La ciudad tiene ganas de hablar. Les presentamos una crónica fotográfica sobre fanzines, carteles y otras auto publicaciones que aparecen y desaparecen en el panorama del arte urbano en Bogotá.

La autora quiere agradecer a la historiadora Paula Ronderos por su colaboración: ¡Gracias, Paula!

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“L” prende la estufa y comienza a preparar el engrudo. Alista los papeles y el aerosol. Mientras tanto, saca una tetera aparte donde calienta agua para desayunar. No va a renunciar al call center en el que trabaja, pero lo ha pensado. No cree en las leyes. Eso cuenta. L mezcla el engrudo, se sirve un tinto y lee el periódico. Ese es su rito antes de hacer sus carteles.

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Antes de salir a la calle por la mañana, L le pide a Ganesh fuerza y conocimiento. A pesar de que Ganesh se queda en la India, sin darle mucha respuesta, L tiene mucho cariño por esa figura divina. Ganesh no la ayudará a derrocar el gobierno. Pero la deidad hindú aún está ahí para motivarla a pensar sobre otras maneras de “mostrar”.

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“Pegar carteles es una práctica común desde que hay papel a disposición”, me cuenta L en su casa. Sabe esto desde que un día la idea de volver a su casa tan temprano en la mañana le dio migraña. No comprendía por qué debía recorrer el camino del call center a su hogar todos los días. Ese mismo día, encontró un cartel en la calle: “No sufra más”, decía. Entonces lo decidió: enfrentaría su dolor de cabeza con una dosis de cartelismo.

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Luego de quejarse de sus cólicos, L me explica que “las auto publicaciones pueden circular de mano en mano, se pueden pegar en puertas y paredes”. Los temas son diversos: “Hay producciones de gran calidad artística, y otras más básicas, si se quiere; folletos de educación popular o manuales de dibujotarjetas para pegar, de todo. La gente pega cosas que le preocupa mostrar a los otros. En mi caso, mi salud me interesa. Me preocupa».

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Tras cumplir cuarenta años, L comenzó a prestarle atención a sus riñones, su corazón, sus pulmones, su útero, su hígado, sus ovarios. L se encarga de incluir esta preocupación en sus auto publicaciones. “La auto publicación permite, literalmente, cualquier formato: escudos barrabrava, stickers en semáforos, rasguños en las ventanas y las puertas de metal; firmas en pisos altos de edificios… azulejos”.

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L admira todo tipo de auto publicaciones, desde fanzines hasta baldosas. Hace recortes de figuras anatómicas… con un bisturí. Las figuras las corta en cartulina, luego les pasa pintura en aerosol sobre el corte. “La técnica se llama esténcil. Práctico”. ¿Por qué usar un bisturí?, le pregunto por curiosidad, a lo que me responde: “Le busco la comba al papel porque necesito recuperar la capacidad de ver con las manos: como los cirujanos”.

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A L le gusta el esténcil en papel fino porque “se adhiere mucho mejor a donde se le pegue”. Es cuestión de agregarle el engrudo y listo. “Pueden durar ahí afuera, en la calle, más de lo que uno piensa”, comenta emocionada. Pienso que sonaría muy fácil eso de “pegar cosas en la calle”, pero que en realidad no lo debe ser. Ante mi inquietud, L me mira fijo: “Sí es fácil, pero la calle siempre mete miedo. Es cosa de enfrentarla: así como con los perros”.

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Le pregunto cuánto se gasta en hacer este acto tan anarquista. “Pf, nada. Todo se puede sacar de la casa. Como el engrudo para pegar los carteles. No es mayor ciencia: harina, agua, hervirlas en la olla, y panela para que fermente y se haga un buen pegote”. ¿Y cómo piensa cargar eso por la calle? “Con esto”, y señala su balde amarillo. “No es que alguien en realidad se fije en cómo cargo el engrudo. Uno en la calle en realidad pasa desapercibido”.

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«Uno aprende a su ritmo», explica L mientras me muestra sus aerosoles. En el esténcil, las boquillas de las latas de aerosol son muy importantes para lograr efectos gráficos particulares. “Los que practican la auto publicación aprenden muchas veces solos, porque el producto no busca generar público. Pero sí tiene efectos: en Bogotá hay una auto publicación, mecanografiada, ¡en la Luis Ángel Arango! ‘Historias de la Calle 19’, firmado por El Indio». Y añade, emocionada: «¡Empastado y donado a la colección!”

