El boom

«Todos los caudillismos son dañinos en algún punto. Todos los símbolos antonomásticos extremos acaban por devorar lo que pretenden referir, y se convierten tanto en el referente como en lo referido. Y sepan todos que de Champeta hay un universo extremadamente rico detrás de Kevin Flórez, así como lo hay de Literatura colombiana detrás de Gabriel García Márquez».

“Decía que no bailabaa champeta y yoooo… la invitée”. No puedo enumerar la cantidad de veces que he bailado esta canción en los últimos seis meses. Y eso que, como buen literato, bailo poco y mal.  “La invité a bailar”, de Kevin Flórez, es el exponente paradigmático de lo que se ha venido conociendo en los últimos tiempos como la Champeta urbana, y para muchísimas personas, que hasta el momento habían tenido poco o ningún contacto con este género musical, el referente de lo que es o debe ser La Champeta.

“Muchos años después, frente al pabellón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Tampoco puedo enumerar la cantidad de veces que he escuchado esta oración en mis veintitrés años de vida. Cien años de soledad, o por extensión, Gabriel García Márquez, es el exponente paradigmático de lo que en los últimos cincuenta años ha representado una de las figuras del llamado Boom latinoamericano, y para los extranjeros o para los lectores menos especializados, un sinónimo de lo que es o debe ser la Literatura colombiana.

Traigo a colación estos dos ejemplos porque los dos convergen en el martilleo insistente que se les ha dado. Ambos han sido rotulados como paradigmas y arquetipos, y ambos han desembocado irrevocablemente en estereotipos.

El primer razonamiento, el más lógico y más inmediato, es que tanto Kevin Flórez como Gabriel García Márquez han dado a conocer al mundo tanto su trabajo como el de su gente, su género y su Arte: en el caso de García Márquez, la novela colombiana ante España y el mundo, y por extensión el acto de poner en el mapa algo llamado Literatura colombiana. En el caso de Kevin Flórez, su trabajo musical y el de sus camaradas ante el resto de Colombia y los extranjeros que, como yo, vienen a bailar mal, y por extensión poner en el mapa algo llamado Champeta. De esto se sigue la premisa de que: A: gracias a García Márquez hay Literatura colombiana, y B: gracias a Kevin Flórez hay Champeta. Por lo tanto: C: lo que siga a estos dos géneros es una puerta abierta gracias a estos dos pioneros, a estos dos “dueños del género”.

El segundo razonamiento, uno más velado y menos evidente, y acaso más empírico, es que hay una paradoja en el momento en que representar el género se vuelva ser el único exponente del género, y por lo tanto no abrirle las puertas a los demás exponentes (pasados, presentes o futuros) de la Champeta o la Literatura colombiana, sino cerrarlas, ocupar con su presencia un espacio tan grande en la mente del radioescucha o el lector extranjero que lo único que les venga a la mente cuando escuchen Champeta sea Kevin Flórez, y cuando escuchen Literatura colombiana sea Gabriel García Márquez.

Todos los caudillismos son dañinos en el algún punto. Todos los símbolos antonomásticos extremos acaban por devorar lo que pretenden referir, y se convierten tanto en el referente como en lo referido. Y sepan todos que de Champeta hay un universo extremadamente rico detrás de Kevin Flórez, así como lo hay de Literatura colombiana detrás de Gabriel García Márquez. Incluso ellos dos bebieron de sus respectivas tradiciones e inauguraron o habrán de inaugurar otras, pero se las bebieron tan fuerte que las mataron hacia el pasado, y las digirieron tan fuerte que las defecaron hacia el futuro.

Desgraciadamente no puedo hablarles con propiedad sobre la Champeta, pero sí puedo hacerlo un poco sobre un fenómeno editorial al que se le dio el nombre, en la segunda mitad del siglo XX, de Boom Latinoamericano.  En este fenómeno, unas editoriales barcelonesas pusieron de moda algo que hasta el momento era desconocido o inexistente para el resto del mundo: la novela latinoamericana, convirtiendo así a un puñado de novelistas de nuestros países en rockstars globales automáticos. Esto produjo un foco de luz sobre algunos de nuestros autores más prolíficos y experimentales, pero proyectó una sombra sobre otros artistas magníficos que gracias a esto permanecen relativamente desconocidos hasta hoy, y sobre otros géneros literarios que no fueran novela que para muchos han permanecido enterrados. Los Booms son fenómenos mediáticos que pueden traer consecuencias maravillosas para una industria, pero también son artefactos peligrosos, con más de un filo, que pueden acabar fagocitando a sus congéneres o acaso a su misma industria.

No sé si quede algo útil de esta reflexión. Supongo que podría ser algo como leer con ojos más abiertos y escuchar con oídos más profundos; ver más allá de los velos que producen los ídolos, y encontrar nuevas joyas detrás de éstos. Yo me di a la tarea de hacer esto con el Boom latinoamericano, y encontré un tesoro llamado poesía latinoamericana del siglo XX, que había sido parcialmente echada al olvido por la novela y los novelistas. Desde Venezuela hasta Argentina he encontrado estos tesoros mejor o peor guardados, o sea el caso, mejor o peor conservados ante los olvidos de la gente y del tiempo.

Tal vez ahora me dedique a lo mismo pero en la Champeta, porque detrás del exhibicionismo de Kevin Flórez y Míster Black (el del Serrucho, sí) hay una tradición increíble de músicas, culturas, bailes y cantantes y músicos, un universo que desconozco, pero que no por eso deja de existir.

Esta entrada está dedicada In memoriam, con muchísimo cariño y gratitud, a Carlos Patiño Rosselli, filólogo y lingüista, y consagrado entusiasta de la Champeta.

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