Mini kuchá - ilustración por Chapi Chapi

Mini kuchá – Ilustración por Chapi Chap

Recientemente, como casi todos nosotros, me enteré del final de la historia de Calidoso (y digo del final, y no sólo de la historia, porque uno suele enterarse de las vidas una vez éstas han terminado). Los medios electrónicos aún rebosan con esta información, pero no fue precisamente gracias a ellos como me enteré de la cuestión. No: en una caminata de plena tarde de miércoles me encontré con la multitud sollozante que rogaba justicia justo al otro lado del famoso túnel de la Javeriana. Yo no entendía qué había pasado, ni a quién honraban entre velas y, en algunos casos, entre retazos de tela prendidos de fuego completamente. Lo primero que se me ocurrió fugazmente fue que, tan próximo como está el país a las elecciones, se trataba del trato ritualista a la memoria de algún ideólogo político. Común entre los jóvenes universitarios, quizás. Si las velas son religiosas, usualmente, y la política es religión por ciertos lares, por lo tanto, velas para lo político… ¿no? Divagaciones, solamente, de alguien que sólo ha oído sobre quema de brujas, pero nunca ha tenido por qué pisar Salem.

Hoy no me siento incómoda (incómoda en mi asiento, digo) para hablar de los hechos concretos de la lesa humanidad -Todos sabemos que cualquier intento de enlistar y cuantificar la injusticia es casi risible en el infinito-; hoy me siento incómoda porque el fuego y la carne, juntas, me causan una picazón en la nuca que siento que, de ser debidamente tratada, llegaría a ahuecarme esa parte del cráneo.

Las noticias estallaron (y el túnel de la Javeriana también) con testimonios respecto a la presencia de Calidoso en los alrededores de dicha universidad. Fue un ser querido, dicen los medios; casi un símbolo imborrable de la zona. Simpático, cálido, con una mezcla (percibo yo) de tres nombres: Cali, cálido, oso. Pienso: el ser medio extranjero, ya sabio y de pelaje grueso, que ronda por el bosque de los aprendices universitarios. Por lo que esta silla me es incómoda, es porque el destino del oso fue el destino de cualquier animal de bosque enajenado de la selva en la que ronda tan campalmente con pisadas de rey que ahuyenta a las pobres ratas poco alimentadas por el medio ambiente. Sí, así, en una guerra de selección natural que los roedores no pueden ganar sino con un “toco, prendo chispa y me voy”. Así de rata. Ratas, animales aún menos pertenecientes dentro de la selva tropical de lo que podría ser un oso.

Tanto rata como oso son seres adaptables al medio ambiente.

Comparo el bosque y la selva. Luego pienso que la única manera de destruir un símbolo no es matándolo, ni siquiera cambiarle la forma para hacerlo irreconocible, sino purgándose de él. Intentaré explicarme.

Recientemente, leí en un ensayo de Pérez Mujica lo siguiente: “el símbolo tiene algo en común con lo simbolizado, es causado y no es transmitido, ya que no es reemplazable sino asociable”. La mayoría de los ritos humanos, si no todos, tienen algún grado de simbolización; o al menos las personas somos perfectamente capaces de asociar hechos con consecuencias inexistentes y, a partir de ahí, formular una nueva estructura de nuestras experiencias. De aquí que haya comparado un par de hechos con bosque vs. selva, y ratas vs. osos mansos… Y de aquí que, si Dios hace que nos atraquen más de una vez, si nos juega una mala pasada todos los días, seguro es o porque no somos buenos cristianos o, más “ateístamente”, porque le caemos mal. Yo no puedo hablar ni asegurar qué simbolizaba Calidoso para los estudiantes y vecinos que lo frecuentaban con tanta amabilidad: quiero afirmar, sin embargo, que nada ha sido más simbólico en el desarrollo del hombre que el fuego. Esto no es noticia nueva: quemas de libros, quemas de niños, quemas de ciudades han atravesado la memoria occidental desde mucho antes del siglo XX, desde antes de esas oscuras edades medias que, ¡claro!, no vivimos ahora.

Los medios alegan dos posibles razones por la ejecución de Calidoso: como arte de un grupo de neonazis, o como venganza de una pandilla roba-autos.

Como simbolizaban las brujas de Salem, la quema de alguien remite a la purga de su rastro del ambiente no quemado que lo rodea. Las ratas sólo en numerosa cantidad podrían contra un oso. Sí, entiéndase ese “no quemado” como “puro”, esas ratas como estos lanzallamas anónimos que sólo sombran el terreno. El símbolo es asociable: se asocia el fuego al dolor, a la pasión; el cuerpo, al perecer, se asocia al templo; y quemar el cuerpo es mucho más que deshacerse de las vigas del testimonio de un dios: es atentar directamente contra los que creen en ese templo. Echar al animal extranjero es un recordatorio para todos aquellos “mansos” que se salen con la suya… el recordatorio de quién manda en las calles, quién manda en las razas, quién manda en el “honor”, quién es más ratón. Quizás sí se estaba honrando a un ideólogo político cuando pasé frente a las velas en fila y las telas en llamas. Quizás se honraba a la política que controla los cuerpos para martirizarlos y volverlos símbolos frente a los no creyentes. Todos participamos de este control… pero claro que existe una gran diferencia entre el manejo de los cuerpos según el fuego y el manejo de los cuerpos según los muertos: mientras que el fuego continúa quemándonos los pies, la política de la muerte nos exige bajar las cabezas y manejar otras cosas que el fuego no se lleva nunca.

Por esto solemos recordar al muerto cuando ya ha pasado el umbral de los vivos.

Mi nueva experiencia ha sido la de vivir, lo más cerca que se puede experimentar indirectamente, la quema de un ser humano. Nadie se ha purgado de Calidoso, porque lo que no han entendido los fútiles lanzallamas es que, detrás de la justicia que el cuerpo merece, cualquier martirio genera el nacimiento de una nueva fuerza. Sentada en esta silla que me incomoda el trasero me pregunto: ¿habrá de olvidarse el destino de cualquier oso manso en una tela de araña? Probablemente. Aunque también del olvido y la falta de historicidad (me quedo pensando) han nacido ficciones tan buenas como la Biblia. Otros símbolos, aunque no se inscriban, sólo marcan vidas. Nada más.

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