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“Los carteles muestran afrentas, denuncias, anuncios de defunción, autoayuda, rosacrucismo, OVNIS, bazares, afiliaciones a EPS o medicamentos esotéricos. Arrendamiento de cuartos. Serigrafía (impresión a través de una malla tensada), impresión en papelería. Hay cosas de raperos, de artistas, de cristianos. Hay de mujeres que toman dibujos que representan partes de su cuerpo para entender por qué sus ovarios son una flor en vez de un dolor”.

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Son las 10:30 am. L se acerca con su baldecito de playa y empasta una parte de una pared de piedra con una brocha y su engrudo. Pega el cartel de su floreciente ovario, y pasa la brocha por encima de él. Así asegura su permanencia, por el tiempo que sea.

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“En Bogotá las calles realmente están vacías: se han vuelto un sitio de tránsito, no un espacio público de actividad. Con el cartelismo aprendes a leer marcas de gente circulando. Ahí es donde cobra sentido la pregunta: ¿para quién se publica? Pues para el que pase y vea el cartel, el sticker, el papel. Para el que se lleva los folletos gratis. Para nosotros, que queremos saber qué pasa en la calle y hacemos a otros preguntarse lo mismo”.

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“La máscara y el seudónimo son una gracia de la autopublicación”, me contesta L cuando le pregunto cuál es su nombre. Nunca me lo dijo. Pega otro ovario floreciente contra una viga. «Los artistas aparecen, dejan expuesto su material y generan suspenso”, dice. “Cuando te encuentras otra cosa de ellos te genera aún más sorpresa y más suspenso. Es por eso que nos quedamos mirando graffitis y carteles en la calle. El arte es un negocio y los artistas son válidos en la lógica de ‘aparecer, desaparecer, dejar rastros’”.

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“Cuando haces el recorrido, se caminan usualmente las mismas rutas, y encuentras en ellas cosas así: la mitad de tu cabeza fue arrancada. La imagen de ese cerebro había sido intervenida. ¿Y por quién? ¿Y por qué? ¿Habrá ofendido a alguien, lo habrán arrancado porque las puntas estaban sueltas y ya? Surgen preguntas, y surgen personas”.

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Mientras continuamos nuestro camino, encontramos stickers en varios postes: de tags (firmas de graffitis), de insectos. Me pongo a pensar, y luego regaño a L: sentía que nadie se beneficiaría de su iniciativa comunicativa siendo los carteles tan difíciles de entender. Pero ella me llama la atención: “Si tener público te preocupa, te digo: todo depende del medio. El formato arreglaría ese tema: si quieres dar un mensaje, sólo lo haces”. Apunta hacia un cartel suyo que representaba un seno hecho en esténcil sobre la página de un libro que habla, justamente, sobre el seno femenino. 

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Llegamos a su casa. L toma un producto de su mesa de trabajo. Me lo muestra. “En este fanzine que hice, añadí una aguja con un corazón. Sabes, los fanzines siempre fueron el medio más popular de auto publicación underground. Surgieron como revistas, folletos de la Inglaterra Punk de los 70 desde la producción musical independiente. Fueron un mecanismo de difusión y de encuentro a través de intereses musicales, con letras de canciones y collages. Trabajos que tienen sentido”.

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Aquel fanzine de aguja y corazón se había vuelto un objeto táctil además de un objeto de lectura. Las auto publicaciones son algo más allá de lo que la palabra sugiere: más que libro, más que papel, más que inscripción. Son objetos que pueden tocarse; objetos que comunican.

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L siempre llega a su casa al atardecer. Pronto irá al call center en el que trabaja. En su mesa veo un diccionario del Teatro Odeón y la Alcaldía de Bogotá sobre publicaciones alternativas. Después de un día con L, este diccionario me indigna. Las auto publicaciones no deben ser institucionalizadas, ¡por algo son AUTO! L nota mi desespero: “Está bien que se hagan cosas así, sea desde instituciones que imponen contenido aséptico e inofensivo con edictos. Es otro medio de comunicación”. Y desde otra mesa de la cocina toma «Contrapublicaciones», publicado por el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Entonces, me pregunto si el panorama en la ciudad parece tener tanta promesa.

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Ya casi son las 7 pm. “En Bogotá, el espectro de las auto publicaciones es muy amplio. Hay cosas muy buenas que muestran maña y excelente técnica, fanzines recurrentes que van construyendo secuencia. Usan tapa de cartulina y gancho de cosedora con cuentos, ideas, dibujos. Manuales ocupa. Feministas. Testigos de Jehová”. Y ella se anticipa a mi pregunta, antes de abrigarse y empezar su día laboral: “Hay encuentros de intercambio, esporádicos. Circulan de mano en mano, uno se los encuentra por ahí. Es literatura fortuita. Es literatura que, antes de que pienses siquiera en definirla, ya se te escapó de las manos”.

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