístico es esencialmente un acto de violencia, un acto de incomodidad, de desgarros, de rupturas. Las canciones mismas sobre la paz son hijas de la guerra como el placer de tomar agua es hijo de la sed. No nos crean tan pendejos. Si buena parte del arte del siglo XX es hijo del holocausto nazi. Una gran porción de la torta del consumo cultural contemporáneo está hecha de algo que llamamos narrativa de la posguerra. El mismo Holocausto nazi está en parte basado en las pasiones de la música, en cantos y en épicas y en epopeyas; en El cantar de los Nibelungos, en las Sagas germánicas, en Sigurd el volsungo. Por todos los dioses, hasta donde sabemos no habría habido Hitler tal y como lo conocimos de no haber sido por Richard Wagner. Sigamos con ejemplos, porque no habríamos tenido El cazador en el centeno de J.D Salinger sin la guerra en la que él fue soldado y donde concibió y escribió los primeros cinco capítulos. Todas las películas de superhéroes en las que salvan una Nueva York colapsando no existirían como existen de no ser por el hueco que dejó el ataque al World Trade Center de 2001 en el imaginario artístico y colectivo de los gringos. El Rock argentino fue una reacción ante la guerra soterrada que le declaró la dictadura militar al pueblo, a la libertad de expresión, a la juventud. Éste no hubiera existido como un acto liberador sin un acto represivo que obligara a su nacimiento. Las canciones guerrilleras más bellas y esperanzadoras, todos los “nadie se va a morir menos ahora” son hijos y compañeros de la guerra. Una guitarra y un monte no serían lo que son en este país de no ser por la guerra.

Nada de esto quiere decir que la guerra sea algo bueno. Que se pudra la guerra. Pero el Arte es un parásito que se aferra a la vida en los momentos en los que la vida misma peligra, que se cuelga de la muerte misma para sobrevivir, y que florece durante los peores momentos para recordarnos que aun en medio de la guerra somos humanos y somos capaces de cosas bellas, que de la guerra surgen cosas hermosas y terribles; que lo hermoso y lo terrible no son mutuamente excluyentes. El arte no sólo es un compañero de batalla, no sólo es padre de guerras, y no sólo es su hijo.  El arte es una guerra constante contra la deshumanización, así como, por contradictorio que parezca, es tan humano y tan inherente a nuestra naturaleza el hecho mismo de enfrentarnos los unos con los otros. El arte no sólo es necesario sino que es inevitable durante las guerras, y después de éstas, puede ayudarnos a no olvidar, así como puede darnos el sosiego para poder dejar atrás.

Por eso es una imbecilidad lo que dijo Jorge Veloza en su arenga política, por eso es una irresponsabilidad y un irrespeto hondísimo hacia el Arte mismo. Ese acto de publicidad política fue una deshumanización del Arte, o sea el mayor acto de vileza, y una deshumanización de la Guerra y de La Paz; los volvió palabrejas inútiles y vacías, y dañó un concierto que de haber sido música, como debía ser, hubiera sido precioso.

Los músicos y los artistas y los escritores pueden decir lo que les venga en gana, sí, pero creo que podemos coincidir en que es mejor que se dediquen a hacer lo que hacen mejor, y ya. Nadie dice que no se pueda ser un artista comprometido con causas, con ideales y con ideologías, pero hay un momento en el que el militante mata al artista y la propaganda asesina al arte [esto o algo parecido lo dijo Lucas Ospina alguna vez, en otro contexto]. El arte verdaderamente comprometido es el que se compromete con el arte mismo. De ahí para adelante, que se den los mensajes que se quieran dar.

Esta entrada está dedicada a Marta Gómez, que cantó con un dulcísimo rasgueo de guitarra: “tengo a un país atravesado en la garganta

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