La corrección política en el lenguaje es en ocasiones algo sumamente irritante. Los y las hombres y mujeres y niños y niñas y abuelos y abuelas y adolescentes y adolescentas que la usan, a menudo caen terriblemente mal, y dan ganas de cogerlos a patadas. Ya en Ciudadela letrada se ha hablado en algún momento del fastidio que producen aquellas personas que hablan muy bien y andan corrigiendo a la gente, y de la aversión que producen aquellos otros que no saben hablar y lo que escupen por la boca y por el teclado son adefesios llenos de ántrax que esparcen muerte y destrucción sobre la faz de la tierra (o sea, el 99% de los periodistas y comunicadores de este país). Naturalmente Ciudadela letrada ha de ubicarse en alguna de las dos partes, porque también jode un montón; aunque no sabemos todavía en cuál.

El caso es que todas estas cuestiones del lenguaje son terriblemente trabajosas para los seres humanos, tanto las que tratan la corrección política como las que tratan la corrección del lenguaje desde un punto de vista más puramente gramatical (muchas veces las dos caen en la misma canasta). Pero a veces nos chocamos con esos casos que nos hacen preguntarnos: ¿De dónde carajos salió esto en el lenguaje? Y las dudas y la investigación pueden volverse cosas hasta bonitas, o también francamente espeluznantes.

Una vez estaba en alguna provincia de Argentina y conocí a alguien a quien le habían robado algo. Esa persona estaba muy indignada y repetía “¡Negro de mierda!” una y otra vez refiriéndose al ladrón. Yo le pregunté si el ladrón era de raza negra y me contestó que no, y ante mi mirada de horror pretendió tranquilizarme asegurándome que no quería faltarles al respeto a las personas negras; que solamente era una expresión y que todo el mundo la usaba. Como a mí se me desencajó la mandíbula del asombro esta persona trató de excusarse diciendo algo así como “de verdad no significa nada. Yo incluso tengo amigos negros”. Yo, que ya me sentía terriblemente ofendido por esta expresión, me pregunté cómo me sentiría si fuera negro y alguien se refiriera a un ladrón como “negro de mierda” para denotarlo como un ladrón.

 Luego, en otro país (probablemente Perú) conocí a una inglesa que me contó una historia igual de aterradora. Ella había sido voluntaria en una escuela y un día, en una actividad de dibujo, un niño de raza negra le pidió que le pasara de una caja de colores el lápiz “color piel”. Ella le preguntó que cuál era el lápiz color piel, y el niño negro le señaló uno color beige – crema y le dijo como si fuera una obviedad universal: “pues el que es del color de la piel”. Mi amiga inglesa me contó esta historia escandalizada, y yo me escandalicé también. Lo que ella no supo fue que yo me escandalicé por la revelación de que yo mismo había usado esta expresión toda mi vida sin pensar una sola vez en las significaciones que acarreaba. Sólo pude verlas cuando alguien ajeno a mi contexto me las hizo explícitas: si el “color piel” es el color de la piel de los blancos, ¿de qué color es la piel negra? ¿No es color piel? Me pregunté si el origen de esta expresión racista tenía una explicación menos nefasta, como que el color piel no se refiriera a la piel humana sino a  algún tipo de piel animal o algo por el estilo. Sin embargo no se me quitaron las nauseas por saber que en nuestro contexto actual la usamos indistintamente para referirnos al color de las personas blancas.

Qué incómodo que es todo esto. Hay palabras que ofenden. Y creo que sea que tengamos razón o no al ofendernos por su uso o por su falta de uso, eso no cambia el hecho de que hay palabras que ofenden.

Que le digan a uno “ese jugo no lo manejamos”, “estoy realizando el almuerzo”, “no se coloque bravo”, “los periodistas adelantamos en estos momentos la investigación”, “espero estés bien”; o que le digan a los gordos y a los negros “ese gordito” o “ese negrito”. Todo eso hiere los oídos como garfio en pizarra. Cae mal que lo digan, cae mal que lo corrijan, cae mal que lo señalen. Nunca hubo tanta confusión sobre algo en este blog.

Los estudios del lenguaje se los dejamos a los estudiosos que de verdad saben. Porque hay un tercer grupo de chanditas que caen mal en estos asuntos: los que no saben y se hacen pasar por gente que sí sabe, y corrigen (una vez más el grueso de periodistas colombianos).

La única salida es decir lo obvio: hay que pensar antes de hablar. Hay que pensar en lo que se habla. De vez en cuando hay que pensar en las palabras que usamos. Qué lindas que son las palabras; y qué dañinas, qué sucias y qué desagradables que son las palabras. A la gente le encanta soltar palabras porque son gratis. Pero habrá que tener algún nivel de responsabilidad respecto a lo que decimos, por lo menos en el sentido de la autorreflexión.

El silencio en cambio es más costoso, y además está subvalorado. ¡Pero es tan bonito! El silencio es un bien universal, un derecho que no puede arrebatarse: las palabras sí, pero el silencio no, y éste puede ser todavía más bello y más hiriente. Además, como diría un escritor español: el silencio es el lenguaje de todos, y en él nos entendemos. Podemos hablarlo los humanos, como saben hablarlo las rocas, los ríos, la tierra y los árboles. ¡Y los perros!

Callen. Sean menos políticamente correctos y más poéticamente correctos. Pero tampoco insulten a la gente cuando hablen. Eso no es cul.

Esta entrada está dedicada a las personas que dibujan.

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